“Eh!!, que yo no soy ningún alcohólico!!! Que si quiero también puedo beber en mi casa.” Esta delicadeza le espetaba un borracho a otro en una película que destacaba únicamente por esta gran frase. La botella y la adicción que genera, las fiestas, la descomposición de las formas, la euforia o la vergüenza son solo algunas de las incontables manifestaciones de las bebidas espiritosas en el ser humano, y el cine, como no, ha resultado un espejo idóneo para casi todas ellas. De ahí que boutades llenas de intención como la que abre este párrafo estén ya perfectamente integradas en la rutina cinematográfica.

Partiendo, pues, de tan sencilla premisa se pretende desde aquí rescatar unos cuantos títulos, sin mayor objeto que el de tenerlos todos juntos y ordenados de forma totalmente arbitraria. Por eso empezaremos trazando una primera vertiente más seria, o más “oficial” si quieren, que se irá transformando con el paso de los años y la llegada de nuevos géneros y autores, y que nos permitirá transitar posteriormente lugares menos comunes, pero no por ello exentos de interés.

Días sin Huella

Probablemente ya hubo quien hablara de todo esto con anterioridad, pero a buen seguro que la tópica historia de descenso al infierno de un alma humana empeñada en tocar fondo, no estaba tan manoseada cuando Billy Wilder encarnó en 1945 a Ray Milland en un ser débil y mediocre en Dias sin Huella . Ahí quedó plasmada la paulatina pérdida de amor propio del protagonista, aparte de una de las primeras representaciones en pantalla grande del temible Delirium Tremens, con animales de pesadilla asediando al protagonista en la cama de un hospital del que acabará huyendo a escondidas, como una rata. Esta circunstancia, entre múltiples apuestas más por la destrucción de la dignidad y la honorabilidad del personaje, jalona una historia netamente urbana y dolorosamente trágica.

Una delicia sólida como un puñetazo, vaya, y que dará protagonismo por fin a la figura del alcohólico y a su problema de manera relativamente realista, profundizando en sus conflictos y en sus miserias, e invitando al espectador a ponerse los zapatos de un perdedor antipático y mediocre que se sostiene, tambaleante, gracias a la generosidad de quienes le aman de manera incondicional.

Ray Milland

Otro referente claro es la agridulce Dias de Vino y Rosas (1962), en un poco común registro para lo que conocemos como cine de Blake Edwards. El hecho de que la hiperexpresividad y entusiasmo de Jack Lemmon estén presentes en el comienzo del filme no evita que la inicialmente alegre relación del trío (“la botella, tú y yo”) degenere inevitablemente hasta el punto de abandonar Lemmon la nave, dejando que Lee Remick se estrelle sola si lo desea en su propia espiral alcohólica.

Después de una tropelía de humillaciones mayores y menores terminara él por despedirla a la luz de los neones de un bar, en un final tibio aunque con algo de esperanza. Y resulta muy de agradecer que se nos eviten moralinas paternalistas, y se nos permita seguir con el rigor y la amargura correspondientes esta historia de urbanitas con severas dificultades para mantener un rumbo firme en sus vidas, y sin recordarnos a cada minuto lo malo que es beber demasiado.

Días de Vino y Rosas

Estos dos filmes podrían ser los referentes más “académicos” de la cuestión que nos ocupa, porque inciden de manera directa en el drama del alcoholismo y sus consecuencias. El sufrimiento, la culpa y la falta de voluntad enmarcan las dos historias de manera ejemplar, y definen una línea que ha tenido representaciones posteriores generalmente fallidas, como por ejemplo la facilona “Cuando un Hombre ama a una mujer” o la pretenciosa e irritante “Leaving Las Vegas”, filmes ambos dos que poco o nada aportan a estas alturas, y que se hallan desde luego a años luz de las notables obras de Wilder y Edwards.

Sí que ha habido acercamientos mas recientes en el tiempo, en los que la figura del borracho queda, por el contrario, mucho mejor definida. Independientemente de la habilidad de sus autores a la hora de narrar las historias, filmes como “Barfly (El Borracho)” (1987) de Barbet Schroeder (de cuando Mickey Rourke aun era un actor), o la más reciente “Factotum” (2005), con un sobresaliente Matt Dillon en el mismo papel, repasan la anarquía vital del mugriento Charles Bukowski/Henry Chinaski, centrándose la primera de ellas en la parte más esperpéntica, provocadora y marrullera del personaje, mientras que la segunda enfatiza mas la vis terapéutica y liberadora de la escritura, rociada, claro está, en una espiral de borracheras abrumadora.

Mickey Rourke es Chinaski en Barfly

Si bien la fuerza las películas reside básicamente en las estupendas interpretaciones, es bien cierto también que en ambos casos toda la trayectoria del personaje viene condicionada por el tremendo asco que le produce el universo en estado de sobriedad, lo que le lleva a hacer de la abulia y la visión borrosa su mejor estrategia. El protagonista solo saldrá de su ostracismo para dejar su trabajo y beber hasta caerse, y esto difiere ligeramente de la ortodoxa propuesta inicial de Billy Wilder, convirtiendo a Chinaski-Bukowski no en un enfermo con remordimientos, sino en un escéptico con tendencias autodestructivas que solo quiere perder el mundo de vista el máximo numero de horas posible cada día.

Matt Dillon también es Chinaski, pero en Factotum

Y como no es un enfermo sino un borracho, pues no hay drama, y todo arreglado. Al fin y al cabo a Bukowski también le gustaba airear todas su miserias vaya usted a saber con qué propósito, con lo que tampoco vamos a sufrir demasiado por su personaje.

Lo que si que se descubre en todos los casos mencionados es el rostro mas áspero de la vida en la ciudad, que devora a sus habitantes y los escupe después convertidos en una suerte de despojo resacoso. La gran diferencia que debemos recalcar entre ellos es que mientras unos (Lemmon y Milland) se ven arrastrados sin remedio por su enfermedad, otros (Rourke y Dillon) ejercitan su “desviación” con sórdida despreocupación y absoluta falta de perpectiva vital.

Por fortuna las visiones del tratamiento del problema son múltiples, y más allá de estos ejemplos existen propuestas menos siniestras, o menos realistas si me apuran, que invitan a considerar el papel de las bebidas de octanaje en el universo del cine de forma distinta, y de las que hablaremos en próximas entregas.