Hablemos de #1, entonces. La vida sin ella cerca me ha resultado tan horrorosamente cabal estos meses que por momentos he pensado que iba a perder los estribos en esta balsa de normalidad. A fecha de hoy son otras personas las que la ven salir a dormir con su colchón a la terraza, o las que presencian la explosión de sus maletas en el centro de su habitación cada vez que vuelve de viaje. Por fortuna su infranqueable convulsión vital sigue tiñendo de sorpresa y estrógeno todo aquello con lo que entra en contacto, y además por lo que a mi respecta el filtro de la distancia otorga un cariz mucho más razonable y divertido a sus aventuras.

En efecto, una vez superado el doloroso trance de la separación, he conseguido adiestrarla para que me vaya enviando breves informes acerca de su estado mental, sus anhelos y sus encontronazos con el sexo opuesto. Periódicamente estoy recibiendo noticias suyas, cosa que me suele llenar de curiosidad, estupor y alegría (¿por que no?) a partes iguales.

Para quienes no sepan de quien hablo solamente diré que #1 es una antigua compañera de piso con un perfil psicológico extremo, una mujer de intensidad suprema, con los sentidos mutados para funcionar a máximo voltaje durante todos los minutos de su vida. Un ser mágico, extraordinario e irrepetible, en definitiva.

Retomemos, pues, la historia donde quedó. Tras múltiples y azarosas desventuras finalmente abandonamos el barcelonés ático de Sants, no sin sudores y sufrimientos varios, todo hay que decirlo. Él ultimo mes fue un infierno de broncas con la dueña de la inmobiliaria, cuyas antipatías #1 gracilmente reconducía sobre mi condición masculina, avivando una ira en mi interior contra su persona que nunca creí ser capaz de generar contra ningún ser vivo. Su estrategia era hacer frente común contra Acelga (llamemos así al malvado ser), y así la ejecuto incansable durante semanas alimentando mi cabeza con elucubraciones infinitas hasta el punto de convertirse en una olla a punta de reventar.

A su misma vez la galleguita RHW y sus cimbreantes caderas sembraban de despropósitos la estancia, argumentando indiscriminadamente que lo mejor era atrincherase en casa y esperar a que la policía nos desahuciara, o directamente hacer destrozos en el hogar por el valor de la fianza que nos habían de devolver. Su novio guardia civil, como buen español, solía pararle los pies a base de bravura y temple. #2, la alemana fan del chocolate apelaba levemente al sentido común, aunque seguíamos sin entender exactamente lo que pretendía decirnos (no será necesario recordarles a ustedes su nula capacidad de aprendizaje de castellano, y eso que llevaba 3 años trabajando en un despacho de arquitectos en La Rambla de Catalunya), así que le sonreíamos, le dábamos chocolate y siempre parecía calmarse.

Y lo de # 1 era ya totalmente excesivo, alcanzando paulatinamente cotas de agitación más salvaje a cada día que pasaba. Acelga esto, Acelga lo otro, Acelga, Acelga…cada vez que oía su nombre expulsaba azufre por las orejas y desesperación por la boca. Y seguían sumándose noches en vela con la cara de Acelga presidiendo todas y cada una de su pesadillas, y por ende todas y cada una de las mías, claro esta. Y claro, con esos previos tan explícitos el momento del encuentro entre Acelga y un servidor a la hora querer devolver las llaves y firmar el preaviso de abandono, fue tan abrupto, tan gratuitamente violento, que la cosa se me fue de las manos, y tras echarla de casa de malas maneras (al fin y al cabo todavía era mi casa) decidí rendirme de una buena vez haciendo lo que hubiera hecho cualquier otra persona con un mínimo de sentido común hace ya tiempo: huir de allí, lejos de esas personas lo más rápidamente posible.

Si. No podía mas, así que jurando que nunca mas volvería a depender de una mujer que no estuviera en sus cabales, y arrastrando mis enseres, mi camastro y mis camisas de trabajo fuera de aquel infierno, fui a dar con mis huesos, triste y aturdido, en el que vendría a ser mi nuevo hogar desde aquel momento.

En mi nueva guarida un señor lleno de pelo dormitaba en el sofá y veía fútbol todo el tiempo, mientras que otro, un montañés natural de Parla me daba charlas ecologistas o interrumpía películas de la tele poniendo un casete con canciones de Labordeta, que además cantaba en voz alta y acompañaba dando palmas. Esto a la vez que los demás intentaban escuchar la película o simplemente pretendían dormir. Lo más natural del mundo, vamos. Y todo esto era bueno comparado a cuando optaba por cagar con la puerta abierta, cocinar 2 kilos de garbazos o extender sus útiles de monte por todo el salón (crampones, piolets, bicis de montaña..).

Evidentemente no tardaría en echar de menos mi vida anterior.

Intentaba abstraerme leyendo X-Men o libros de autoayuda, pero era evidente que la casa no olía bien, que no había ropa interior bonita en el tendedor, y que los acontecimientos iban a ser totalmente predecibles mientras esos animales siguieran allí. La opción parecía ser más que evidente: mis horas estaban contadas en esa ciudad. Debía abandonarlo todo de verdad y empezar de cero en otro sitio.

Una sola vez más vi al germen de mi desasosiego antes de abandonar Barcelona para siempre. Aquella mañana de Junio, en la boca del metro de Badal, #1 y yo quedamos para despedirnos, y para que me devolviera mi fianza. Yo tome un café, y ella desayuno un cacaolat. Llevaba unas largas uñas postizas, con las que seguramente evitaba arrancarse las cejas, y aparecía serenamente bella, efecto probablemente causado por una tremenda sonrisa llena de dientes, el sujetador con relleno, los taconazos y la sombra de ojos. Como eran las 7.30 de la mañana no quise buscarle mas significados de los que probablemente tuviera aquello, recogí mi pasta y tan rápido como pude abandone la ciudad.

Esta fue la última vez que la vi, pero por fortuna no fue la ultima que supe de ella, desde luego que no. Quien este interesado ya sabe donde podrá encontrar el siguiente capitulo.