Dos conocidas historias de amor sobrenatural: Jennie (Portrait of Jennie, 1949) dirigida por William Dieterle, y Vertigo (Vertigo,1958) dirigida por Alfred Hitchcock. Aun siendo tan parecidas como el dia y la noche creo merece la pena ponerlas frente a frente, aunque sea solo por que por el simple hecho de estar protagonizadas por seres que no están vivos.

En la primera un pintor sin talento encuentra a su musa y se enamora de ella. El inconveniente es que esta su musa, Jennie, vive en una realidad y un tiempo distintos al suyo, con lo que llevar a la práctica la parte mas terrenal de esta casta relación amorosa se convierte en un imposible de anunciado final, que por supuesto derrocha tragedia y melodrama por los cuatro costados. Bueno, no todo es tragedia, porque cuando Jennie aparece de modo fantasmal e inesperado (y muy a pesar de la total falta de talento de Jennifer Jones; está claro que el productor es el que manda), la peli y la mirada del pobre Joseph Cotten se iluminan de modo gozoso.

 

 

Jennie entra y sale de su vida, crece a velocidad inusitada, se mete monja y termina por escapar mientras Cotten no puede hacer más que esperarla una y otra vez hasta el siguiente encuentro. Su único nexo con el universo de la inspiración serán las brevísimas apariciones de ese ser otro mundo, que parecen remover su talento llevándolo a su máximo exponente. Por supuesto al final ella muere (en realidad esta muerta durante toda la historia), y su recuerdo perdura en forma de un magistral retrato de mujer madura, que librara a autor de toda penuria mundana, pero que le hará vivir con el recuerdo del amor cercenado por el infortunio hasta el final de sus días.

 

En Vértigo la historia es bastante más sórdida, y toda la hipérbole fantasiosa a propósito del amor romántico y la inspiración del artista tan presente en Jennie se convierte en una inquietante digresión sobre la obsesión de un hombre por Madeleine, una mujer supuestamente muerta, que maneja a un Stewart con habilidad para acabar haciendo descarrilar su maltrecho equilibrio mental. Lo que en Jennie eran brillantes texturas que se asemejan de forma intencionada a un lienzo, como si de cuadros se tratara, se convierten aquí en atmósferas brumosas y en alteraciones de la percepción de la realidad que dan un toque malsano y enfermizo a toda la historia.


La obsesión de Stewart por las tendencias suicidas de Madeleine y sus turbadas maniobras de reconstrucción del cuerpo de una mujer en el de otra por cuya muerte se siente culpable acabarían por resultar obscenas de no ser por la finura de la mano del director, que los sitúa en un universo absolutamente irreal y que tiende a distorsionarse, haciendo que la historia se antoje un poco menos truculenta e inmoral de lo que cabria pensar en un principio. Al final todos terminan por perder la razón y Kim Novak muere por segunda vez desde lo alto del campanario. Una fiesta, vamos.

Toda la carga romántica y poética (si me permiten al cursilada) de la primera historia termina por situarla en el melodrama años 40 de Hollywood puro y duro, mientras que la segunda utiliza su perfección como una azada envenenada y preparada para cercenar los prejuicios del más incauto. Dos mujeres, dos espectros, dos guías hacia la luz o la oscuridad, según se diera el caso. Al final, mas allá de toda consideración que podamos hacer a propósito del amor de Cotten por una menor de edad, o del amor de Stewart por una mujer que no esta viva, todo viene a resumirse en dos maneras de presentar el tremendo poder de manipulación que pueden llegar a tener las mujeres sobre los hombres.

Asi que ya sabéis, si veis alguna señorita desfilando en comisión y con la mirada perdida por vuestro pasillo no le dejéis  hacerse copia de las llaves, no la vayáis a liar.