Mientras recorría la cuesta que se alza por la vía principal de la pequeña Villa medieval de La Gruyère imaginaba el recóndito paraje que acogería al museo. ¿Un bestiario que abriría sus brazos en la penumbra inyectando ese combinado de temor y atracción morbosa que rezuma el imaginario del creador del alien más popular tras E.T? ¿Una cueva húmeda y hostil flanqueada por altavoces 7.1 atronando el último hit de Wagner?

El castillo de Gruyères

Tierra de quesos

El escenario distaba de las expectativas a medida que avanzábamos por el cuidadísimo empedrado de la “ville“. Mientras me refrescaba las manos en un abrevadero que saciaría a unicornios y no a viles paquidermos de tiro, impoluto y cristalino, recopilé una colina fastuosa, casi idílica, propia de un cuento infantil. El castillo coronaba, el segundo más visitado de la Confederación Helvética, aristocrático, imponente e impecable como si con un cepillo de dientes se raspara cada piedra al cantar el gallo. Y la villa que guarece, de tendencias Disney, hace las delicias del tópico suizo aunque no por ello menos bella. El olor a fondue todo lo invade y souvenirs por doquier que, inesperadamente, aún dan cabida a la hilarante originalidad.

Útiles de fondue

Abogando por los usos alternativos de útiles de fondue

Allí estaban, desangelados y bastante fuera de contexto al cruzar un simple arco de paso que separa dos tramos de la vía. A la izquierda el Giger Bar, que a la postre resultaría la mejor experiencia, y a la derecha uno de mis motivos para cruzar los pirineos: el H.R Giger Museum. Que Giger se enamorase de la Gruyère sólo con descubrirla es comprensible sin necesidad de ser un pervertido con flaquezas, pero no deja de ser confuso que levantara uno de sus bares en un enclave tan contradictorio y por tanto en apariencia poco rentable. Y lo cierto es que la mayoría de visitantes de la fantástica villa pasan de largo por el grotesco lugar, más aún teniendo a pocos metros uno de los castillos más espectaculares de Suiza.

extraña pareja

Percíbase el detalle del floripondio junto a la malvada herrumbre
Ya dentro del absurdo que significaba que nuestro tétrico fin se encontrase incrustado en la más verde y bella de las campiñas, donde flores y alegría se dan de la mano con Nikons y Cannons cazando a rubias de coletas uniformadas a la Blancanieves, aceptamos nuevamente que el mundo parte de los inesperados contrastes y entramos a tomar una Coca-Cola.

Esto ya era sentirse en casa, en el timón del Navegante. Luz apropiada, ahora sí, eludiendo el rampante sol de agosto que bañaba la villa, velas, suelos cincelados a modo de cartografía, arcos óseos y barra futurista. No demasiado grande, suficiente tamaño para que la presencia de parroquianos no desvirtúe el halito cinematográfico y de pesadilla. Abandonamos la ensoñación, infantil cuando se requiere, y bebo un refresco light de la carta para contribuir al negocio, muy asequible en contra a los precios que solemos encontrar en estas tierras, donde predominan cafés y el té frío. No hay música, ni en mi cabeza ni fuera, algo de austeridad nunca es desaconsejable.
Osario, de cartón piedra, pero osario.
Suelos del Giger Bar
Una copita

Tras tomar las fotos que satisfacen mi vis narcisista y recordando los años deseando poder palpar con las manos el tenebroso trabajo de este magno jeta que es Giger, decido cruzar la acera y entrar al museo de uno de los grandes putero-cubateros góticos de la historia moderna.