Sabes, Natalia Nikolaevna Zakharenzo, Natalie Wood, pequeña Natalia, que el mundo esta lleno de injusticias, y que ahogarse en un barco frente Isla Catalina a los 43 años es morir joven, pero que un avatar de esta clase no le quita ni un ápice de embrujo a los años de esplendor que pudiste disfrutar antes de alcanzar una edad difícilmente disimulable en la pantalla grande.

Esa recogida figura tuya, frágil y alejada de tentadoras exhuberancias destinadas a poner a prueba la reaccionaria y engañosa moralidad de manual de los 50’s, sigue haciendo del visionado de algunas de tus películas un autentico placer. Un placer de naturaleza esencialmente pura y desprovista de impulsos de aquellos por lo que seguramente nos viéramos obligados a pedir perdón en un momento u otro.

Bueno, que tu también tenias impulsos, claro, y que ver como ese poderoso deseo carnal era reprimido con dureza por la salvaje moral propia de terratenientes y señores del petróleo Texano de principios de siglo, ese que propiciaba el alivio físico para con sus vástagos con “otro tipo de chicas, tu ya me entiendes”, y que hizo que tu primer revolcón con nada menos que Warren Beaty se viera pospuesto hasta el infinito todavía nos conmueve.

Quizás sea más merito de Elia Kazan que tuyo. Y hablamos de un Kazan menor, todo sea dicho, mas ocupado en organizar su agenda con tino para conseguir hacer una película, engañar a su mujer y llegar a tiempo a casa para cenar sin que nadie se molestase. O mérito de un primerizo Warren Beaty, que en su vida real era capaz de copular con una percha si esta llevaba vestido con escote, y que te llevó hasta la locura en la ficción haciendo que perdieras tu tren y que el Esplendor en la Hierba quedara como un vestigio de una vida anterior, una que fue plena y que ya no lo será más. Aun así tú estabas hermosa, adolescente y llena de conflictos. Carne de taquilla de instituto 100%.

Esplendor en la Hierba (1953)

Y de la engañosa chica mala de Rebelde sin Causa, esa que agitaba un pañuelo marcando la salida en una carrera suicida en la que un chico perdía la vida, ¿qué me dices de esa?. Ahí también tenías problemas de esos de gente joven, porque tus padres eran dos muros de ladrillos con los que no era posible comunicarse, y salías a vagar por las noches, a fumar y a alternar con pandilleros poco recomendables. Y te topabas en comisaría con un Dean reconcentrado y te enamorabas de él, porque además de inadaptado, era sensible y tenia pelotas, y esas cosas os gustaban mucho en los años 50.

La verdad es que no se por que Nicholas Ray decidió rizarte el pelo. Para mi es un error incomprensible, puesto que tu rostro fue diseñado para ser adornado por cabellos lacios, pero bueno, pudiste besar a James Dean, y supongo que eso compensa cualquier permanente desafortunada.

Rebelde sin Causa (1955)

Y Maria, enamorada del amor y de la dentadura de Richard Beymer en West Side Story también tenía su aquel. Una pena que ni bailaras ni cantaras, aunque es bien cierto que los estruendosos números musicales iban poco con tu delicado talle, y que en ellos tu eterna languidez no hubiera encajado jamás. A pesar de todo te reservaron unas cuantas piezas memorables, entre ellas Somewhere y Tonight, y en las que a fecha de hoy, y a pesar de tener que escuchar tu voz doblada resulta imposible separar de tu personaje.

West Side Story (1961)

En esta ocasión la tragedia se cebaba de nuevo contigo, y tú sufrías el infortunio de ser joven y estar en el lugar incorrecto en el momento inadecuado. Menudo sino el tuyo, chata. En Centauros del Desierto de poco se te cepilla John Wayne a tiros por haber sido raptada por los indios, y en Amores con un Extraño de nuevo te ves inmersa en otro drama juvenil al quedarte embarazada de Steve McQueen antes de tiempo. Si es que hasta en El fantasma y la Señora Muir tu madre se enamoraba de un espectro.

Lo tuyo era una desdicha perpetua, aunque uno sigue rezando para que los tenderos sigan guardando tus películas en las estanterías de sus videoclubs, porque brillaste con una fuerza extraordinaria durante una buena temporada, y el hecho de que te fueras a los 43 años no deja de ser una de esas irrelevantes tragedias que jalonan nuestro día a día, pero que en realidad tampoco nos quitan el sueño mientras se pueda volver a ver West Side Story una y otra vez.