“Eh!!, que yo no soy ningún alcohólico!!! Que si quiero también puedo beber en mi casa.” Esta delicadeza le espetaba un borracho a otro en una película que destacaba únicamente por esta gran frase. La botella y la adicción que genera, las fiestas, la descomposición de las formas, la euforia o la vergüenza son solo algunas de las incontables manifestaciones de las bebidas espiritosas en el ser humano, y el cine, como no, ha resultado un espejo idóneo para casi todas ellas. De ahí que boutades llenas de intención como la que abre este párrafo estén ya perfectamente integradas en la rutina cinematográfica.

Partiendo, pues, de tan sencilla premisa se pretende desde aquí rescatar unos cuantos títulos, sin mayor objeto que el de tenerlos todos juntos y ordenados de forma totalmente arbitraria. Por eso empezaremos trazando una primera vertiente más seria, o más “oficial” si quieren, que se irá transformando con el paso de los años y la llegada de nuevos géneros y autores, y que nos permitirá transitar posteriormente lugares menos comunes, pero no por ello exentos de interés.

Días sin Huella

Probablemente ya hubo quien hablara de todo esto con anterioridad, pero a buen seguro que la tópica historia de descenso al infierno de un alma humana empeñada en tocar fondo, no estaba tan manoseada cuando Billy Wilder encarnó en 1945 a Ray Milland en un ser débil y mediocre en Dias sin Huella . Ahí quedó plasmada la paulatina pérdida de amor propio del protagonista, aparte de una de las primeras representaciones en pantalla grande del temible Delirium Tremens, con animales de pesadilla asediando al protagonista en la cama de un hospital del que acabará huyendo a escondidas, como una rata. Esta circunstancia, entre múltiples apuestas más por la destrucción de la dignidad y la honorabilidad del personaje, jalona una historia netamente urbana y dolorosamente trágica.

Una delicia sólida como un puñetazo, vaya, y que dará protagonismo por fin a la figura del alcohólico y a su problema de manera relativamente realista, profundizando en sus conflictos y en sus miserias, e invitando al espectador a ponerse los zapatos de un perdedor antipático y mediocre que se sostiene, tambaleante, gracias a la generosidad de quienes le aman de manera incondicional.

Ray Milland

Otro referente claro es la agridulce Dias de Vino y Rosas (1962), en un poco común registro para lo que conocemos como cine de Blake Edwards. El hecho de que la hiperexpresividad y entusiasmo de Jack Lemmon estén presentes en el comienzo del filme no evita que la inicialmente alegre relación del trío (“la botella, tú y yo”) degenere inevitablemente hasta el punto de abandonar Lemmon la nave, dejando que Lee Remick se estrelle sola si lo desea en su propia espiral alcohólica.

Después de una tropelía de humillaciones mayores y menores terminara él por despedirla a la luz de los neones de un bar, en un final tibio aunque con algo de esperanza. Y resulta muy de agradecer que se nos eviten moralinas paternalistas, y se nos permita seguir con el rigor y la amargura correspondientes esta historia de urbanitas con severas dificultades para mantener un rumbo firme en sus vidas, y sin recordarnos a cada minuto lo malo que es beber demasiado.

Días de Vino y Rosas

Estos dos filmes podrían ser los referentes más “académicos” de la cuestión que nos ocupa, porque inciden de manera directa en el drama del alcoholismo y sus consecuencias. El sufrimiento, la culpa y la falta de voluntad enmarcan las dos historias de manera ejemplar, y definen una línea que ha tenido representaciones posteriores generalmente fallidas, como por ejemplo la facilona “Cuando un Hombre ama a una mujer” o la pretenciosa e irritante “Leaving Las Vegas”, filmes ambos dos que poco o nada aportan a estas alturas, y que se hallan desde luego a años luz de las notables obras de Wilder y Edwards.

Sí que ha habido acercamientos mas recientes en el tiempo, en los que la figura del borracho queda, por el contrario, mucho mejor definida. Independientemente de la habilidad de sus autores a la hora de narrar las historias, filmes como “Barfly (El Borracho)” (1987) de Barbet Schroeder (de cuando Mickey Rourke aun era un actor), o la más reciente “Factotum” (2005), con un sobresaliente Matt Dillon en el mismo papel, repasan la anarquía vital del mugriento Charles Bukowski/Henry Chinaski, centrándose la primera de ellas en la parte más esperpéntica, provocadora y marrullera del personaje, mientras que la segunda enfatiza mas la vis terapéutica y liberadora de la escritura, rociada, claro está, en una espiral de borracheras abrumadora.

Mickey Rourke es Chinaski en Barfly

Si bien la fuerza las películas reside básicamente en las estupendas interpretaciones, es bien cierto también que en ambos casos toda la trayectoria del personaje viene condicionada por el tremendo asco que le produce el universo en estado de sobriedad, lo que le lleva a hacer de la abulia y la visión borrosa su mejor estrategia. El protagonista solo saldrá de su ostracismo para dejar su trabajo y beber hasta caerse, y esto difiere ligeramente de la ortodoxa propuesta inicial de Billy Wilder, convirtiendo a Chinaski-Bukowski no en un enfermo con remordimientos, sino en un escéptico con tendencias autodestructivas que solo quiere perder el mundo de vista el máximo numero de horas posible cada día.

Matt Dillon también es Chinaski, pero en Factotum

Y como no es un enfermo sino un borracho, pues no hay drama, y todo arreglado. Al fin y al cabo a Bukowski también le gustaba airear todas su miserias vaya usted a saber con qué propósito, con lo que tampoco vamos a sufrir demasiado por su personaje.

Lo que si que se descubre en todos los casos mencionados es el rostro mas áspero de la vida en la ciudad, que devora a sus habitantes y los escupe después convertidos en una suerte de despojo resacoso. La gran diferencia que debemos recalcar entre ellos es que mientras unos (Lemmon y Milland) se ven arrastrados sin remedio por su enfermedad, otros (Rourke y Dillon) ejercitan su “desviación” con sórdida despreocupación y absoluta falta de perpectiva vital.

Por fortuna las visiones del tratamiento del problema son múltiples, y más allá de estos ejemplos existen propuestas menos siniestras, o menos realistas si me apuran, que invitan a considerar el papel de las bebidas de octanaje en el universo del cine de forma distinta, y de las que hablaremos en próximas entregas.

 

Nuestros protagonistas de hoy son personajes que rondan lo entrañable y lo lúgubre. Individuos que están al margen de la estética brillante del mundo de la música, en las antípodas de los dominios mediáticos: auténticamente sucios, polvorientos y desaliñados.

No siguen un papel donde lo decadente es una ilusoria copia de lo real a fin de crear un producto pintoresco y atractivo. Son personas evidentes, que representan un tópico que el cine y la literatura desprenden de la carne y son prueba de que realmente existe ese talento bruto sin cortapisas que aquellos nos ofrecen con desodorante.

El reverendo Peyton es un joven anciano. Aunque su estampa pretenda desmentirlo, este hijo de un trabajador del cemento sólo tiene 26 años. Nacido en un diminuto y rural pueblo de Indiana pasaba sus tiempos de instituto obsesionado con la técnica del fingerpicking. Este complicado estilo consiste en la multifuncionalidad de los dedos de la mano derecha para obtener un toque orquestal de guitarra, requiere grandes dotes de habilidad y prudencia en su aprendizaje, pero Josh Peyton llevó la práctica hasta el limite acabando lesionado e impedido para la guitarra.

Años después se obró el milagro, un caso perdido se convirtió en una oportunidad para un avispado médico, y tras una intervención quirúrgica el joven Josh no sólo recuperó la movilidad de la mano derecha, sino que las secuelas la hicieron más suelta y flexible. Así Dios le permitió dominar la técnica que sin duda le deparaba a partir de un sacrificio, y el reverendo emprendió una vida en favor del Creador y la comunidad.

Su esposa Breezy le animó con su tabla de lavar y Josh llamó a su hermano Jayme para recorrer Indiana evocando el blues del Delta y testimoniando la suprema vis del Todopoderoso. Su periplo llamó la atención de algún astuto promotor, y sabiendo lo atractivo de la extravagancia incluso ha llevado al trío a los confines de la vieja Europa.

A día de hoy el Reverendo Peyton y su Big Damn Band siguen luchando por dar a conocer su música vieja y con aroma a madera mojada, con un disco grabado “al aire” sin apenas intervención y un directo descomunal donde vemos que realmente a Peyton alguien le ha tocado divina o enedemoniandamente. Ahora ya sabe como explotar su sordidez. Ha nacido una estrella.

Nuestro segundo invitado era vagabundo. Pese a dedicarse a la música desde 1970 y haber seguido la historia del rock en sus diferentes etapas y lugares, el viejo Steve no sentó la cabeza hasta que en 2004 un grupo escandinavo lo recuperó para que tocara con ellos recopilando experiencias de un sin techo. En 2006 Mojo lo eligió mejor artista revelación del año, a sus sesenta pasados una rara avis en la sociedad de la juventud y la metrosexualidad.

Seasick Steve es otro personaje extraño y turbio repleto de talento que ha salido a la luz por capricho de algunos. No me cabe la menor duda que perdedores irredentos, borrachos sin hogar a orillas del Mississipi y demás músicos fuera de serie alejados del sistema debe haber a cientos. Algunos, como el Reverendo Josh Peyton o el estrambótico Seasick Steve caen en gracia, son arrancados de su entorno y aupados para dar una nota de color a un panorama ávido de nuevas sensaciones, y afortunadamente en el mundo del pop pocas censuras morales hay para ello. Se prueba, se provoca, y si renta adelante con ello. Ellos, por su parte, rapidamente cambian la soledad y la marginación por el reconocimiento y se tornan algo más locos.

Seasick de momento ha tenido fortuna. El que fuera reconocido como debilidad por gente como Robert Plant o Nick Cave sirvió de espaldarazo. A partir de ahí hay que demostrar y el vagabundo no se ha convertido en My Fair Lady. Con desparpajo nutre sus discos con apartes donde narra, entre canción y canción, sus experiencias como sin techo o simplemente se dedica a desbarrar y chochear.

Ahora bien, por su directo le han apodado “One Man Band”, cosa que hace justicia al viejo bluesman, a lo que suma una gama de pertrechos personalizados. No sabemos si sus guitarras de una o tres cuerdas son definitivas o una anécdota más para su figura, pero el mundo que consigue el peculiar Seasick resulta fascinante. Esta muestra, con un riff que recuerda a Personal Jesus de Depeche Mode, sirva como sentencia:

Finalmente una pequeña mención a otro elemento particularmente dotado, superior en inteligencia y movimiento de mercado pese a no gozar de la fuerza de Peyton o la potencia visual de Seasick. Willliam Elliot Whitmore es el más sofisticado de este peculiar trío de ases. Pese a tener orígenes pobres y rurales como los anteriores, Will practicaba skate. En la granja de sus tíos la electricidad era escasa y racionada por un viejo generador, pero Will podía acceder en un pequeño pueblo de Iowa a algunos clásicos del punk. Leñador, granjero de caballos y gran amante de la naturaleza, ha sido testigo de la realidad de la américa profunda, del característico e intenso sentimiento moral y religioso de su tierra que combina piedad y opresión. Asesinatos, violencia, miseria y olvido han ido alimentando sus argumentos musicales encauzados por una voz sugerente y embarrada . Su capacidad de estremecer con un timbre apagado y de gran cadencia no pasó desapercibida y Will se está situando rápidamente por la trastienda más moderna de la música popular.

Posiblemente es hora de descubrir un nuevo Will Oldham, un artista violento-elegante de aires antiguos, con una agresividad tan sutil que no provoque la huida de los intelectuales de salón. Sea bienvenido el devenir de Whitmore y su escalada lenta pero segura aparte de estas consideraciones contaminadamente estéticas.

Un final fatal, desolador y tremendamente injusto. No es algo así lo que uno espera cuando se acerca a una banda como Betty Blowtorch. Ya se ha hablado largo y tendido sobre ellas en múltiples ocasiones, pero para quien aun no sepa de qué va la historia pues se trataba de cuatro mujeres (y digo mujeres) que formaban un grupo de Rock. Cuatro mujeres que no eran especialmente bellas, ni educadas, ni con grandes cualidades artísticas, pero que parecían haber encontrado una fórmula que funcionaba, y que en un momento determinado tuvieron un golpe de mala suerte.

Con su Are You Man Enough?, un espectacular álbum aun calentito y en medio de una gira en la que empezaban a darse conocer, Bianca Halstead (artisticamente Bianca Butthole), la pieza más visible del proyecto falleció en un accidente de coche un 14 de Diciembre de 2001, y toda la aventura se detuvo en seco.

Con el paso de los años muchos fans han (hemos) ido descubriendo el álbum en cuestión con sorpresa y gozosa excitación, porque aparte de tener una colección de canciones poderosas, su desenfado, explicitud y sentido del humor se complementaban con naturalidad con una imagen de mujeres fuertes, sexys y con suficientes arrestos como para que nadie osara siquiera toserles.

Somos unos cuantos los que por una serie de razones que no vienen al caso, hemos idealizado la ciudad de Los Angeles y la costa oeste norteamericana, con los descapotables, con las mujeres siempre rubias y de tetas grandes, con las gigantescas autopistas y con los paseos por Hollywood Bvd. Estos flashes de americanismo y mitomanía irredenta vienen directamente emparentados con una escena musical concreta y de preceptos ideológicos tan definidos como cuestionables. El hard-punk-rock californiano de cueros, pelos crepados tatuajes y gafas de espejo (el hoy anacrónico sleazy, con esos primeros GNR…) hizo estragos en la educación musical de algunos de nosotros, que aun nos resistimos ferozmente a cerrar este capitulo agarrándonos a todo lo que nos lo recuerde, aunque sea de la manera mas remota.

Betty Blowtorch encajaban a la perfección en la escena descrita, más de una década después de que esta se hubiera desintegrado y reencarnando en versión femenina todos los clichés que el género demandaba. Toda una suerte de tópicos relacionados con la pertenencia a una banda de Rock, y que todo el mundo puede imaginar fácilmente: sexo sin control, drogas sin control, vestuario sin control, diversión sin control, carretera y rockanrol, pero en este caso, y para variar, desde un prisma femenino. Y en realidad tampoco es que se comportaran como salvajes y cada noche terminaran lanzando televisores por las ventanas, porque la cosa en el fondo tenia un aura mucho mas inocente de lo que podría imaginarse, pero si que es cierto que donde las bandas que las inspiraron años atrás vieron grandes tetas y calenturientos affaires de ascensor, ellas veían grandes pollas y calenturientos affaires de ascensor; donde ellos hablaron de su pelo, de cepillarse grupies y emborracharse, ellas hablaban de la incomodidad de llevar vestidos y de querer desmontar a polvos al genero masculino en general . Delicadezas las justas y fans varones siempre bienvenidos. Todo esto las convertía en una banda intensa, vital y desengrasante, y por lo tanto necesaria del todo.

Sus furiosas interpretaciones, su absoluta falta de sutileza a la hora de expresar cualquier tipo de deseo (“¿Qué cómo nos gustan los tíos? Pues con la polla grande!!”), su peligrosísima pirotecnia de todo a cien y una imagen agresiva y nada casual probablemente tampoco les hubiera permitido llegar muy lejos, pero lo que es indudable es que su historia terminó de modo abrupto, contribuyendo la muerte de Bianca a glosar tristemente los ya nutridos obituarios del underground del Rock n’ Roll.

Ahora bien, lo que verdaderamente supone una fractura con la imagen que al menos yo pudiera tener a priori estas chicas es el documental Betty Blowtorch And Her Amazing True Life Adventures, que disecciona el día a día de la brevísima biografía de la banda, y que desintegra ese aparente glamour callejero y de confeti mostrando unas personalidades baqueteadas, con pasados yonkarras, traumáticos u opacos del todo, con conflictos múltiples, con diferencias insalvables entre si y en cualquier caso siempre con la amenaza de un futuro incierto en ciernes. En el fondo nos descubre a unas supervivientes, pero en el sentido menos triunfante y ampuloso de la palabra, ya que Bianca Butthole ya tenia 36 años en el momento del accidente y a esas alturas habia había visto ya de todo.

La parte final de la cinta rezuma una amargura que solo podría comparar a la del documental End of the Century de los Ramones, aunque en este caso no vendría desencadenada por actitudes cerriles de miembros republicanos de la banda, sino por una sensación de absoluto desamparo por parte de todos los allegados ante el trágico devenir de los acontecimientos.

Y bueno, a mi de verdad que me gusta imaginármela por Melrose Avenue, como si de un Nikki Sixx en chica se tratara, igual de poco sofisticada, igual de carismática, igual de bruta y con ese glamour absolutamente falto de clase, degustando las macarrísimas estrofas de Vanilla Ice en “Size Queen” y pensando en completar su colección de figuritas de Kiss. Pero después me queda siempre la tristeza de recordar que cuando las cosas le empezaban a ir bien se mató en un Corvette Rojo en New Orleáns y todo se fue al garete. Que le vamos a hacer, caballeros, así son las cosas.

Sabes, Natalia Nikolaevna Zakharenzo, Natalie Wood, pequeña Natalia, que el mundo esta lleno de injusticias, y que ahogarse en un barco frente Isla Catalina a los 43 años es morir joven, pero que un avatar de esta clase no le quita ni un ápice de embrujo a los años de esplendor que pudiste disfrutar antes de alcanzar una edad difícilmente disimulable en la pantalla grande.

Esa recogida figura tuya, frágil y alejada de tentadoras exhuberancias destinadas a poner a prueba la reaccionaria y engañosa moralidad de manual de los 50’s, sigue haciendo del visionado de algunas de tus películas un autentico placer. Un placer de naturaleza esencialmente pura y desprovista de impulsos de aquellos por lo que seguramente nos viéramos obligados a pedir perdón en un momento u otro.

Bueno, que tu también tenias impulsos, claro, y que ver como ese poderoso deseo carnal era reprimido con dureza por la salvaje moral propia de terratenientes y señores del petróleo Texano de principios de siglo, ese que propiciaba el alivio físico para con sus vástagos con “otro tipo de chicas, tu ya me entiendes”, y que hizo que tu primer revolcón con nada menos que Warren Beaty se viera pospuesto hasta el infinito todavía nos conmueve.

Quizás sea más merito de Elia Kazan que tuyo. Y hablamos de un Kazan menor, todo sea dicho, mas ocupado en organizar su agenda con tino para conseguir hacer una película, engañar a su mujer y llegar a tiempo a casa para cenar sin que nadie se molestase. O mérito de un primerizo Warren Beaty, que en su vida real era capaz de copular con una percha si esta llevaba vestido con escote, y que te llevó hasta la locura en la ficción haciendo que perdieras tu tren y que el Esplendor en la Hierba quedara como un vestigio de una vida anterior, una que fue plena y que ya no lo será más. Aun así tú estabas hermosa, adolescente y llena de conflictos. Carne de taquilla de instituto 100%.

Esplendor en la Hierba (1953)

Y de la engañosa chica mala de Rebelde sin Causa, esa que agitaba un pañuelo marcando la salida en una carrera suicida en la que un chico perdía la vida, ¿qué me dices de esa?. Ahí también tenías problemas de esos de gente joven, porque tus padres eran dos muros de ladrillos con los que no era posible comunicarse, y salías a vagar por las noches, a fumar y a alternar con pandilleros poco recomendables. Y te topabas en comisaría con un Dean reconcentrado y te enamorabas de él, porque además de inadaptado, era sensible y tenia pelotas, y esas cosas os gustaban mucho en los años 50.

La verdad es que no se por que Nicholas Ray decidió rizarte el pelo. Para mi es un error incomprensible, puesto que tu rostro fue diseñado para ser adornado por cabellos lacios, pero bueno, pudiste besar a James Dean, y supongo que eso compensa cualquier permanente desafortunada.

Rebelde sin Causa (1955)

Y Maria, enamorada del amor y de la dentadura de Richard Beymer en West Side Story también tenía su aquel. Una pena que ni bailaras ni cantaras, aunque es bien cierto que los estruendosos números musicales iban poco con tu delicado talle, y que en ellos tu eterna languidez no hubiera encajado jamás. A pesar de todo te reservaron unas cuantas piezas memorables, entre ellas Somewhere y Tonight, y en las que a fecha de hoy, y a pesar de tener que escuchar tu voz doblada resulta imposible separar de tu personaje.

West Side Story (1961)

En esta ocasión la tragedia se cebaba de nuevo contigo, y tú sufrías el infortunio de ser joven y estar en el lugar incorrecto en el momento inadecuado. Menudo sino el tuyo, chata. En Centauros del Desierto de poco se te cepilla John Wayne a tiros por haber sido raptada por los indios, y en Amores con un Extraño de nuevo te ves inmersa en otro drama juvenil al quedarte embarazada de Steve McQueen antes de tiempo. Si es que hasta en El fantasma y la Señora Muir tu madre se enamoraba de un espectro.

Lo tuyo era una desdicha perpetua, aunque uno sigue rezando para que los tenderos sigan guardando tus películas en las estanterías de sus videoclubs, porque brillaste con una fuerza extraordinaria durante una buena temporada, y el hecho de que te fueras a los 43 años no deja de ser una de esas irrelevantes tragedias que jalonan nuestro día a día, pero que en realidad tampoco nos quitan el sueño mientras se pueda volver a ver West Side Story una y otra vez.

Se acabó el 2007, pero no sin despedirse con un buen puñado de canciones dignas de mención. Sin ser todas las que son, ni mucho menos, aquí os dejó un par de particulares recopilatorios caseros con algunas de ellas según mi humilde perspectiva.

El primero de ellos es un bocado crujiente del año, guitarras pesadas, ritmos malignos o simplemente melodías dinámicas y voraces. Ideal para limpiar el inodoro a fondo.

Su segunda versión recoge un resumen de lo templado, nocturno y profundamente delicado. Se lo recomiendo fervientemente.

Otro día hablaremos con más tranquilidad de lo que nos ofreció, a grandes rasgos, este año sin voluntad alguna de dogmatizar en “lo mejor del 2007″.

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Curiosa saga, y afortunadamente con premisas claras desde el minuto uno: violencia a destajo, coches, motos y demás aparatos con motor en medio de un desierto donde la policía y las bandas de delincuentes motorizados pugnan por encabezar el grado de salvajismo máximo. Los que no llevan placa son malísimos de verdad, y los que sí también, pero tienen razón.

 

 

Para mi gusto, lo más destacable de esta primera entrega es el brutal rugido del Interceptor, el supercoche de machacar malos que conduce Mel Gibson a toda prisa por las carreteras australianas. La verdad es la primera parte mola, sobre todo por ese look setentero tan autentico. , pero para ser sincero lo verdaderamente bueno viene en la secuela parte, donde de forma completamente injustificada se inventan una sociedad postapocalipica (fantásticos los 80) en la que reducen el grado de civilización a la mínima expresión, confrontando a dos grupos de infraseres humanos en una lucha salvaje por gasolina.

Básicamente la cosa se centra en que un grupo de colonos buenos trata de resistir los envites de los jevis malos del desierto, que les quieren quitar el combustible de cualquier manera, pegando e incluso insultando.

Así, teniendo ya claro el objetivo de lo que quieren contar la cosa resulta de mas fácil digestión, porque lo que en la primera suponía un violento retrato de un colectivo de moteros liderado por Cortadedos (me encanta, de verdad) cuya profesión es hacer el mal de modo retorcido, destrozando vidas humanas y amargando la existencia de Mel “polivalente” Gibson, se convierte en la segunda parte en un ejercicio de pirotecnia, de villanos extremos (Humungus, ven a mi!), de velocidad a tutiplen y de rizar el rizo por que si. La carga emocional chunga se traslada a las explosiones y a los pintorescos personajes, y todo resulta mucho más liviano.

 

 

Y para muestra ahí tenemos a The Feral Kid, un niño prehistórico que no sabe ni hablar ni nada, pero que maneja con destreza un boomerang con los bordes afilados como las navajas de Albacete. O las múltiples escenas de persecución rodadas a campo abierto, con carreras por el desierto a máxima velocidad con todo un catalogo de vehículos tuneados, pilotos súper macarras enfundados en cuero dispuestos a saltar de un camión a una moto en marcha, y blandiendo un arsenal de ballestas, cadenas, barras de hierro o revólveres del calibre 500.

 

 

 

 

Nunca es mal momento para arrastrar a alguien por el suelo o hacer estrellar un todo terreno contra un trailer gigantesco, y siempre se hace con profusión de explosiones y con trozos de metal saltando por todos los sitios. Hoy en día, con todo ese paternal y agorero tufo ecologista presente a cada paso que damos, resulta entrañable y refrescante la visión futurista que se tenía hace 25 años: todo es desierto y motor! Más Rock n’ Roll imposible!!

 

En fin, en medio de todo esto, Max, reconvertido a solitario cowboy especializado en el individualismo de manual acaba viéndose obligado, muy a su pesar, a ser el héroe. Gibson, con su infalible recurso de abrir los ojos mucho para expresar emociones intensas, acaba dotando al personaje de una inexpresividad que le sienta tan bien como el cuero raído y esa estupenda barbita de varios días que luce (y esto por no hablar largo y tendido del mechón canoso de la sien).

 

 

Al final, la saga (y la tercera parte directamente me la salto, porque mas allá de las tetas recauchutadas de Tina Turner y de alguna salida de tono de Angry Anderson no consigue alcanzar el nivel de diversión de las anteriores) queda como un saludable ejercicio de rockerismo supino pasado de rosca, y que visto con la distancia y edad pertinentes justifica por si sola su presencia en la estantería del salón de mi casa.

 

Y ahora a la bañera, a quemar un par de galones de gasolina.

Tarde, pero todavía a tiempo. Acaba de cerrarse la primera temporada de Las Reflexiones de Repronto, una serie de 12 ensayos audiovisuales de ácido sentido escéptico y crítico que les aconsejo fervientemente si han sido, como yo, unos rezagados en su descubrimiento. El proyecto de Raul Minchinela, pionero en materia de webzines infra como el desaparecido Contracultura, colaborador del bastión bizarro Mondo Brutto, realizador informático y creador de difícil etiquetaje, propone semanalmente las disquisiciones del Dr. Repronto en formato filmando pensado para aquellos a los que cuesta arrancar en la lectura de una parrafada ante el monitor. Un idioma ágil pensado para el internauta en uno de sus medios más al uso: Youtube.

Las píldoras, que no llegan a los 10 minutos, abundan ingenio y se resuelven de forma brillante. Su realización es sencillamente perfecta y huyen de cualquier dogmática sin por ello refugiarse en la mera ocurrencia. Las Reflexiones de Repronto es un videolog inteligente, divertido y con la suficiente dosis gamberra para que difícilmente sean objetivo para la parrilla televisiva pese a su destacable calidad. Invitan a pensar mientras dejan una sonrisa en los labios, pruébenlo.

Como muestra enlazo uno de los que a mi parecer es de los más inspirados, el referente al arte contemporáneo.

Minchinela ya había tratado sobre el artificio en el arte en un interesante cortometraje del 2003: El Grito del Arcángel.

Veremos la evolución del videolog ya que supongo que la aparición de más temporadas vendrá de la mano del conocimiento del mismo. Y aquí funciona el boca a boca, tecla a tecla, o eso…

 

De pequeño yo vivía en la zona Universitaria de mi ciudad, en la parte colindante con la zona Jevi. Aunque hablemos de los años 80, cuando el jevi era violencia y demás, no era ese un lugar particularmente conflictivo. Sin embargo, sí había que tener en cuenta que si por ejemplo se celebraba mi cumpleaños y se recurría a la ciudad universitaria para no destrozar el patrimonio familiar en casa, había que hacerlo con cuidado, porque coincidía en el calendario con el inicio del curso universitario, y podíamos ser 15 niños jugando a la cadeneta tratando de no chocar con jevis, parejas metiéndose mano, vomitonas de las fiestas de apertura del curso, delincuentes puenteando coches y árboles varios, que alguno también había.

El portal de mi casa estaba flanqueado por dos centros recreativos de los de antes, en los que los chavales callejeros fumaban y se pasaban la tarde jugando a unas maquinetas prehistóricas, mientras los niños normales nos limitábamos a mirarles jugar con la boca cerrada cuando volvíamos del colegio. Yo, que venia de una institución de pago, llegué a la circunstancia de sentir autentico pánico al pasar por delante de local porque me intimidaban de verdad los especimenes que solían ramonear en la puerta.

Y bueno, ademas de esto en la acera de enfrente de mi casa estaba el local Excalibur, que era un local jevi clásico. Imaginad un bar de jevi en 1986, pues ese era el Excalibur. Yo jamás llegue a poner un pie dentro porque no tenia edad, pero recuerdo haber pasado tardes de primavera asomado a la ventana de mi casa (que caía justo en frente) sin dejar de preguntarme, con más temor que otra cosa, a propósito de los cochambrosos seres que entraban y salían de tan infausto local.

Curiosamente solían poner de forma reiterada a Bon Jovi, y a mi me intrigaba sobremanera el hecho de que esa gente que tenia un aspecto tan lamentable pudiera escuchar algo que a mi me llamaba tantísimo la atención. Poco tiempo antes yo había visto un videoclip de Bon Jovi en el programa musical Aplauso (miércoles por la tarde, para el que tenga memoria) y uno del grupo se metía un tubito en la boca y su guitarra sonaba como güeeerrrr qüerrrrrr, salían chispas del escenario !y los tíos volaban!. Brutal.

Nada mas ver aquello le empecé a dar el coñazo a mi padre para que me comprara el disco en una de mis habituales campañas para conseguir lo que fuese, pero según me dijo no consiguió encontrarlo en la habitual tienda de discos, asi que me quedé compuesto y sin disco.

Y claro, allí seguían todos esos jevitrones entrando y saliendo de un garito infame y disfrutando de Bon Jovi, mientras yo me tenia que conformar con escucharlo asomado a la ventana y tratando de averiguar el mecanismo que hacía que los miembros del grupo volaran por encima de un escenario. Era eso o la desagradecida tarea de esperar durante horas frente al readiocasete a que sonara la canción en cuestión para darle al botón rojo de grabar, que tampoco era lo más divertido del mundo.

Años atrás ya se me ocurrió de modo inocente robar dinero del monedero de mi madre para comprar la banda sonora de Cazafantasmas, pero la operación fue descubierta, y el castigo recibido ejemplar. Bueno, en realidad robaba más cosas , y a más personas, pero no hablamos de eso ahora, y como en este caso era obvio mi emperramiento con el disco y enseguida se me hubiera visto el plumero, tuve que cambiar de estrategia.

Mis infantiles maniobras manipuladoras llegaron por fin a buen puerto, y finamente me pude hacer con el puto Slippery When Wet tras seducir a un compañero de clase para que lo comprara sin gustarle su música en absoluto, y descacharrando además sus ahorros de varios meses . No me pesa la conciencia. La cuestión era de pura supervivencia: el chaval tena el dinero. Yo no.

Meses después de todo aquello apareció un tío muerto en los baños del Excalibur con una jeringa colgando del brazo y lo cerraron. A mi aquello me pareció lo más de lo más. Ademas de jevis, habia drogas y muertos! El local pasó a  ser después un concesionario de coches y perdió parte de su encanto, aunque para mí siempre ha sido el sitio en el que me ponían a Bon Jovi cuando apenas levantaba tres palmos del suelo.

Hace un par de años compré en serie media el CD y la verdad es que no me hizo ni la cuarta parte de ilusión que aquella cinta de casete de 60 minutos grabada directamente del vinilo con el que sableé a mi compañero de clase. Y la verdad, mentiría si dijera que no me gusta ponerlo de vez en cuando.

 

Este 2007 se cierra con la ausencia de dos figuras importantes de la antigua Unión Soviética. Aunque su calado y naturaleza son bien distintas ambas cruzan su trayectoria en uno de los nudos históricos más importantes de mi generación, y la de todos los treintañeros, como fue la desaparición del Imperio Rojo y la caída del muro de Berlín.

Mstislav Rostropóvich fallecía el 27 de abril a la edad de 80 años. Soviético entre 1927 y 1978, cuando se le retira la ciudadanía por su exilio en occidente. Aunque en 1990 Gorbachov se la restituyese, el músico rehúsa por respeto a sus amigos de todo el mundo, lugar del que se consideraba ciudadano.

Aclamado como el mejor chelo de su siglo, pianista y director de orquesta su protagonismo no acaba, como si fuera poco, en el arte. De sentimiento profundamente humanista colaboró activamente en fundaciones benéficas de distinto calibre y manifestó que el mejor concierto de su vida lo ofreció en Siberia ante un público conformado por cinco presos. Aún así, no falta quien le tache de “músico de los poderosos” por la gama de contactos que lucía y del que pudo ser instrumento.

Su historia de amor y odio para con la URSS le llevaría a ser protagonista de dos fotografías legendarias de la época. La primera, la cual conservó en mi memoria tan fresca como el primer días, fue tomada en los aledaños del muro de Berlín el 12 de noviembre de 1989 mientras ofrecía una épica banda sonora para los ciudadanos que maza en mano derrumbaban el plano físico del telón de acero.

Nació con un chelo bajo el brazo

Historia del muro.

La segunda fue tomada en agosto de 1991 en una escena, quién sabe si preparada a efectos propagandísticos, donde el maestro se acompaña de un instrumento de plomo y fuego para enfrentarse a las fuerzas que se habían alzado para restaurar el antiguo orden comunista en el Moscú convulso.

Allí apoyaría la fuerza y arrojo de Boris Yeltsin. Fallecido cuatro días antes, el 23 de abril de 2007, el que fuera presidente de la Federación Rusa se convertía en el héroe del momento cuando en 1991 llamaba a la desobediencia civil contra el golpe de estado liderado por el reaccionario jefe del KGB y el ala conservadora del partido comunista para impedir el nuevo modelo de URSS que se cocinaba entre Gorbachov y Yeltsin. De gran potencia visual, Yeltsin se jugaba el pescuezo con sus arengas a la población, al descubierto sobre aquel tanque que dio la vuelta al mundo.

Se convertía en el líder de moda y recibía el abrazo de occidente, su codicia de poder se soslayaba cuando en 1990 dictó la independencia rusa respecto a la URSS, prohibía el partido comunista como consecuencia del golpe o mediante diversas transacciones con otras repúblicas disuelve formalmente la Unión Soviética ocupando su posición en varios organismos internacionales como Naciones Unidas. Cuando en 1993 lleva a cabo un autogolpe de estado para mantenerse en el poder, empiezan a destacarse devaneos con el alcohol, el destape del problema checheno y una cadena de acontecimientos turbios, cuando no manifiestamente ilegales, el gran ruso comienza a perder su utilidad.

Con su muerte no han desaparecido los puntos oscuros de este enigmático personaje esencial para entender el nuevo orden mundial, lo cuales supongo que no empezarán a revelarse hasta que su prole con Putin a la cabeza sean historia.

La verdad es que no hay muchas cosas que generen más desconfianza que los fans acérrimos de algo. Estas personas pierden la objetividad y el sentido de la mesura, y en consecuencia toda su credibilidad. Sus juicios de valor adquieren un sonrojarte maniqueísmo del que es dificilísimo separarlos y su exaltación desmedida repele sin remedio por pura descontextualización. A pesar de todo, intentan convencer a diestro y siniestro de que lo que dicen es cierto, de que esa ilusión a la que se abrazan es real y de que los equivocados, o los que no han reparado en lo fantástico del hecho, somos nosotros y nuestras aburridas vidas llenas de prejuicio.

Prejuicio, bendito tesoro. De no ser por el prejuicio nos gustaría todo, y entonces no tendríamos nada que nos distinguiera de los demás. Si no pudiéramos despreciar nada tendríamos un cepo en las ruedas de nuestro ensoberbecido ego. No. Lo que te guste te diferenciará del resto, y lo que no te guste también. Por eso he empezado hablando en tercera persona de quienes se abandonan al talento de sus heroes, justificando cada uno de sus pasos con afán beligerante y fusionándose con su obra de manera incondicional. Por lo arriba expuesto considero mas que legitimo intentar que se me noten lo menos posible los síntomas de tan curiosa dolencia de la que, evidentemente, padezco desde que tengo uso de razón.

Esta perorata viene a cuento de que uno nunca sabe donde situar los limites de su serenidad y templanza. Bueno, uno cree tenerlos controlados, pero solo necesita un pequeño chispazo para darse cuenta de que por debajo del armazón de responsabilidades y obligaciones, por debajo de los castellanos aguavino y el cabello perfectamente repeinado se sigue escondiendo un golfillo adolescente que disfruta con la militancia y la entrega, un golfillo que es capaz de sufrir y de emocionarse por razones que en realidad desconoce, y que puede volver a pasar 5 o 6 días en estado nirvanero tras sufrir un encontronazo con su fuente de placer.

Oh, si, amiguitos. Porque por fin llegó ese momento en el que uno pudo alzar la voz, comulgar con los decibelios y detener el reloj por unas horas. Hubo sacrificio y abnegación para conseguir acceso al evento, paciencia infinita al congelar la expectativa durante meses, y solvente ejercicio de autocontrol a medida que el acontecimiento se aproximaba y algo poderoso se iba despertando a medio camino entre el estomago y el corazón. Se desempolvaron viejos discos, se buscaron recortes de periódico amarillentos, y se sorprendió uno de conservar la memoria intacta, mas bregada si quieren, pero con su capacidad de generar imágenes impoluta. Se comprobó con gozo como los días se fueron inundando de recuerdos, de canciones que son biografía adolescente pura, y mientras tanto la sangre se volvió a subir al a cabeza, primando al impulso sobre cualquier tipo de reflexión.

Compulsión pura y hermanamiento con otros seres de pasión desmedida vinieron de la mano, propiciando una comprensión reciproca no solo con los que compartiera debilidades, sino con todos aquellos que se entregan a sus aficiones. Ese día en cuestión, oculto entre miles de personas, fue inevitable romper con el presente, con las formas y con los descreídos. Se volvió a conjurar el hechizo entre oleadas decibelios y marejadas de placer, y me senti pleno de nuevo.

Pleno porque la fe de un fan es siempre poderosa, reafirma sus principios y le sirve de refugio. La fe de un fan es de fidelidad inquebrantable, y es que además ser fan de las cosas es sano y gratificante, de modo que ojala sirvan de acicate estas palabras para que todos ustedes se olviden de su maduro espíritu critico, y aireen y ejerzan sin complejo sus mas vergonzantes filias que, al fin y al cabo, les hacen más felices.

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