Nuestros protagonistas de hoy son personajes que rondan lo entrañable y lo lúgubre. Individuos que están al margen de la estética brillante del mundo de la música, en las antípodas de los dominios mediáticos: auténticamente sucios, polvorientos y desaliñados.

No siguen un papel donde lo decadente es una ilusoria copia de lo real a fin de crear un producto pintoresco y atractivo. Son personas evidentes, que representan un tópico que el cine y la literatura desprenden de la carne y son prueba de que realmente existe ese talento bruto sin cortapisas que aquellos nos ofrecen con desodorante.

El reverendo Peyton es un joven anciano. Aunque su estampa pretenda desmentirlo, este hijo de un trabajador del cemento sólo tiene 26 años. Nacido en un diminuto y rural pueblo de Indiana pasaba sus tiempos de instituto obsesionado con la técnica del fingerpicking. Este complicado estilo consiste en la multifuncionalidad de los dedos de la mano derecha para obtener un toque orquestal de guitarra, requiere grandes dotes de habilidad y prudencia en su aprendizaje, pero Josh Peyton llevó la práctica hasta el limite acabando lesionado e impedido para la guitarra.

Años después se obró el milagro, un caso perdido se convirtió en una oportunidad para un avispado médico, y tras una intervención quirúrgica el joven Josh no sólo recuperó la movilidad de la mano derecha, sino que las secuelas la hicieron más suelta y flexible. Así Dios le permitió dominar la técnica que sin duda le deparaba a partir de un sacrificio, y el reverendo emprendió una vida en favor del Creador y la comunidad.

Su esposa Breezy le animó con su tabla de lavar y Josh llamó a su hermano Jayme para recorrer Indiana evocando el blues del Delta y testimoniando la suprema vis del Todopoderoso. Su periplo llamó la atención de algún astuto promotor, y sabiendo lo atractivo de la extravagancia incluso ha llevado al trío a los confines de la vieja Europa.

A día de hoy el Reverendo Peyton y su Big Damn Band siguen luchando por dar a conocer su música vieja y con aroma a madera mojada, con un disco grabado “al aire” sin apenas intervención y un directo descomunal donde vemos que realmente a Peyton alguien le ha tocado divina o enedemoniandamente. Ahora ya sabe como explotar su sordidez. Ha nacido una estrella.

Nuestro segundo invitado era vagabundo. Pese a dedicarse a la música desde 1970 y haber seguido la historia del rock en sus diferentes etapas y lugares, el viejo Steve no sentó la cabeza hasta que en 2004 un grupo escandinavo lo recuperó para que tocara con ellos recopilando experiencias de un sin techo. En 2006 Mojo lo eligió mejor artista revelación del año, a sus sesenta pasados una rara avis en la sociedad de la juventud y la metrosexualidad.

Seasick Steve es otro personaje extraño y turbio repleto de talento que ha salido a la luz por capricho de algunos. No me cabe la menor duda que perdedores irredentos, borrachos sin hogar a orillas del Mississipi y demás músicos fuera de serie alejados del sistema debe haber a cientos. Algunos, como el Reverendo Josh Peyton o el estrambótico Seasick Steve caen en gracia, son arrancados de su entorno y aupados para dar una nota de color a un panorama ávido de nuevas sensaciones, y afortunadamente en el mundo del pop pocas censuras morales hay para ello. Se prueba, se provoca, y si renta adelante con ello. Ellos, por su parte, rapidamente cambian la soledad y la marginación por el reconocimiento y se tornan algo más locos.

Seasick de momento ha tenido fortuna. El que fuera reconocido como debilidad por gente como Robert Plant o Nick Cave sirvió de espaldarazo. A partir de ahí hay que demostrar y el vagabundo no se ha convertido en My Fair Lady. Con desparpajo nutre sus discos con apartes donde narra, entre canción y canción, sus experiencias como sin techo o simplemente se dedica a desbarrar y chochear.

Ahora bien, por su directo le han apodado “One Man Band”, cosa que hace justicia al viejo bluesman, a lo que suma una gama de pertrechos personalizados. No sabemos si sus guitarras de una o tres cuerdas son definitivas o una anécdota más para su figura, pero el mundo que consigue el peculiar Seasick resulta fascinante. Esta muestra, con un riff que recuerda a Personal Jesus de Depeche Mode, sirva como sentencia:

Finalmente una pequeña mención a otro elemento particularmente dotado, superior en inteligencia y movimiento de mercado pese a no gozar de la fuerza de Peyton o la potencia visual de Seasick. Willliam Elliot Whitmore es el más sofisticado de este peculiar trío de ases. Pese a tener orígenes pobres y rurales como los anteriores, Will practicaba skate. En la granja de sus tíos la electricidad era escasa y racionada por un viejo generador, pero Will podía acceder en un pequeño pueblo de Iowa a algunos clásicos del punk. Leñador, granjero de caballos y gran amante de la naturaleza, ha sido testigo de la realidad de la américa profunda, del característico e intenso sentimiento moral y religioso de su tierra que combina piedad y opresión. Asesinatos, violencia, miseria y olvido han ido alimentando sus argumentos musicales encauzados por una voz sugerente y embarrada . Su capacidad de estremecer con un timbre apagado y de gran cadencia no pasó desapercibida y Will se está situando rápidamente por la trastienda más moderna de la música popular.

Posiblemente es hora de descubrir un nuevo Will Oldham, un artista violento-elegante de aires antiguos, con una agresividad tan sutil que no provoque la huida de los intelectuales de salón. Sea bienvenido el devenir de Whitmore y su escalada lenta pero segura aparte de estas consideraciones contaminadamente estéticas.