En un último acercamiento al asunto que nos ocupa podremos comprobar que por fortuna no todo viene teñido de negrura, enfermedad y violencia, y que toda esta circunstancia descrita en las dos entregas previas deviene como consecuencia de la incapacidad del ser humano para encauzar sus conflictos de manera ordenada. Quizás incluso pudiera hablarse simplemente de una debilidad mal gestionada. Lo que sea, da lo mismo.

 

Lo que sí es más que cierto es que para llegar hasta ese punto en que como consecuencia de pasarse con el alcohol se pierden conciencia y maneras, se habrán dado de forma previa motivaciones mucho más mundanas y racionales, y que responden a una comprensible necesidad del individuo de evadirse de la realidad (o de vivirla con mas intensidad) con un carácter esencialmente lúdico.

 

Al fin y al cabo la bebida se ha definido desde siempre como un lubricante social, como una manera más de rebajar tensiones y hacer mejor la vida de las personas. Y así, de esta guisa, se ha querido tenerla también presente, llegando a otro de los puntos más frecuentados en la ficción cinematográfica: el que desemboca en desenfreno desatado y la felicidad absoluta de los seres humanos.

 

Y para muestra, un botón: El Guateque, una de las primeras obras conceptuales de las que hay constancia. La historia es conocida: una reunión en una casa de gente del mundo del cine, con bossanovas, elefantes, espuma, piscinas, un delicioso regusto fashion sesentero y Peter Sellers interpretando a Hrundi, un hindú metepatas, entrañable y abstemio. Las razones para evitar la bebida se ven rápidamente justificadas, en cuanto prueba algo que no debe y gracias a su inabarcable torpeza desencadena una autentica catástrofe de disparatadas consecuencias.

 

Hrundi, seductor

 

Obligatoria la mención al camarero mas desfasado que hayamos podido ver en una pantalla de cine. Uno de los personajes con menos líneas de dialogo y más copas de champaña devoradas, que yo recuerde. Entrañable su empeño en salir con vida de entre las fuentes y artilugios automáticos y ultramodernos de esa infernal casa de principio de los 60 con una borrachera monumental que, claro esta, le impide el normal desempeño de su trabajo. Obra maestra.

 

El elefante lo lavamos en la piscina!

 

No menos espectacular resulta la modélica y ejemplar “fiesta de apartamento” celebrada en Desayuno con Diamantes. A saber, un piso diminuto abarrotado de gente en estado de ebullición, y una divina Holly Golightly que, aun escondiendo un perfil frágil, errático y lleno de neuras, vive entregada a la fiesta y la noche en una desconsolada huida hacia delante. La muchacha celebra en su apartamento una reunión que supera todos los límites de entrañabilidad conocidos, y que se destaca como la fiesta más chic y desenfadada de todas las que hayamos visto en una pantalla. Un divertimento para los ojos, sazonado siempre por la irresistible sonrisa de Audrey Hepburn, que ilumina la pantalla con su copa de champaña y su cigarro de boquilla larga.

 

El alma de la fiesta

 

Dentro de esta misma vertiente hay otros momentos menos glamurosos pero igual de importantes para la gente de nuestra generación. Por ejemplo, la fiesta toga organizada por John Belushi y sus compinches en Desmadre a la Americana, o la Despedida de Soltero con burro y todo que se monta Tom Hanks, que vienen a representar un concepto de fiesta en bruto, sin pulir y mucho menos sofisticada, pero muy divertida también. Al fin y al cabo son momentos llenos de gente felizmente desencajada, con las facultades distorsionadas o simplemente haciendo el cafre. No son, en realidad, historias centradas en el alcohol, pero si que son muchos los momentos en que los personajes se pasean con sus combinados en la mano como si fuera lo mas natural del mundo. La fiesta es la protagonista, con esa improvisada explosión de empatía entre seres humanos que llena de sonrisas una sala de cine, y de vasos vacíos la barra del bar o el suelo del apartamento.

 

Bluto Blutarski, un estudiante americano

 

Las dos películas tuvieron un peso especifico importantísmo en la ingente saga de peliculas de hermandades con fiestas que se salen de madre que se hayan podido ver despues, y Bluto Blutarski en particular ha sido un referente permanente que nos ha inspirado a muchos a proponer una fiesta toga a la minima ocasión que se presentaba.

No querría dejar de citar, a modo de colofón y en el grupo borrachos entrañables, a un inmenso Bogart, completamente feliz con sus cajas de botellas de ginebra en La reina de África hasta que aparece la monjil Kathrine Hepburn para sacarle de sus toscas costumbres de solterón y meterlo en vereda; o a la ruda pareja de hombretones (Wayne y McLaghlen) que arreglan sus diferencias a bofetadas en El Hombre tranquilo para acabar, como no, abrazados borrachos y dando tumbos por los prados irlandeses mientras le cantan a la luna. Los irlandeses suelen emborracharse como animales, eso ya lo sabemos todos, pero creo que en el fondo saben lo que se traen entre manos.

 

Combustible para La Reina de Africa

 

Mención de honor, para concluir ya, la que se lleva James Stewart en El Invisible Harvey. Nada como alimentar la imaginación desde un hueco en la barra del bar. Con eso y, claro esta, la inestimable compañía de un conejo gigante (de dos metros, nada menos) que le acompaña toda la película, es mas que suficiente para ser feliz. El conejo por supuesto es invisible, y cuando habla solo lo hace con él, así que al final no queda claro si le esta tomando el pelo a todo el mundo o si de verdad hay un roedor gigante guardándole la espalda. Lo que sí esta claro es que son escasos los minutos de película que Stewart se pasa sobrio. Encantador es poco.

 

Mi amigo Harvey.

 

Ejemplos en el tintero se quedan montones, y darían para llenar un Popu entero, así que de momento dejaremos para otra ocasión a figuras heroicas como la de Tom Cruise en Cocktail (quien no ha gritado a voces en un bar aquello de “¿Queréis un poema???, ¿¿Quién quiere un poema??”), o Bogart (de nuevo él, borracho!) en Casablanca llorando desamores pretéritos. Hemos repasado varios de los más turbios y desenfrenados momentos del universo del cine de los últimos años, y ahora ya estoy sacando la botellita de la cubitera y me dispongo pasar a otros menesteres.

 

A la salud de ustedes, por supuesto.

O al menos no es suficiente. Así lo sentencia George Lakoff en su “No pienses en un elefante”, que recientemente ha llegado a nuestras librerías después de tres años conquistando las norteamericanas con su versión original en inglés.

“No pienses en un elefante” es un librito sencillo y accesible, con voluntad de manual y que realmente no es más que una síntesis popular de una obra de mayor enjundia: “Moral Politics: How Liberals and Conservatives Think”

Por el título de éste ya podrán comprobar el pelaje e intenciones de “No pienses en un elefante”, recordemos que el elefante es la mascota del partido republicano estadounidense, y estaremos en lo cierto si apuntamos a un pequeño misario de la américa “azul”, la demócrata, frente a la “roja” republicana. Lakoff no se esconde bajo superfluos mantos de equidistancia y declara abiertamente su beligerancia, como demócrata convencido, al partido conservador en el terreno en el cual ha brillado como pensador y fundador: la lingüistica cognitiva.

La lingüística cognitiva estudia la naturaleza de diversas operaciones mentales relacionadas, entre otras, con la producción lingüística, la semántica y la organización del conocimiento mediante categorías. El gérmen filosófico no es nuevo, sin ir más lejos podemos recalar en Wittgenstein, pero su disciplina neurocientífica es joven. Una de sus principales líneas de investigación, de la cual Lakoff es especialmente seguidor, es la metáfora y su papel como elemento vertebrador de la capacidad cognitiva humana.

A priori puede parecer algo confuso, pero Lakoff lo plasma de forma sucinta en su librillo para progresistas de a pie. Las dos metaforas a trabajar en política se reducen a los modelos “padre estricto” y “padre protector”. Los dos patrones están latentes en las sociedades occidentales y su naturaleza metafórica presente en multitud de sus afirmaciones, pensemos por ejemplo en “los hijos de la patria”. Sin duda si la patria tiene hijos, la conexión lógica se encauza a la familia y la paternidad. Unos modelos simples y perfectamente comprensibles por todos y, además según Lakoff, estimulables.

En el primer modelo se parte de la premisa de que los humanos son malos por naturaleza. El entorno es hostil y la única forma de salir adelante es siendo disciplinado. El padre estricto cree en el castigo como forma de amejoramiento de sus hijos, tienen que ser disciplinados, castigados si cabe, para que el día de mañana puedan ser rectos y enfrentarse al mundo con firmeza e independencia. Para ello es indispensable que aprendan a buscar su propio interés, porque esa busqueda beneficia los intereses de la sociedad en conjunto- Adam Smith- logrando prosperar. El disciplinado que se esfuerza por lograr sus intereses prospera, el debil se hace dependiente y fracasa, el disciplinado triunfa y por tanto la moral está con él, el debil es un holgazan que no se esfuerza y no debe lastrar a aquellos que siguen el buen camino.

El padre protector ayuda, protege en la necesidad, dialoga, promueve la empatía y es partidario de inculcar la responsabilidad frente al castigo. El ser humano es bueno por naturaleza, los padres - padre y madre, ambos por igual- colaboran para enseñar a ser feliz a su hijo, logran la comunicación bidireccional y fortalecen el sentimiento de comunidad.

 

Si nos paramos a pensar parece que ambos patrones se corresponden a discursos políticos que todos conocemos. Lakoff afirma que los conservadores han conseguido que su modelo de “padre estricto” sea activado en el electorado gracias al perfecto enmarcado de sus proposiciones en el modelo, que a su vez queda activado. Cita como ejemplo sencillo el término “alivio fiscal”. Todos sabemos que significan estas dos palabras, menos impuestos, pero esconden algo más. Alivio presupone la existencia de una desgracia o mal a reducir. Por tanto pagar impuestos es una desgracia, además sirve para gasto social: ayudar a los que no se han esforzado por prosperar.

Alivio fiscal se ha popularizado en los USA, incluso es una expresión que ha traspasado a las filas demócratas. Según Lakoff esto es debido al arduo trabajo de los think thank en los que los conservadores han invertido ingentes recursos financieros en una ofensiva para propagar sus marcos en los medios de comunicación. Un progresista no debe enmarcar los impuestos como una desgracia, sino una inversión para poder obtener beneficios en educación, gasto social o infraestructuras. En resumén, hay dos marcos distintos donde se conjugan las palabras de tal manera que enfrentan metáforas de valores. De la misma forma el partido republicano ha conseguido que la ley más agresiva para con el medio ambiente se llame “Ley de cielos limpios”.

 

Una vez un marco se ha activado, todos tenemos ambos aunque uno puede estar pasivo, los hechos pierden el poder que presumimos. En este sentido la verdad no te hará libre, porque los hechos ciertos rebotarán en el marco y no serán tomados en cuenta. Pese a que la administración Bush ha mentido a sus ciudadanos afirmando que la guerra de Irak era necesaria para contrarrestar las armas de destrucción masiva que amenazaban la seguridad nacional, cuando se ha demostrado que la verdad es que esas armas no existían, que Bin Laden y Saddam no tenían conexión alguna y que las intervenciones buscaban un dominios estratégico de la zona, el partido repúblicano sigue estando en liza por ganar las próximas elecciones.

La verdad no te hace libre para elegir y los votantes no actuan racionalmente. Hay gente que vota contra sus intereses, algo a priori absurdo. Trabajadores que apenas llegan a fin de mes y que necesitarán de un sistema público de sanidad cuando llegue el momento votan al partido republicano. Simplemente se ha activado el marco de “padre estricto” en su manera de ver la vida, recordemos uno de los argumentos más propugnados por el votante conservador: “mano dura”, con lo que la verdad o la razón son elementos secundarios. Si hacemos encuestas para detectar las principales necesidades del ciudadano y las prometemos , eso no nos garantizará la victoria porque el votante se limita a comprobar si el candidato expresa una actitud ante el orden de las cosas coincidente con el patrón que haya conseguido activar . Hay que lograr activar el marco que represente los valores que defendemos en el votante, no discutir el marco del adversario porque es imposible no pensar en el elefante si éste se encuentra en la proposición.

Si un potencial votante activa su modelo de “padre estricto” por mucho pan que le ofrezca el partido demócrata, votará republicano.

En mi opinión éste sistema de procesos es lo interesante de “No pienses en un elefante” y que presenta un punto de reflexión. Sobre el resto, el enarbolado demócrata que acompaña toda la exposición y el adiestramiento progresista en el contraataque, mejor establecer un filtrado. Y no es porque no comparta los valores de Lakoff, sino porque a pesar de seguir su línea política es evidente que nos econtramos ante una obra instrumental. Un libro que dirige las herramientas para favorecer a un bando y acaba satanizando al adversario dejando un regusto que, sin llegar a ser panfletario, evita descaradamente salpicar el modus operandi del partido demócrata . Se muestra demasiado cauteloso en la exposición porque sabe perfectamente que los mismos elementos que denuncia - mentira, traición, manipulación- son también identificables en políticos de su color. En ese sentido Lakoff es un pillo y como de tonto no tiene un pelo, algo caradura . Así lo demuestra en el apartado de preguntas que cierra el libro, donde se le formulan cuestiones sobre su planteamiento. Inofensivas y blandas a más no poder, donde no hay más que un pequeño atisbo para sacar a flote algo que brilla en mayúsculas y neón: el papel que juga la manipulación. Atajado rápida e insatisfactoriamente.

Además se plantean muchas dudas desde la óptica europea. La derecha estadounidense es diferente a la europea, por ejemplo la de la canciller alemana Angela Merkel, y goza de un poder importante sin la ayuda de los think thank, de escaso desarrollo en el viejo continente hasta la fecha, con lo cual parece que la fuerza conservadora puede ser perfectamente sólida sin estos aliados clave en las tesis de George Lakoff. Confirmación de lo sospechoso del ataque a estas poderosas organizaciones y que sirve de base para legitimar el think thank del mismo Lakkof, el Instituto Rockridge, como indispensable contrapeso.

 

Finalmente, si aceptamos que la verdad es una contingencia, es imposible no sentirse inquieto al pensar en el papel de la mentira en todo esto.

Si quieren más metáforas que nos dominan, sugiero echarle un vistazo a otro logrado volumen de Lakoff: “Metáforas de la vida cotidiana”.

Continuamos con nuestro repaso por el mundo de los tragos de cine, deteniendonos en en esta ocasión en elgunos de los numerosos iconos forjados a base de encerados amígdalas con destilados, y en que por ejemplo, el viejo Oeste, virgen y agreste, ha sido un lugar idóneo para que muchos protagonistas dieran rienda suelta a sus conflictos y frustraciones, vaciando botellas de turbio contenido sin contemplación alguna.

De qué otra manera si no llegaría John Wayne a quemar su propia casa en un arranque de furia incontrolada, cuando James Stewart, un hombre debilucho y que pasa el día entre libros de leyes, le arrebata la chica de la que se ha enamorado en El Hombre que mató a Liberty Valance.

                                              John Wayne, para poca tonteria

El villano del filme, un ser malvado y amoral, arrastra un garrafón de vaya usted a saber qué brebaje mientras azota con su látigo todo lo que encuentra a su paso, y hasta el mismo redactor del periódico local, Dutton Peabody, clama al cielo por una cerveza argumentando que en verdad eso no es una bebida alcohólica. El choque entre la civilización y el orden, encarnados por el abstemio Stewart, contra la faceta mas salvaje e individualista del ser humano representada por los poco diplomáticos y dueños de sus propios codigos de honor Wayne y Marvin resulta un conflicto de verdadero interes.

                                                     Liberty Valance

También Ben Johnson, Ernest Borgine o William Holden nadan en alcohol en gran parte del metraje de Grupo Salvaje. Antológica es la escena en la que revientan a tiros unas grandes cubas de vino y se duchan en una lluvia violeta rodeados de prostitutas mexicanas. En esta película se bebe y se bebe. Los protagonistas se beben la vida, y curiosamente ríen sin parar si no están atracando un tren o matando a gente. Parece que unos tragos de la botella es casi lo único que pueden compartir en un mundo en el que ya no encajan.

                                            Grupo Salvaje, a por todas

Muy de Peckinpah lo de la poesía crepuscular, ya se sabe. Igual que cuando James Coburn y Kris Kristoferson se retan en un polvoriento cara a cara, desafiando al pasado con una botella y un par de vasos mediante en Pat Garret & Billy the Kid.

Muchos de los westerns clásicos están trufados de borrachos carismáticos y electrizantes, como Dean Martin o Robert Mitchum, que dieron vida al mismo personaje en Rio Bravo y El Dorado respectivamente, y que representan de forma elegante la imagen del hombre y su cruz. Su pasado alcohólico les convierte en objeto de mofa y humillación por parte de sus antagonistas que, claro esta, también le dan a la botella sin ningún tipo de miramiento. Al fin y al cabo, no saber beber dice bien poco de un quien se quiera llamar a sí mismo un hombre, y bueno, en definitiva ambos dos terminaran luchando con su problema de la forma mas digna posible y tratando de que las cosas sean como deben ser.

                                              Dean Martin dice: Hoy no!

Incluso el mismo Clint Eastwood de Sin Perdon, padre de familia y abnegado cuidador de cerdos, decide invocar al otrora asesino despiadado que fue en su juventud cuando alguien hace algo que le molesta mucho. Y lo hace lanzándose a por la botella, desatando un apocalipsis que se había venido posponiendo durante la primera hora y media de metraje.

Ejemplos los hay de sobras, y más en un género como este, tan proclive a la estampa legendaria, a la épica del desierto, de la violencia y de los hombres hechos a sí mismos, y que se ve perfectamente engrasada por el consumo de alcohol, convertido en un personaje mas de la función. Beber Whisky es tan importante como llevar pistola o sombrero, un elemento perfectamente asimilado a un universo tan plástico como salvaje. Así se definieron estos parametros tan masculinos, y así los hemos disfrutado nosotros años después.

Existen, en cualquier caso circunstancias mucho más difusas, y que se alejan de los arquetipos icónicos para acabar naufragando en aguas verdaderamente pantanosas. El ser humano también puede caminar entre brumas, y la cámara lo aprovecha y lo digiere como parte del show. Podría uno pensar sin ir mas lejos en un Martin Sheen, borracho como una cuba en Apocalypse now, sacado a rastras de un camastro con las manos ensangrentadas en una escena en la que no hay labor interpretativa alguna. En verdad Sheen estaba completamente fuera de si, y a Coppola le vino de fábula para darle una vueltecita de tuerca más a la historia.

 

                                                                    Brumas 

 

Liz Taylor y Richard Burton, copazo en mano, hacen un autentico simposio sobre el reproche y el rencor en Quien teme a Virginia Woolf, calcadito, por cierto, al que practicaban en su tormentosa intimidad. Y bueno, Bogart se confundía a partir de medio día con su propio personaje, justo cuando abandonaba la sobriedad y empezaba a comportarse como se esperaba de él. Y como él muchos otros, que necesitaban combustible para echar a andar y poder sostener un personaje dentro y fuera de la pantalla, delante o detrás de las cámaras.

 

                                                                       Grita!

Sam Peckinpah fue un gran impresentable, borracho y violento, como su cine. John Houston fue un vividor aventurero. Una Ava Gardner de conocidas tendencias canallas se acostaba con toreros después de cerrar todos los bares de la noche madrileña. Peter O’toole cosechó una fama de bebedor equiparable a la de su talento como actor. El mismo Errol Flynn, que como todo el mundo sabe, tocaba el piano con un cigarro en una mano y una copa en la otra, acabó sus días destrozado por la bebida, así que tampoco hace falta extenderse más. Es evidente que a menudo los artistas del celuloide caminan por el filo, de igual forma que nosotros podamos hacerlo en nuestro anonimato.

                                                           Viridiana. A cenar

Y si, es cierto que también se ha explotado con intensidad la imagen de la vergüenza y la falta de decoro con miradas, como mínimo, poco ortodoxas: la dulce Shirley McLaine, por ejemplo, es abofeteada sin compasión para ser rescatada del coma tras un intento de suicidio por ingesta de pastillas y alcohol en El Apartamento, en una escena sorprendentemente seca y poco complaciente con respecto al tono en que se venia desarrollando la historia. Y desde películas como Trainspotting o Drugstore Cowboy, en donde los yonkis beben para no drogarse (o porque ya están drogados), hasta Viridiana, en donde una cuadrilla de mendigos desagradecidos da cuenta del mejor vino de la casa que caritativamente les acoge para acabar blasfemando, robando y matándose entre ellos, ahí tenemos al alcohol, como infalible catalizador de la miseria humana, desatando toda la furia contenida de los protagonistas y dejando sus almas a merced de los impulsos más primarios.

“Eh!!, que yo no soy ningún alcohólico!!! Que si quiero también puedo beber en mi casa.” Esta delicadeza le espetaba un borracho a otro en una película que destacaba únicamente por esta gran frase. La botella y la adicción que genera, las fiestas, la descomposición de las formas, la euforia o la vergüenza son solo algunas de las incontables manifestaciones de las bebidas espiritosas en el ser humano, y el cine, como no, ha resultado un espejo idóneo para casi todas ellas. De ahí que boutades llenas de intención como la que abre este párrafo estén ya perfectamente integradas en la rutina cinematográfica.

Partiendo, pues, de tan sencilla premisa se pretende desde aquí rescatar unos cuantos títulos, sin mayor objeto que el de tenerlos todos juntos y ordenados de forma totalmente arbitraria. Por eso empezaremos trazando una primera vertiente más seria, o más “oficial” si quieren, que se irá transformando con el paso de los años y la llegada de nuevos géneros y autores, y que nos permitirá transitar posteriormente lugares menos comunes, pero no por ello exentos de interés.

Días sin Huella

Probablemente ya hubo quien hablara de todo esto con anterioridad, pero a buen seguro que la tópica historia de descenso al infierno de un alma humana empeñada en tocar fondo, no estaba tan manoseada cuando Billy Wilder encarnó en 1945 a Ray Milland en un ser débil y mediocre en Dias sin Huella . Ahí quedó plasmada la paulatina pérdida de amor propio del protagonista, aparte de una de las primeras representaciones en pantalla grande del temible Delirium Tremens, con animales de pesadilla asediando al protagonista en la cama de un hospital del que acabará huyendo a escondidas, como una rata. Esta circunstancia, entre múltiples apuestas más por la destrucción de la dignidad y la honorabilidad del personaje, jalona una historia netamente urbana y dolorosamente trágica.

Una delicia sólida como un puñetazo, vaya, y que dará protagonismo por fin a la figura del alcohólico y a su problema de manera relativamente realista, profundizando en sus conflictos y en sus miserias, e invitando al espectador a ponerse los zapatos de un perdedor antipático y mediocre que se sostiene, tambaleante, gracias a la generosidad de quienes le aman de manera incondicional.

Ray Milland

Otro referente claro es la agridulce Dias de Vino y Rosas (1962), en un poco común registro para lo que conocemos como cine de Blake Edwards. El hecho de que la hiperexpresividad y entusiasmo de Jack Lemmon estén presentes en el comienzo del filme no evita que la inicialmente alegre relación del trío (“la botella, tú y yo”) degenere inevitablemente hasta el punto de abandonar Lemmon la nave, dejando que Lee Remick se estrelle sola si lo desea en su propia espiral alcohólica.

Después de una tropelía de humillaciones mayores y menores terminara él por despedirla a la luz de los neones de un bar, en un final tibio aunque con algo de esperanza. Y resulta muy de agradecer que se nos eviten moralinas paternalistas, y se nos permita seguir con el rigor y la amargura correspondientes esta historia de urbanitas con severas dificultades para mantener un rumbo firme en sus vidas, y sin recordarnos a cada minuto lo malo que es beber demasiado.

Días de Vino y Rosas

Estos dos filmes podrían ser los referentes más “académicos” de la cuestión que nos ocupa, porque inciden de manera directa en el drama del alcoholismo y sus consecuencias. El sufrimiento, la culpa y la falta de voluntad enmarcan las dos historias de manera ejemplar, y definen una línea que ha tenido representaciones posteriores generalmente fallidas, como por ejemplo la facilona “Cuando un Hombre ama a una mujer” o la pretenciosa e irritante “Leaving Las Vegas”, filmes ambos dos que poco o nada aportan a estas alturas, y que se hallan desde luego a años luz de las notables obras de Wilder y Edwards.

Sí que ha habido acercamientos mas recientes en el tiempo, en los que la figura del borracho queda, por el contrario, mucho mejor definida. Independientemente de la habilidad de sus autores a la hora de narrar las historias, filmes como “Barfly (El Borracho)” (1987) de Barbet Schroeder (de cuando Mickey Rourke aun era un actor), o la más reciente “Factotum” (2005), con un sobresaliente Matt Dillon en el mismo papel, repasan la anarquía vital del mugriento Charles Bukowski/Henry Chinaski, centrándose la primera de ellas en la parte más esperpéntica, provocadora y marrullera del personaje, mientras que la segunda enfatiza mas la vis terapéutica y liberadora de la escritura, rociada, claro está, en una espiral de borracheras abrumadora.

Mickey Rourke es Chinaski en Barfly

Si bien la fuerza las películas reside básicamente en las estupendas interpretaciones, es bien cierto también que en ambos casos toda la trayectoria del personaje viene condicionada por el tremendo asco que le produce el universo en estado de sobriedad, lo que le lleva a hacer de la abulia y la visión borrosa su mejor estrategia. El protagonista solo saldrá de su ostracismo para dejar su trabajo y beber hasta caerse, y esto difiere ligeramente de la ortodoxa propuesta inicial de Billy Wilder, convirtiendo a Chinaski-Bukowski no en un enfermo con remordimientos, sino en un escéptico con tendencias autodestructivas que solo quiere perder el mundo de vista el máximo numero de horas posible cada día.

Matt Dillon también es Chinaski, pero en Factotum

Y como no es un enfermo sino un borracho, pues no hay drama, y todo arreglado. Al fin y al cabo a Bukowski también le gustaba airear todas su miserias vaya usted a saber con qué propósito, con lo que tampoco vamos a sufrir demasiado por su personaje.

Lo que si que se descubre en todos los casos mencionados es el rostro mas áspero de la vida en la ciudad, que devora a sus habitantes y los escupe después convertidos en una suerte de despojo resacoso. La gran diferencia que debemos recalcar entre ellos es que mientras unos (Lemmon y Milland) se ven arrastrados sin remedio por su enfermedad, otros (Rourke y Dillon) ejercitan su “desviación” con sórdida despreocupación y absoluta falta de perpectiva vital.

Por fortuna las visiones del tratamiento del problema son múltiples, y más allá de estos ejemplos existen propuestas menos siniestras, o menos realistas si me apuran, que invitan a considerar el papel de las bebidas de octanaje en el universo del cine de forma distinta, y de las que hablaremos en próximas entregas.

 

Nuestros protagonistas de hoy son personajes que rondan lo entrañable y lo lúgubre. Individuos que están al margen de la estética brillante del mundo de la música, en las antípodas de los dominios mediáticos: auténticamente sucios, polvorientos y desaliñados.

No siguen un papel donde lo decadente es una ilusoria copia de lo real a fin de crear un producto pintoresco y atractivo. Son personas evidentes, que representan un tópico que el cine y la literatura desprenden de la carne y son prueba de que realmente existe ese talento bruto sin cortapisas que aquellos nos ofrecen con desodorante.

El reverendo Peyton es un joven anciano. Aunque su estampa pretenda desmentirlo, este hijo de un trabajador del cemento sólo tiene 26 años. Nacido en un diminuto y rural pueblo de Indiana pasaba sus tiempos de instituto obsesionado con la técnica del fingerpicking. Este complicado estilo consiste en la multifuncionalidad de los dedos de la mano derecha para obtener un toque orquestal de guitarra, requiere grandes dotes de habilidad y prudencia en su aprendizaje, pero Josh Peyton llevó la práctica hasta el limite acabando lesionado e impedido para la guitarra.

Años después se obró el milagro, un caso perdido se convirtió en una oportunidad para un avispado médico, y tras una intervención quirúrgica el joven Josh no sólo recuperó la movilidad de la mano derecha, sino que las secuelas la hicieron más suelta y flexible. Así Dios le permitió dominar la técnica que sin duda le deparaba a partir de un sacrificio, y el reverendo emprendió una vida en favor del Creador y la comunidad.

Su esposa Breezy le animó con su tabla de lavar y Josh llamó a su hermano Jayme para recorrer Indiana evocando el blues del Delta y testimoniando la suprema vis del Todopoderoso. Su periplo llamó la atención de algún astuto promotor, y sabiendo lo atractivo de la extravagancia incluso ha llevado al trío a los confines de la vieja Europa.

A día de hoy el Reverendo Peyton y su Big Damn Band siguen luchando por dar a conocer su música vieja y con aroma a madera mojada, con un disco grabado “al aire” sin apenas intervención y un directo descomunal donde vemos que realmente a Peyton alguien le ha tocado divina o enedemoniandamente. Ahora ya sabe como explotar su sordidez. Ha nacido una estrella.

Nuestro segundo invitado era vagabundo. Pese a dedicarse a la música desde 1970 y haber seguido la historia del rock en sus diferentes etapas y lugares, el viejo Steve no sentó la cabeza hasta que en 2004 un grupo escandinavo lo recuperó para que tocara con ellos recopilando experiencias de un sin techo. En 2006 Mojo lo eligió mejor artista revelación del año, a sus sesenta pasados una rara avis en la sociedad de la juventud y la metrosexualidad.

Seasick Steve es otro personaje extraño y turbio repleto de talento que ha salido a la luz por capricho de algunos. No me cabe la menor duda que perdedores irredentos, borrachos sin hogar a orillas del Mississipi y demás músicos fuera de serie alejados del sistema debe haber a cientos. Algunos, como el Reverendo Josh Peyton o el estrambótico Seasick Steve caen en gracia, son arrancados de su entorno y aupados para dar una nota de color a un panorama ávido de nuevas sensaciones, y afortunadamente en el mundo del pop pocas censuras morales hay para ello. Se prueba, se provoca, y si renta adelante con ello. Ellos, por su parte, rapidamente cambian la soledad y la marginación por el reconocimiento y se tornan algo más locos.

Seasick de momento ha tenido fortuna. El que fuera reconocido como debilidad por gente como Robert Plant o Nick Cave sirvió de espaldarazo. A partir de ahí hay que demostrar y el vagabundo no se ha convertido en My Fair Lady. Con desparpajo nutre sus discos con apartes donde narra, entre canción y canción, sus experiencias como sin techo o simplemente se dedica a desbarrar y chochear.

Ahora bien, por su directo le han apodado “One Man Band”, cosa que hace justicia al viejo bluesman, a lo que suma una gama de pertrechos personalizados. No sabemos si sus guitarras de una o tres cuerdas son definitivas o una anécdota más para su figura, pero el mundo que consigue el peculiar Seasick resulta fascinante. Esta muestra, con un riff que recuerda a Personal Jesus de Depeche Mode, sirva como sentencia:

Finalmente una pequeña mención a otro elemento particularmente dotado, superior en inteligencia y movimiento de mercado pese a no gozar de la fuerza de Peyton o la potencia visual de Seasick. Willliam Elliot Whitmore es el más sofisticado de este peculiar trío de ases. Pese a tener orígenes pobres y rurales como los anteriores, Will practicaba skate. En la granja de sus tíos la electricidad era escasa y racionada por un viejo generador, pero Will podía acceder en un pequeño pueblo de Iowa a algunos clásicos del punk. Leñador, granjero de caballos y gran amante de la naturaleza, ha sido testigo de la realidad de la américa profunda, del característico e intenso sentimiento moral y religioso de su tierra que combina piedad y opresión. Asesinatos, violencia, miseria y olvido han ido alimentando sus argumentos musicales encauzados por una voz sugerente y embarrada . Su capacidad de estremecer con un timbre apagado y de gran cadencia no pasó desapercibida y Will se está situando rápidamente por la trastienda más moderna de la música popular.

Posiblemente es hora de descubrir un nuevo Will Oldham, un artista violento-elegante de aires antiguos, con una agresividad tan sutil que no provoque la huida de los intelectuales de salón. Sea bienvenido el devenir de Whitmore y su escalada lenta pero segura aparte de estas consideraciones contaminadamente estéticas.

Un final fatal, desolador y tremendamente injusto. No es algo así lo que uno espera cuando se acerca a una banda como Betty Blowtorch. Ya se ha hablado largo y tendido sobre ellas en múltiples ocasiones, pero para quien aun no sepa de qué va la historia pues se trataba de cuatro mujeres (y digo mujeres) que formaban un grupo de Rock. Cuatro mujeres que no eran especialmente bellas, ni educadas, ni con grandes cualidades artísticas, pero que parecían haber encontrado una fórmula que funcionaba, y que en un momento determinado tuvieron un golpe de mala suerte.

Con su Are You Man Enough?, un espectacular álbum aun calentito y en medio de una gira en la que empezaban a darse conocer, Bianca Halstead (artisticamente Bianca Butthole), la pieza más visible del proyecto falleció en un accidente de coche un 14 de Diciembre de 2001, y toda la aventura se detuvo en seco.

Con el paso de los años muchos fans han (hemos) ido descubriendo el álbum en cuestión con sorpresa y gozosa excitación, porque aparte de tener una colección de canciones poderosas, su desenfado, explicitud y sentido del humor se complementaban con naturalidad con una imagen de mujeres fuertes, sexys y con suficientes arrestos como para que nadie osara siquiera toserles.

Somos unos cuantos los que por una serie de razones que no vienen al caso, hemos idealizado la ciudad de Los Angeles y la costa oeste norteamericana, con los descapotables, con las mujeres siempre rubias y de tetas grandes, con las gigantescas autopistas y con los paseos por Hollywood Bvd. Estos flashes de americanismo y mitomanía irredenta vienen directamente emparentados con una escena musical concreta y de preceptos ideológicos tan definidos como cuestionables. El hard-punk-rock californiano de cueros, pelos crepados tatuajes y gafas de espejo (el hoy anacrónico sleazy, con esos primeros GNR…) hizo estragos en la educación musical de algunos de nosotros, que aun nos resistimos ferozmente a cerrar este capitulo agarrándonos a todo lo que nos lo recuerde, aunque sea de la manera mas remota.

Betty Blowtorch encajaban a la perfección en la escena descrita, más de una década después de que esta se hubiera desintegrado y reencarnando en versión femenina todos los clichés que el género demandaba. Toda una suerte de tópicos relacionados con la pertenencia a una banda de Rock, y que todo el mundo puede imaginar fácilmente: sexo sin control, drogas sin control, vestuario sin control, diversión sin control, carretera y rockanrol, pero en este caso, y para variar, desde un prisma femenino. Y en realidad tampoco es que se comportaran como salvajes y cada noche terminaran lanzando televisores por las ventanas, porque la cosa en el fondo tenia un aura mucho mas inocente de lo que podría imaginarse, pero si que es cierto que donde las bandas que las inspiraron años atrás vieron grandes tetas y calenturientos affaires de ascensor, ellas veían grandes pollas y calenturientos affaires de ascensor; donde ellos hablaron de su pelo, de cepillarse grupies y emborracharse, ellas hablaban de la incomodidad de llevar vestidos y de querer desmontar a polvos al genero masculino en general . Delicadezas las justas y fans varones siempre bienvenidos. Todo esto las convertía en una banda intensa, vital y desengrasante, y por lo tanto necesaria del todo.

Sus furiosas interpretaciones, su absoluta falta de sutileza a la hora de expresar cualquier tipo de deseo (“¿Qué cómo nos gustan los tíos? Pues con la polla grande!!”), su peligrosísima pirotecnia de todo a cien y una imagen agresiva y nada casual probablemente tampoco les hubiera permitido llegar muy lejos, pero lo que es indudable es que su historia terminó de modo abrupto, contribuyendo la muerte de Bianca a glosar tristemente los ya nutridos obituarios del underground del Rock n’ Roll.

Ahora bien, lo que verdaderamente supone una fractura con la imagen que al menos yo pudiera tener a priori estas chicas es el documental Betty Blowtorch And Her Amazing True Life Adventures, que disecciona el día a día de la brevísima biografía de la banda, y que desintegra ese aparente glamour callejero y de confeti mostrando unas personalidades baqueteadas, con pasados yonkarras, traumáticos u opacos del todo, con conflictos múltiples, con diferencias insalvables entre si y en cualquier caso siempre con la amenaza de un futuro incierto en ciernes. En el fondo nos descubre a unas supervivientes, pero en el sentido menos triunfante y ampuloso de la palabra, ya que Bianca Butthole ya tenia 36 años en el momento del accidente y a esas alturas habia había visto ya de todo.

La parte final de la cinta rezuma una amargura que solo podría comparar a la del documental End of the Century de los Ramones, aunque en este caso no vendría desencadenada por actitudes cerriles de miembros republicanos de la banda, sino por una sensación de absoluto desamparo por parte de todos los allegados ante el trágico devenir de los acontecimientos.

Y bueno, a mi de verdad que me gusta imaginármela por Melrose Avenue, como si de un Nikki Sixx en chica se tratara, igual de poco sofisticada, igual de carismática, igual de bruta y con ese glamour absolutamente falto de clase, degustando las macarrísimas estrofas de Vanilla Ice en “Size Queen” y pensando en completar su colección de figuritas de Kiss. Pero después me queda siempre la tristeza de recordar que cuando las cosas le empezaban a ir bien se mató en un Corvette Rojo en New Orleáns y todo se fue al garete. Que le vamos a hacer, caballeros, así son las cosas.

Sabes, Natalia Nikolaevna Zakharenzo, Natalie Wood, pequeña Natalia, que el mundo esta lleno de injusticias, y que ahogarse en un barco frente Isla Catalina a los 43 años es morir joven, pero que un avatar de esta clase no le quita ni un ápice de embrujo a los años de esplendor que pudiste disfrutar antes de alcanzar una edad difícilmente disimulable en la pantalla grande.

Esa recogida figura tuya, frágil y alejada de tentadoras exhuberancias destinadas a poner a prueba la reaccionaria y engañosa moralidad de manual de los 50’s, sigue haciendo del visionado de algunas de tus películas un autentico placer. Un placer de naturaleza esencialmente pura y desprovista de impulsos de aquellos por lo que seguramente nos viéramos obligados a pedir perdón en un momento u otro.

Bueno, que tu también tenias impulsos, claro, y que ver como ese poderoso deseo carnal era reprimido con dureza por la salvaje moral propia de terratenientes y señores del petróleo Texano de principios de siglo, ese que propiciaba el alivio físico para con sus vástagos con “otro tipo de chicas, tu ya me entiendes”, y que hizo que tu primer revolcón con nada menos que Warren Beaty se viera pospuesto hasta el infinito todavía nos conmueve.

Quizás sea más merito de Elia Kazan que tuyo. Y hablamos de un Kazan menor, todo sea dicho, mas ocupado en organizar su agenda con tino para conseguir hacer una película, engañar a su mujer y llegar a tiempo a casa para cenar sin que nadie se molestase. O mérito de un primerizo Warren Beaty, que en su vida real era capaz de copular con una percha si esta llevaba vestido con escote, y que te llevó hasta la locura en la ficción haciendo que perdieras tu tren y que el Esplendor en la Hierba quedara como un vestigio de una vida anterior, una que fue plena y que ya no lo será más. Aun así tú estabas hermosa, adolescente y llena de conflictos. Carne de taquilla de instituto 100%.

Esplendor en la Hierba (1953)

Y de la engañosa chica mala de Rebelde sin Causa, esa que agitaba un pañuelo marcando la salida en una carrera suicida en la que un chico perdía la vida, ¿qué me dices de esa?. Ahí también tenías problemas de esos de gente joven, porque tus padres eran dos muros de ladrillos con los que no era posible comunicarse, y salías a vagar por las noches, a fumar y a alternar con pandilleros poco recomendables. Y te topabas en comisaría con un Dean reconcentrado y te enamorabas de él, porque además de inadaptado, era sensible y tenia pelotas, y esas cosas os gustaban mucho en los años 50.

La verdad es que no se por que Nicholas Ray decidió rizarte el pelo. Para mi es un error incomprensible, puesto que tu rostro fue diseñado para ser adornado por cabellos lacios, pero bueno, pudiste besar a James Dean, y supongo que eso compensa cualquier permanente desafortunada.

Rebelde sin Causa (1955)

Y Maria, enamorada del amor y de la dentadura de Richard Beymer en West Side Story también tenía su aquel. Una pena que ni bailaras ni cantaras, aunque es bien cierto que los estruendosos números musicales iban poco con tu delicado talle, y que en ellos tu eterna languidez no hubiera encajado jamás. A pesar de todo te reservaron unas cuantas piezas memorables, entre ellas Somewhere y Tonight, y en las que a fecha de hoy, y a pesar de tener que escuchar tu voz doblada resulta imposible separar de tu personaje.

West Side Story (1961)

En esta ocasión la tragedia se cebaba de nuevo contigo, y tú sufrías el infortunio de ser joven y estar en el lugar incorrecto en el momento inadecuado. Menudo sino el tuyo, chata. En Centauros del Desierto de poco se te cepilla John Wayne a tiros por haber sido raptada por los indios, y en Amores con un Extraño de nuevo te ves inmersa en otro drama juvenil al quedarte embarazada de Steve McQueen antes de tiempo. Si es que hasta en El fantasma y la Señora Muir tu madre se enamoraba de un espectro.

Lo tuyo era una desdicha perpetua, aunque uno sigue rezando para que los tenderos sigan guardando tus películas en las estanterías de sus videoclubs, porque brillaste con una fuerza extraordinaria durante una buena temporada, y el hecho de que te fueras a los 43 años no deja de ser una de esas irrelevantes tragedias que jalonan nuestro día a día, pero que en realidad tampoco nos quitan el sueño mientras se pueda volver a ver West Side Story una y otra vez.

Se acabó el 2007, pero no sin despedirse con un buen puñado de canciones dignas de mención. Sin ser todas las que son, ni mucho menos, aquí os dejó un par de particulares recopilatorios caseros con algunas de ellas según mi humilde perspectiva.

El primero de ellos es un bocado crujiente del año, guitarras pesadas, ritmos malignos o simplemente melodías dinámicas y voraces. Ideal para limpiar el inodoro a fondo.

Su segunda versión recoge un resumen de lo templado, nocturno y profundamente delicado. Se lo recomiendo fervientemente.

Otro día hablaremos con más tranquilidad de lo que nos ofreció, a grandes rasgos, este año sin voluntad alguna de dogmatizar en “lo mejor del 2007″.

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Curiosa saga, y afortunadamente con premisas claras desde el minuto uno: violencia a destajo, coches, motos y demás aparatos con motor en medio de un desierto donde la policía y las bandas de delincuentes motorizados pugnan por encabezar el grado de salvajismo máximo. Los que no llevan placa son malísimos de verdad, y los que sí también, pero tienen razón.

 

 

Para mi gusto, lo más destacable de esta primera entrega es el brutal rugido del Interceptor, el supercoche de machacar malos que conduce Mel Gibson a toda prisa por las carreteras australianas. La verdad es la primera parte mola, sobre todo por ese look setentero tan autentico. , pero para ser sincero lo verdaderamente bueno viene en la secuela parte, donde de forma completamente injustificada se inventan una sociedad postapocalipica (fantásticos los 80) en la que reducen el grado de civilización a la mínima expresión, confrontando a dos grupos de infraseres humanos en una lucha salvaje por gasolina.

Básicamente la cosa se centra en que un grupo de colonos buenos trata de resistir los envites de los jevis malos del desierto, que les quieren quitar el combustible de cualquier manera, pegando e incluso insultando.

Así, teniendo ya claro el objetivo de lo que quieren contar la cosa resulta de mas fácil digestión, porque lo que en la primera suponía un violento retrato de un colectivo de moteros liderado por Cortadedos (me encanta, de verdad) cuya profesión es hacer el mal de modo retorcido, destrozando vidas humanas y amargando la existencia de Mel “polivalente” Gibson, se convierte en la segunda parte en un ejercicio de pirotecnia, de villanos extremos (Humungus, ven a mi!), de velocidad a tutiplen y de rizar el rizo por que si. La carga emocional chunga se traslada a las explosiones y a los pintorescos personajes, y todo resulta mucho más liviano.

 

 

Y para muestra ahí tenemos a The Feral Kid, un niño prehistórico que no sabe ni hablar ni nada, pero que maneja con destreza un boomerang con los bordes afilados como las navajas de Albacete. O las múltiples escenas de persecución rodadas a campo abierto, con carreras por el desierto a máxima velocidad con todo un catalogo de vehículos tuneados, pilotos súper macarras enfundados en cuero dispuestos a saltar de un camión a una moto en marcha, y blandiendo un arsenal de ballestas, cadenas, barras de hierro o revólveres del calibre 500.

 

 

 

 

Nunca es mal momento para arrastrar a alguien por el suelo o hacer estrellar un todo terreno contra un trailer gigantesco, y siempre se hace con profusión de explosiones y con trozos de metal saltando por todos los sitios. Hoy en día, con todo ese paternal y agorero tufo ecologista presente a cada paso que damos, resulta entrañable y refrescante la visión futurista que se tenía hace 25 años: todo es desierto y motor! Más Rock n’ Roll imposible!!

 

En fin, en medio de todo esto, Max, reconvertido a solitario cowboy especializado en el individualismo de manual acaba viéndose obligado, muy a su pesar, a ser el héroe. Gibson, con su infalible recurso de abrir los ojos mucho para expresar emociones intensas, acaba dotando al personaje de una inexpresividad que le sienta tan bien como el cuero raído y esa estupenda barbita de varios días que luce (y esto por no hablar largo y tendido del mechón canoso de la sien).

 

 

Al final, la saga (y la tercera parte directamente me la salto, porque mas allá de las tetas recauchutadas de Tina Turner y de alguna salida de tono de Angry Anderson no consigue alcanzar el nivel de diversión de las anteriores) queda como un saludable ejercicio de rockerismo supino pasado de rosca, y que visto con la distancia y edad pertinentes justifica por si sola su presencia en la estantería del salón de mi casa.

 

Y ahora a la bañera, a quemar un par de galones de gasolina.

Tarde, pero todavía a tiempo. Acaba de cerrarse la primera temporada de Las Reflexiones de Repronto, una serie de 12 ensayos audiovisuales de ácido sentido escéptico y crítico que les aconsejo fervientemente si han sido, como yo, unos rezagados en su descubrimiento. El proyecto de Raul Minchinela, pionero en materia de webzines infra como el desaparecido Contracultura, colaborador del bastión bizarro Mondo Brutto, realizador informático y creador de difícil etiquetaje, propone semanalmente las disquisiciones del Dr. Repronto en formato filmando pensado para aquellos a los que cuesta arrancar en la lectura de una parrafada ante el monitor. Un idioma ágil pensado para el internauta en uno de sus medios más al uso: Youtube.

Las píldoras, que no llegan a los 10 minutos, abundan ingenio y se resuelven de forma brillante. Su realización es sencillamente perfecta y huyen de cualquier dogmática sin por ello refugiarse en la mera ocurrencia. Las Reflexiones de Repronto es un videolog inteligente, divertido y con la suficiente dosis gamberra para que difícilmente sean objetivo para la parrilla televisiva pese a su destacable calidad. Invitan a pensar mientras dejan una sonrisa en los labios, pruébenlo.

Como muestra enlazo uno de los que a mi parecer es de los más inspirados, el referente al arte contemporáneo.

Minchinela ya había tratado sobre el artificio en el arte en un interesante cortometraje del 2003: El Grito del Arcángel.

Veremos la evolución del videolog ya que supongo que la aparición de más temporadas vendrá de la mano del conocimiento del mismo. Y aquí funciona el boca a boca, tecla a tecla, o eso…

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