Continuamos con nuestro repaso por el mundo de los tragos de cine, deteniendonos en en esta ocasión en elgunos de los numerosos iconos forjados a base de encerados amígdalas con destilados, y en que por ejemplo, el viejo Oeste, virgen y agreste, ha sido un lugar idóneo para que muchos protagonistas dieran rienda suelta a sus conflictos y frustraciones, vaciando botellas de turbio contenido sin contemplación alguna.

De qué otra manera si no llegaría John Wayne a quemar su propia casa en un arranque de furia incontrolada, cuando James Stewart, un hombre debilucho y que pasa el día entre libros de leyes, le arrebata la chica de la que se ha enamorado en El Hombre que mató a Liberty Valance.

                                              John Wayne, para poca tonteria

El villano del filme, un ser malvado y amoral, arrastra un garrafón de vaya usted a saber qué brebaje mientras azota con su látigo todo lo que encuentra a su paso, y hasta el mismo redactor del periódico local, Dutton Peabody, clama al cielo por una cerveza argumentando que en verdad eso no es una bebida alcohólica. El choque entre la civilización y el orden, encarnados por el abstemio Stewart, contra la faceta mas salvaje e individualista del ser humano representada por los poco diplomáticos y dueños de sus propios codigos de honor Wayne y Marvin resulta un conflicto de verdadero interes.

                                                     Liberty Valance

También Ben Johnson, Ernest Borgine o William Holden nadan en alcohol en gran parte del metraje de Grupo Salvaje. Antológica es la escena en la que revientan a tiros unas grandes cubas de vino y se duchan en una lluvia violeta rodeados de prostitutas mexicanas. En esta película se bebe y se bebe. Los protagonistas se beben la vida, y curiosamente ríen sin parar si no están atracando un tren o matando a gente. Parece que unos tragos de la botella es casi lo único que pueden compartir en un mundo en el que ya no encajan.

                                            Grupo Salvaje, a por todas

Muy de Peckinpah lo de la poesía crepuscular, ya se sabe. Igual que cuando James Coburn y Kris Kristoferson se retan en un polvoriento cara a cara, desafiando al pasado con una botella y un par de vasos mediante en Pat Garret & Billy the Kid.

Muchos de los westerns clásicos están trufados de borrachos carismáticos y electrizantes, como Dean Martin o Robert Mitchum, que dieron vida al mismo personaje en Rio Bravo y El Dorado respectivamente, y que representan de forma elegante la imagen del hombre y su cruz. Su pasado alcohólico les convierte en objeto de mofa y humillación por parte de sus antagonistas que, claro esta, también le dan a la botella sin ningún tipo de miramiento. Al fin y al cabo, no saber beber dice bien poco de un quien se quiera llamar a sí mismo un hombre, y bueno, en definitiva ambos dos terminaran luchando con su problema de la forma mas digna posible y tratando de que las cosas sean como deben ser.

                                              Dean Martin dice: Hoy no!

Incluso el mismo Clint Eastwood de Sin Perdon, padre de familia y abnegado cuidador de cerdos, decide invocar al otrora asesino despiadado que fue en su juventud cuando alguien hace algo que le molesta mucho. Y lo hace lanzándose a por la botella, desatando un apocalipsis que se había venido posponiendo durante la primera hora y media de metraje.

Ejemplos los hay de sobras, y más en un género como este, tan proclive a la estampa legendaria, a la épica del desierto, de la violencia y de los hombres hechos a sí mismos, y que se ve perfectamente engrasada por el consumo de alcohol, convertido en un personaje mas de la función. Beber Whisky es tan importante como llevar pistola o sombrero, un elemento perfectamente asimilado a un universo tan plástico como salvaje. Así se definieron estos parametros tan masculinos, y así los hemos disfrutado nosotros años después.

Existen, en cualquier caso circunstancias mucho más difusas, y que se alejan de los arquetipos icónicos para acabar naufragando en aguas verdaderamente pantanosas. El ser humano también puede caminar entre brumas, y la cámara lo aprovecha y lo digiere como parte del show. Podría uno pensar sin ir mas lejos en un Martin Sheen, borracho como una cuba en Apocalypse now, sacado a rastras de un camastro con las manos ensangrentadas en una escena en la que no hay labor interpretativa alguna. En verdad Sheen estaba completamente fuera de si, y a Coppola le vino de fábula para darle una vueltecita de tuerca más a la historia.

 

                                                                    Brumas 

 

Liz Taylor y Richard Burton, copazo en mano, hacen un autentico simposio sobre el reproche y el rencor en Quien teme a Virginia Woolf, calcadito, por cierto, al que practicaban en su tormentosa intimidad. Y bueno, Bogart se confundía a partir de medio día con su propio personaje, justo cuando abandonaba la sobriedad y empezaba a comportarse como se esperaba de él. Y como él muchos otros, que necesitaban combustible para echar a andar y poder sostener un personaje dentro y fuera de la pantalla, delante o detrás de las cámaras.

 

                                                                       Grita!

Sam Peckinpah fue un gran impresentable, borracho y violento, como su cine. John Houston fue un vividor aventurero. Una Ava Gardner de conocidas tendencias canallas se acostaba con toreros después de cerrar todos los bares de la noche madrileña. Peter O’toole cosechó una fama de bebedor equiparable a la de su talento como actor. El mismo Errol Flynn, que como todo el mundo sabe, tocaba el piano con un cigarro en una mano y una copa en la otra, acabó sus días destrozado por la bebida, así que tampoco hace falta extenderse más. Es evidente que a menudo los artistas del celuloide caminan por el filo, de igual forma que nosotros podamos hacerlo en nuestro anonimato.

                                                           Viridiana. A cenar

Y si, es cierto que también se ha explotado con intensidad la imagen de la vergüenza y la falta de decoro con miradas, como mínimo, poco ortodoxas: la dulce Shirley McLaine, por ejemplo, es abofeteada sin compasión para ser rescatada del coma tras un intento de suicidio por ingesta de pastillas y alcohol en El Apartamento, en una escena sorprendentemente seca y poco complaciente con respecto al tono en que se venia desarrollando la historia. Y desde películas como Trainspotting o Drugstore Cowboy, en donde los yonkis beben para no drogarse (o porque ya están drogados), hasta Viridiana, en donde una cuadrilla de mendigos desagradecidos da cuenta del mejor vino de la casa que caritativamente les acoge para acabar blasfemando, robando y matándose entre ellos, ahí tenemos al alcohol, como infalible catalizador de la miseria humana, desatando toda la furia contenida de los protagonistas y dejando sus almas a merced de los impulsos más primarios.