El museo Giger ofrece la posibilidad de hacer una visita virtual que recomiendo a todo aficionado o curioso del artista suizo. Puedo asegurar que es realmente fiel al trayecto y los puntos de atención que brillarán para el visitante eventual del Chateau St. Germain.

No obstante en las próximas entradas seré su guía personal por las cuatro plantas a fin de comentarles algunos detalles de la obra de Giger que pueden desprenderse de la exposición permanente y que se encuentran en fuentes dispersas. Siempre, claro, tendrán que conformarse con mi distorsionada óptica.

La pequeña entrada del chateau no es grandilocuente ni tenebrosa, no hace demasiado alarde de su contenido y se limita a una puerta de cristal con los precios de visita – unos 9 EUR al cambio, precio reducido para niños. Si, se prevé que asistan niños – con el rótulo comercial del museo presidido por uno de los “Ángeles custodios” en óxido. A su derecha si podemos contemplar dos significativas obras del suizo, por un lado la figura del torso femenino que repetirá en diversas versiones, más tarde veremos su variación biomecánica, y uno de los niños que forman parte del concepto “Birthmachine”

Torso de mujer versión biomecánica

Birthmachine o la maquina de parir concreta una de las premoniciones de Giger, el descontrolado poder reproductivo del ser humano que desemboca en la superpoblación y desatrucción del planeta. Esta idea apocalíptica y misántropa , presente en toda su carrera, resurge con fuerza cuando Giger interpreta que los nuevos avances en genética pueden corroborar sus auspicios con la producción fabril de humanos. Así muestra una de sus últimas grandes expresiones en la escultura de aluminio de más de 200 Kg. y 2 metros de altura que da la bienvenida al museo.

Aunque presentada a finales de los 90 sus elementos aparecían en trabajos muy anteriores.

Ya en el umbral descubrimos la primera planta que hace las veces de taquilla y tienda. Domina una construcción basada en los ángeles custodios en negro que presumo pueden ser de fibra de vidrio. En su interior un veiteañero con acné y cara de acelga se hace entender entre el murmullo de black metal que burbujea bajo el mostrador. No se pueden hacer fotos más allá de la tienda. Toda una frustración.

La tienda es exigua, pobre en sorpresas y obscenamente cara. Sin duda la idea de merchandising, tan bien explotada por papá Giger, no está muy encendida en la dirección del museo. Posters comunes y sin gracia, libros de ilustraciones en algún caso en mal estado y a un precio superior al de librería, joyas en plata y reproducciones que oscilan entre los 1000 y 6000 EUR. Ni tazas, ni pins o cualquier objeto sencillo o ingenioso – un llavero baboso o un biomecánico de felpa- que siempre son recuerdos de humor, asequibles y que a cualquier mentecato hortera se le ocurriría distribuir. Quizás lo más sugerente sería hacerse con una botella de Absenta Giger, pero no se expone precio. Como tampoco lo luce la serie de guitarras que Ibanez ha preparado con el imaginario del suizo – ¿Ven como sabe hacer dinero?- que ni están en su efectista atril original ni se ven excesivamente cuidadas. Finalmente no puede faltar una reproducción del pie de micro que Jonathan Davis encargará hace unos años. Limpiarle el polvo de vez en cuando no creo que le reste valor.

Absenta Giger

Lo que sí me hubiera llevado es la espectacular foto que se oculta tímida en el rincón de la escalera. El retrato muestra a un H.R, o H. para los amigos, en una pose canallesca propia de un anuncio de Martini pasado de moda con voluntad de galán de entreguerras. De estricto blanco, mirada inyectada en licor y una rotundidad que pretende competir con el glamour decadente de un Brando artista. Lamentablemente no distribuían reproducciones de esta versión alternativa y cubatera de Casablanca, si no tengan por seguro que se hubieran llevado mis euros con facilidad.

El maestro gustándose, para variar.

El acceso a la exposición corre por un pequeño pasillo donde se confirma que el diseño de interiores no seguirá la línea del Giger Bar. El propio Giger afirma que fue a pesar de sus deseos, pero la estructura de cemento y fibra de vidrio que compone el osario del bar colindante no era soportada por un edificio de construcción tan endeble. El chateau fue adquirido en 1997 y en 1998 inauguraría la primera versión del museo, el bar – considerablemente más pequeño- tardaría casi cuatro años en completarse por el propio artista, que confiesa haber invertido más tiempo que en cualquier otro poryecto. Así pues los techos de madera se respetaron y se buscó un estilo avejentado para albergar las colecciones. El pasillo acaba en unas escaleras que nos llevan a ellas.