Tarde, pero todavía a tiempo. Acaba de cerrarse la primera temporada de Las Reflexiones de Repronto, una serie de 12 ensayos audiovisuales de ácido sentido escéptico y crítico que les aconsejo fervientemente si han sido, como yo, unos rezagados en su descubrimiento. El proyecto de Raul Minchinela, pionero en materia de webzines infra como el desaparecido Contracultura, colaborador del bastión bizarro Mondo Brutto, realizador informático y creador de difícil etiquetaje, propone semanalmente las disquisiciones del Dr. Repronto en formato filmando pensado para aquellos a los que cuesta arrancar en la lectura de una parrafada ante el monitor. Un idioma ágil pensado para el internauta en uno de sus medios más al uso: Youtube.

Las píldoras, que no llegan a los 10 minutos, abundan ingenio y se resuelven de forma brillante. Su realización es sencillamente perfecta y huyen de cualquier dogmática sin por ello refugiarse en la mera ocurrencia. Las Reflexiones de Repronto es un videolog inteligente, divertido y con la suficiente dosis gamberra para que difícilmente sean objetivo para la parrilla televisiva pese a su destacable calidad. Invitan a pensar mientras dejan una sonrisa en los labios, pruébenlo.

Como muestra enlazo uno de los que a mi parecer es de los más inspirados, el referente al arte contemporáneo.

Minchinela ya había tratado sobre el artificio en el arte en un interesante cortometraje del 2003: El Grito del Arcángel.

Veremos la evolución del videolog ya que supongo que la aparición de más temporadas vendrá de la mano del conocimiento del mismo. Y aquí funciona el boca a boca, tecla a tecla, o eso…

 

De pequeño yo vivía en la zona Universitaria de mi ciudad, en la parte colindante con la zona Jevi. Aunque hablemos de los años 80, cuando el jevi era violencia y demás, no era ese un lugar particularmente conflictivo. Sin embargo, sí había que tener en cuenta que si por ejemplo se celebraba mi cumpleaños y se recurría a la ciudad universitaria para no destrozar el patrimonio familiar en casa, había que hacerlo con cuidado, porque coincidía en el calendario con el inicio del curso universitario, y podíamos ser 15 niños jugando a la cadeneta tratando de no chocar con jevis, parejas metiéndose mano, vomitonas de las fiestas de apertura del curso, delincuentes puenteando coches y árboles varios, que alguno también había.

El portal de mi casa estaba flanqueado por dos centros recreativos de los de antes, en los que los chavales callejeros fumaban y se pasaban la tarde jugando a unas maquinetas prehistóricas, mientras los niños normales nos limitábamos a mirarles jugar con la boca cerrada cuando volvíamos del colegio. Yo, que venia de una institución de pago, llegué a la circunstancia de sentir autentico pánico al pasar por delante de local porque me intimidaban de verdad los especimenes que solían ramonear en la puerta.

Y bueno, ademas de esto en la acera de enfrente de mi casa estaba el local Excalibur, que era un local jevi clásico. Imaginad un bar de jevi en 1986, pues ese era el Excalibur. Yo jamás llegue a poner un pie dentro porque no tenia edad, pero recuerdo haber pasado tardes de primavera asomado a la ventana de mi casa (que caía justo en frente) sin dejar de preguntarme, con más temor que otra cosa, a propósito de los cochambrosos seres que entraban y salían de tan infausto local.

Curiosamente solían poner de forma reiterada a Bon Jovi, y a mi me intrigaba sobremanera el hecho de que esa gente que tenia un aspecto tan lamentable pudiera escuchar algo que a mi me llamaba tantísimo la atención. Poco tiempo antes yo había visto un videoclip de Bon Jovi en el programa musical Aplauso (miércoles por la tarde, para el que tenga memoria) y uno del grupo se metía un tubito en la boca y su guitarra sonaba como güeeerrrr qüerrrrrr, salían chispas del escenario !y los tíos volaban!. Brutal.

Nada mas ver aquello le empecé a dar el coñazo a mi padre para que me comprara el disco en una de mis habituales campañas para conseguir lo que fuese, pero según me dijo no consiguió encontrarlo en la habitual tienda de discos, asi que me quedé compuesto y sin disco.

Y claro, allí seguían todos esos jevitrones entrando y saliendo de un garito infame y disfrutando de Bon Jovi, mientras yo me tenia que conformar con escucharlo asomado a la ventana y tratando de averiguar el mecanismo que hacía que los miembros del grupo volaran por encima de un escenario. Era eso o la desagradecida tarea de esperar durante horas frente al readiocasete a que sonara la canción en cuestión para darle al botón rojo de grabar, que tampoco era lo más divertido del mundo.

Años atrás ya se me ocurrió de modo inocente robar dinero del monedero de mi madre para comprar la banda sonora de Cazafantasmas, pero la operación fue descubierta, y el castigo recibido ejemplar. Bueno, en realidad robaba más cosas , y a más personas, pero no hablamos de eso ahora, y como en este caso era obvio mi emperramiento con el disco y enseguida se me hubiera visto el plumero, tuve que cambiar de estrategia.

Mis infantiles maniobras manipuladoras llegaron por fin a buen puerto, y finamente me pude hacer con el puto Slippery When Wet tras seducir a un compañero de clase para que lo comprara sin gustarle su música en absoluto, y descacharrando además sus ahorros de varios meses . No me pesa la conciencia. La cuestión era de pura supervivencia: el chaval tena el dinero. Yo no.

Meses después de todo aquello apareció un tío muerto en los baños del Excalibur con una jeringa colgando del brazo y lo cerraron. A mi aquello me pareció lo más de lo más. Ademas de jevis, habia drogas y muertos! El local pasó a  ser después un concesionario de coches y perdió parte de su encanto, aunque para mí siempre ha sido el sitio en el que me ponían a Bon Jovi cuando apenas levantaba tres palmos del suelo.

Hace un par de años compré en serie media el CD y la verdad es que no me hizo ni la cuarta parte de ilusión que aquella cinta de casete de 60 minutos grabada directamente del vinilo con el que sableé a mi compañero de clase. Y la verdad, mentiría si dijera que no me gusta ponerlo de vez en cuando.

 

Este 2007 se cierra con la ausencia de dos figuras importantes de la antigua Unión Soviética. Aunque su calado y naturaleza son bien distintas ambas cruzan su trayectoria en uno de los nudos históricos más importantes de mi generación, y la de todos los treintañeros, como fue la desaparición del Imperio Rojo y la caída del muro de Berlín.

Mstislav Rostropóvich fallecía el 27 de abril a la edad de 80 años. Soviético entre 1927 y 1978, cuando se le retira la ciudadanía por su exilio en occidente. Aunque en 1990 Gorbachov se la restituyese, el músico rehúsa por respeto a sus amigos de todo el mundo, lugar del que se consideraba ciudadano.

Aclamado como el mejor chelo de su siglo, pianista y director de orquesta su protagonismo no acaba, como si fuera poco, en el arte. De sentimiento profundamente humanista colaboró activamente en fundaciones benéficas de distinto calibre y manifestó que el mejor concierto de su vida lo ofreció en Siberia ante un público conformado por cinco presos. Aún así, no falta quien le tache de “músico de los poderosos” por la gama de contactos que lucía y del que pudo ser instrumento.

Su historia de amor y odio para con la URSS le llevaría a ser protagonista de dos fotografías legendarias de la época. La primera, la cual conservó en mi memoria tan fresca como el primer días, fue tomada en los aledaños del muro de Berlín el 12 de noviembre de 1989 mientras ofrecía una épica banda sonora para los ciudadanos que maza en mano derrumbaban el plano físico del telón de acero.

Nació con un chelo bajo el brazo

Historia del muro.

La segunda fue tomada en agosto de 1991 en una escena, quién sabe si preparada a efectos propagandísticos, donde el maestro se acompaña de un instrumento de plomo y fuego para enfrentarse a las fuerzas que se habían alzado para restaurar el antiguo orden comunista en el Moscú convulso.

Allí apoyaría la fuerza y arrojo de Boris Yeltsin. Fallecido cuatro días antes, el 23 de abril de 2007, el que fuera presidente de la Federación Rusa se convertía en el héroe del momento cuando en 1991 llamaba a la desobediencia civil contra el golpe de estado liderado por el reaccionario jefe del KGB y el ala conservadora del partido comunista para impedir el nuevo modelo de URSS que se cocinaba entre Gorbachov y Yeltsin. De gran potencia visual, Yeltsin se jugaba el pescuezo con sus arengas a la población, al descubierto sobre aquel tanque que dio la vuelta al mundo.

Se convertía en el líder de moda y recibía el abrazo de occidente, su codicia de poder se soslayaba cuando en 1990 dictó la independencia rusa respecto a la URSS, prohibía el partido comunista como consecuencia del golpe o mediante diversas transacciones con otras repúblicas disuelve formalmente la Unión Soviética ocupando su posición en varios organismos internacionales como Naciones Unidas. Cuando en 1993 lleva a cabo un autogolpe de estado para mantenerse en el poder, empiezan a destacarse devaneos con el alcohol, el destape del problema checheno y una cadena de acontecimientos turbios, cuando no manifiestamente ilegales, el gran ruso comienza a perder su utilidad.

Con su muerte no han desaparecido los puntos oscuros de este enigmático personaje esencial para entender el nuevo orden mundial, lo cuales supongo que no empezarán a revelarse hasta que su prole con Putin a la cabeza sean historia.

La verdad es que no hay muchas cosas que generen más desconfianza que los fans acérrimos de algo. Estas personas pierden la objetividad y el sentido de la mesura, y en consecuencia toda su credibilidad. Sus juicios de valor adquieren un sonrojarte maniqueísmo del que es dificilísimo separarlos y su exaltación desmedida repele sin remedio por pura descontextualización. A pesar de todo, intentan convencer a diestro y siniestro de que lo que dicen es cierto, de que esa ilusión a la que se abrazan es real y de que los equivocados, o los que no han reparado en lo fantástico del hecho, somos nosotros y nuestras aburridas vidas llenas de prejuicio.

Prejuicio, bendito tesoro. De no ser por el prejuicio nos gustaría todo, y entonces no tendríamos nada que nos distinguiera de los demás. Si no pudiéramos despreciar nada tendríamos un cepo en las ruedas de nuestro ensoberbecido ego. No. Lo que te guste te diferenciará del resto, y lo que no te guste también. Por eso he empezado hablando en tercera persona de quienes se abandonan al talento de sus heroes, justificando cada uno de sus pasos con afán beligerante y fusionándose con su obra de manera incondicional. Por lo arriba expuesto considero mas que legitimo intentar que se me noten lo menos posible los síntomas de tan curiosa dolencia de la que, evidentemente, padezco desde que tengo uso de razón.

Esta perorata viene a cuento de que uno nunca sabe donde situar los limites de su serenidad y templanza. Bueno, uno cree tenerlos controlados, pero solo necesita un pequeño chispazo para darse cuenta de que por debajo del armazón de responsabilidades y obligaciones, por debajo de los castellanos aguavino y el cabello perfectamente repeinado se sigue escondiendo un golfillo adolescente que disfruta con la militancia y la entrega, un golfillo que es capaz de sufrir y de emocionarse por razones que en realidad desconoce, y que puede volver a pasar 5 o 6 días en estado nirvanero tras sufrir un encontronazo con su fuente de placer.

Oh, si, amiguitos. Porque por fin llegó ese momento en el que uno pudo alzar la voz, comulgar con los decibelios y detener el reloj por unas horas. Hubo sacrificio y abnegación para conseguir acceso al evento, paciencia infinita al congelar la expectativa durante meses, y solvente ejercicio de autocontrol a medida que el acontecimiento se aproximaba y algo poderoso se iba despertando a medio camino entre el estomago y el corazón. Se desempolvaron viejos discos, se buscaron recortes de periódico amarillentos, y se sorprendió uno de conservar la memoria intacta, mas bregada si quieren, pero con su capacidad de generar imágenes impoluta. Se comprobó con gozo como los días se fueron inundando de recuerdos, de canciones que son biografía adolescente pura, y mientras tanto la sangre se volvió a subir al a cabeza, primando al impulso sobre cualquier tipo de reflexión.

Compulsión pura y hermanamiento con otros seres de pasión desmedida vinieron de la mano, propiciando una comprensión reciproca no solo con los que compartiera debilidades, sino con todos aquellos que se entregan a sus aficiones. Ese día en cuestión, oculto entre miles de personas, fue inevitable romper con el presente, con las formas y con los descreídos. Se volvió a conjurar el hechizo entre oleadas decibelios y marejadas de placer, y me senti pleno de nuevo.

Pleno porque la fe de un fan es siempre poderosa, reafirma sus principios y le sirve de refugio. La fe de un fan es de fidelidad inquebrantable, y es que además ser fan de las cosas es sano y gratificante, de modo que ojala sirvan de acicate estas palabras para que todos ustedes se olviden de su maduro espíritu critico, y aireen y ejerzan sin complejo sus mas vergonzantes filias que, al fin y al cabo, les hacen más felices.

El primer encuentro con tinturas lo tenemos en el descansillo de las escaleras. Mientras orientamos la subida vamos a descubrir obras de juventud, primero en blanco y negro y ya al final de la escalera en color. El ciclo dedicado a los pozos resume las primeras pesadillas y obsesiones de un permeable Giger de inicios de los sesenta. Las ilustraciones abren abismales espacios con escalinatas inconclusas o puertas sin aparente destino. Nuestro artista recuerda que son fruto de sueños recurrentes enlazados con episodios sonámbulos, siempre evocados por una ventana de casa que daba a un hotel vecino donde aparecían estos oníricos pozos que le precipitaban a lo desconocido.

Pozo Nº 6

Siento predilección por el pozo número 6, más que por obras de mayor repercusión. La técnica empleada se basa en tratamientos de galvanización del aluminio y supone el primer paso de sofisticación del joven suizo tras haber plasmado sus primeros experimentos, como Niños Atómicos, en papel translucido impregnado de tinta, aplicada con un vulgar cepillo de dientes, y cuyos contornos luego son rascados a cuchilla. En cuanto a las obras a color sorprende la aparición de elementos desconocidos por mí hasta aquel momento, como es el uso del óleo. Apenas tres óleos expuestos que son la prueba más evidente del impacto de Dalí en Giger. No volvería jamás a los aceites clásicos.

Un reloj derretido no desentonaría.

“Dream of NY” pintada a los 18 años se encuentra en paradero desconocido. El museo ofrece 5000$ de recompensa.

El ala que nos recibe de buenas a primeras es la dedicada a Alien, el museo apenas da para preámbulos. En 1976 Giger publicaba una serie de ilustraciones bajo el nombre Necronomicon. Como muchos sabéis, el Necronomicon es el libro arcano que contiene los rituales y conocimiento acerca de entidades sobrenaturales y, lo mejor, la forma para contactar con ellas. Tal volumen, escrito con sangre y forrado de piel humana, aparece repetidamente citado en la bibliografía de H.P Lovecraft pero a día de hoy no se conoce su paradero, aunque se han encontrado fichas de ejemplares en USA, Paris o Buenos Aires. El mito fue tan bien urdido que muchos aficionados a la literatura de horror piensan que Lovecraft no se inventó su existencia y que, como Elvis, todavía circula por el mundo. Como dato curioso, se rumorea que Borges creo una ficha del título en Buenos Aires.

La leyenda del libro de los Sin Nombre fue un pretexto para darle un hilo conductor a estas ilustraciones que Giger acumulaba , lo cual le abasteció de más de un crédulo que presumía haber encontrado el escrito perdido. Hoy en día hay muchos necronomicones por el mundo, pero el de Giger es el único ilustrado. Una de las piezas incluidas, Necronomicon IV, llamó la atención otro joven de inquietudes turbulentas llamado Ridley Scott. El de Chur es contratado y se traslada a Inglaterra en 1978 para preparar junto a él la película que lo convertiría en icono de la cultura pop, Alien.

Necronomicon IV, sobre el cual se diseñó Alien. Fuera gafas de sol.

Ridley Scott preparaba una cinta de horror en la que encajaba el arte del suizo, así que le encarga las criaturas, planeta y la nave origen del argumento. El director buscaba una potencia similar al terror de la pintura de Francis Bacon y sin duda Giger ostentaba dicha herencia. Partiendo de Necronomicon IV evolucionaría un personaje que sería historia del cine. Para su creador el aspecto tétrico o violento no es tan subyugante como el hecho de que la bestia carezca de ojos que puedan expresar emociones. El monstruo ciego, del que no es posible escudriñar la mirada, supone la mayor baza perturbadora del pasajero.

Esta no era la primera incursión de Giger en el mundo del cine, de hecho le apasionaba tanto como a su gurú Salvador Dalí, pero sí era la que mayor seriedad le ofrecía tras el descalabro del Dune de Jodorowsky. La sala, por tanto, ofrece una retrospectiva de aquellos años de celuloide, de un lado los bocetos del proyecto, acrílicos que representan escenarios que se llevarían al cine y como no, el buenazo del octavo pasajero. Son dos los elementos extraídos directamente de Alien, la urna que contiene el animatrónic original de la cabeza y una espectacular reproducción a cuerpo completo que supera los dos metros de altura.

Giger siempre ha recordado con ilusión y satisfacción los tiempos de pre-producción de la película, pese a la escasez de tiempo y dinero o el tener que soportar el hedor de los huesos secos que servían de material. Las limitaciones de presupuesto lastraron diversos objetivos, por ejemplo que todos los escenarios tuvieran aspecto orgánico, pero la falta de dinero sólo permitió que los huevos y el facehugger realmente lo conservasen.

Aspecto orgánico que debían tener todos los elementos del mundo Alien. Giger reconoce que en ciertos pasajes es demasiado evidente que los escenarios son decorados en dos dimensiones.

Aunque sufría limitaciones de pornografía, sonríe cuando recuerda que consiguió introducir de soslayo alguna referencia a órganos sexuales.

Este estudioso de lo surrealista y mórbido comenta que se sintió intimidado por lo aberrante de la idea que el alien se abriese paso desde el interior del cuerpo de la víctima. El Oscar seguro que le hizo el trance más llevadero.

Dos conocidas historias de amor sobrenatural: Jennie (Portrait of Jennie, 1949) dirigida por William Dieterle, y Vertigo (Vertigo,195 8) dirigida por Alfred Hitchcock. Aun siendo tan parecidas como el dia y la noche creo merece la pena ponerlas frente a frente, aunque sea solo por que por el simple hecho de estar protagonizadas por seres que no están vivos.

En la primera un pintor sin talento encuentra a su musa y se enamora de ella. El inconveniente es que esta su musa, Jennie, vive en una realidad y un tiempo distintos al suyo, con lo que llevar a la práctica la parte mas terrenal de esta casta relación amorosa se convierte en un imposible de anunciado final, que por supuesto derrocha tragedia y melodrama por los cuatro costados. Bueno, no todo es tragedia, porque cuando Jennie aparece de modo fantasmal e inesperado (y muy a pesar de la total falta de talento de Jennifer Jones; está claro que el productor es el que manda), la peli y la mirada del pobre Joseph Cotten se iluminan de modo gozoso.

 

 

Jennie entra y sale de su vida, crece a velocidad inusitada, se mete monja y termina por escapar mientras Cotten no puede hacer más que esperarla una y otra vez hasta el siguiente encuentro. Su único nexo con el universo de la inspiración serán las brevísimas apariciones de ese ser otro mundo, que parecen remover su talento llevándolo a su máximo exponente. Por supuesto al final ella muere (en realidad esta muerta durante toda la historia), y su recuerdo perdura en forma de un magistral retrato de mujer madura, que librara a autor de toda penuria mundana, pero que le hará vivir con el recuerdo del amor cercenado por el infortunio hasta el final de sus días.

 

En Vértigo la historia es bastante más sórdida, y toda la hipérbole fantasiosa a propósito del amor romántico y la inspiración del artista tan presente en Jennie se convierte en una inquietante digresión sobre la obsesión de un hombre por Madeleine, una mujer supuestamente muerta, que maneja a un Stewart con habilidad para acabar haciendo descarrilar su maltrecho equilibrio mental. Lo que en Jennie eran brillantes texturas que se asemejan de forma intencionada a un lienzo, como si de cuadros se tratara, se convierten aquí en atmósferas brumosas y en alteraciones de la percepción de la realidad que dan un toque malsano y enfermizo a toda la historia.


La obsesión de Stewart por las tendencias suicidas de Madeleine y sus turbadas maniobras de reconstrucción del cuerpo de una mujer en el de otra por cuya muerte se siente culpable acabarían por resultar obscenas de no ser por la finura de la mano del director, que los sitúa en un universo absolutamente irreal y que tiende a distorsionarse, haciendo que la historia se antoje un poco menos truculenta e inmoral de lo que cabria pensar en un principio. Al final todos terminan por perder la razón y Kim Novak muere por segunda vez desde lo alto del campanario. Una fiesta, vamos.

Toda la carga romántica y poética (si me permiten al cursilada) de la primera historia termina por situarla en el melodrama años 40 de Hollywood puro y duro, mientras que la segunda utiliza su perfección como una azada envenenada y preparada para cercenar los prejuicios del más incauto. Dos mujeres, dos espectros, dos guías hacia la luz o la oscuridad, según se diera el caso. Al final, mas allá de toda consideración que podamos hacer a propósito del amor de Cotten por una menor de edad, o del amor de Stewart por una mujer que no esta viva, todo viene a resumirse en dos maneras de presentar el tremendo poder de manipulación que pueden llegar a tener las mujeres sobre los hombres.

Asi que ya sabéis, si veis alguna señorita desfilando en comisión y con la mirada perdida por vuestro pasillo no le dejéis  hacerse copia de las llaves, no la vayáis a liar.

En verdad me sorprende que a pesar de lo caprichosa, infantil y voluble que pudo llegar a ser Marilyn Monroe, y dentro de lo etéreo de la circunstancia en la que esta última sesion de fotos tuvo lugar, accediera sin mayores reparos a mostrar su cuerpo, el de una mujer de 36 años al natural y sin retocar.

Una habitación de hotel durante tres días regados de pétalos de rosa y champán fue el escenario; un fotógrafo sin aliento, Bert Stern, deseoso de poseer a su modelo el autor de la misma; unos pocos días antes de su fallecimiento, el momento en el que tendría lugar.

Mas de 40 años después muchas de aquellas imágenes verían la luz en un libro publicado por la Editorial Electa bajo él titulo de “Marilyn, La ultima Sesion”. Entre ellas encontramos una inusual ofrenda de sinceridad.

Aunque en 1962 siguiera poseyendo una belleza descomunal, y su fotogenia trascendiera todavía las habilidades de cualquier fotógrafo, ni estaba delgada ni podía ocultar las huellas del paso del tiempo en el rostro o en el contorno de sus ojos. Su poder de seducción seguía traspasando límites que el resto de mujeres probablemente ni supieran que existían, y de hecho, aparte de 4 o 5 más que notables películas, su mayor talento siempre fue ese: despertar en los hombres un contradictorio sentimiento paternal envuelto en una desenfada furia de naturaleza completamente sexual. Sus curvas, sus contoneos, su mirada inocentemente miope explotaban en el bajo vientre del género masculino mucho antes de percatarse este siquiera no ya de su deriva emocional, sino de su desamparo y necesidad de cuidados. Su voluptuosidad lo eclipsó todo siempre.

Pero más allá de este tipo de consideraciones y volviendo a las imágenes que nos ocupan, lo que hace que un escalofrío de verdad recorra nuestros enjutos cuerpecitos rockeros, lo que hace que nos sintamos como auténticos voyeurs de saldo es esa tremenda, esa obscena cicatriz en el vientre, resultado de algo tan trivial y poco glamouroso como una operación de vesícula.

La cicatriz, reciente aun, llama tanto la atención como la perenne sensualidad de esta muchacha de campo que no podía evitar turbar al género masculino, aun cuando se propusiera no hacerlo. Una herida bajo el corazón, grande, asimétrica y nada sexy, y que parece que uno trate de evitar sin éxito alguno cada vez que recorre la imagen. La foto es hermosa, pero al final la marca esta ahí, dolorosamente presente como una huella del infortunio grabada en la carne.

A pesar de todo, ella luce espléndida una vez más, inocentemente carnal y terriblemente sola. Dos mundos en una misma imagen: la materialización del deseo hecho mujer por un lado, y una cicatriz inoportuna como prueba de su humanidad por otro.

Hubo más instantáneas en esta sesión, mágicas también, crepuscularmente premonitorias, pero sin la carga trágica de estas tremendas confesiones que terminaron de desnudar el alma de uno de los mitos cinematográficos favoritos del centauro desde que éste fuera un niño.

El museo Giger ofrece la posibilidad de hacer una visita virtual que recomiendo a todo aficionado o curioso del artista suizo. Puedo asegurar que es realmente fiel al trayecto y los puntos de atención que brillarán para el visitante eventual del Chateau St. Germain.

No obstante en las próximas entradas seré su guía personal por las cuatro plantas a fin de comentarles algunos detalles de la obra de Giger que pueden desprenderse de la exposición permanente y que se encuentran en fuentes dispersas. Siempre, claro, tendrán que conformarse con mi distorsionada óptica.

La pequeña entrada del chateau no es grandilocuente ni tenebrosa, no hace demasiado alarde de su contenido y se limita a una puerta de cristal con los precios de visita - unos 9 EUR al cambio, precio reducido para niños. Si, se prevé que asistan niños - con el rótulo comercial del museo presidido por uno de los “Ángeles custodios” en óxido. A su derecha si podemos contemplar dos significativas obras del suizo, por un lado la figura del torso femenino que repetirá en diversas versiones, más tarde veremos su variación biomecánica, y uno de los niños que forman parte del concepto “Birthmachine”

Torso de mujer versión biomecánica

Birthmachine o la maquina de parir concreta una de las premoniciones de Giger, el descontrolado poder reproductivo del ser humano que desemboca en la superpoblación y desatrucción del planeta. Esta idea apocalíptica y misántropa , presente en toda su carrera, resurge con fuerza cuando Giger interpreta que los nuevos avances en genética pueden corroborar sus auspicios con la producción fabril de humanos. Así muestra una de sus últimas grandes expresiones en la escultura de aluminio de más de 200 Kg. y 2 metros de altura que da la bienvenida al museo.

Aunque presentada a finales de los 90 sus elementos aparecían en trabajos muy anteriores.

Ya en el umbral descubrimos la primera planta que hace las veces de taquilla y tienda. Domina una construcción basada en los ángeles custodios en negro que presumo pueden ser de fibra de vidrio. En su interior un veiteañero con acné y cara de acelga se hace entender entre el murmullo de black metal que burbujea bajo el mostrador. No se pueden hacer fotos más allá de la tienda. Toda una frustración.

La tienda es exigua, pobre en sorpresas y obscenamente cara. Sin duda la idea de merchandising, tan bien explotada por papá Giger, no está muy encendida en la dirección del museo. Posters comunes y sin gracia, libros de ilustraciones en algún caso en mal estado y a un precio superior al de librería, joyas en plata y reproducciones que oscilan entre los 1000 y 6000 EUR. Ni tazas, ni pins o cualquier objeto sencillo o ingenioso - un llavero baboso o un biomecánico de felpa- que siempre son recuerdos de humor, asequibles y que a cualquier mentecato hortera se le ocurriría distribuir. Quizás lo más sugerente sería hacerse con una botella de Absenta Giger, pero no se expone precio. Como tampoco lo luce la serie de guitarras que Ibanez ha preparado con el imaginario del suizo - ¿Ven como sabe hacer dinero?- que ni están en su efectista atril original ni se ven excesivamente cuidadas. Finalmente no puede faltar una reproducción del pie de micro que Jonathan Davis encargará hace unos años. Limpiarle el polvo de vez en cuando no creo que le reste valor.

Absenta Giger

Lo que sí me hubiera llevado es la espectacular foto que se oculta tímida en el rincón de la escalera. El retrato muestra a un H.R, o H. para los amigos, en una pose canallesca propia de un anuncio de Martini pasado de moda con voluntad de galán de entreguerras. De estricto blanco, mirada inyectada en licor y una rotundidad que pretende competir con el glamour decadente de un Brando artista. Lamentablemente no distribuían reproducciones de esta versión alternativa y cubatera de Casablanca, si no tengan por seguro que se hubieran llevado mis euros con facilidad.

El maestro gustándose, para variar.

El acceso a la exposición corre por un pequeño pasillo donde se confirma que el diseño de interiores no seguirá la línea del Giger Bar. El propio Giger afirma que fue a pesar de sus deseos, pero la estructura de cemento y fibra de vidrio que compone el osario del bar colindante no era soportada por un edificio de construcción tan endeble. El chateau fue adquirido en 1997 y en 1998 inauguraría la primera versión del museo, el bar - considerablemente más pequeño- tardaría casi cuatro años en completarse por el propio artista, que confiesa haber invertido más tiempo que en cualquier otro poryecto. Así pues los techos de madera se respetaron y se buscó un estilo avejentado para albergar las colecciones. El pasillo acaba en unas escaleras que nos llevan a ellas.

Mientras recorría la cuesta que se alza por la vía principal de la pequeña Villa medieval de La Gruyère imaginaba el recóndito paraje que acogería al museo. ¿Un bestiario que abriría sus brazos en la penumbra inyectando ese combinado de temor y atracción morbosa que rezuma el imaginario del creador del alien más popular tras E.T? ¿Una cueva húmeda y hostil flanqueada por altavoces 7.1 atronando el último hit de Wagner?

El castillo de Gruyères

Tierra de quesos

El escenario distaba de las expectativas a medida que avanzábamos por el cuidadísimo empedrado de la “ville“. Mientras me refrescaba las manos en un abrevadero que saciaría a unicornios y no a viles paquidermos de tiro, impoluto y cristalino, recopilé una colina fastuosa, casi idílica, propia de un cuento infantil. El castillo coronaba, el segundo más visitado de la Confederación Helvética, aristocrático, imponente e impecable como si con un cepillo de dientes se raspara cada piedra al cantar el gallo. Y la villa que guarece, de tendencias Disney, hace las delicias del tópico suizo aunque no por ello menos bella. El olor a fondue todo lo invade y souvenirs por doquier que, inesperadamente, aún dan cabida a la hilarante originalidad.

Útiles de fondue

Abogando por los usos alternativos de útiles de fondue

Allí estaban, desangelados y bastante fuera de contexto al cruzar un simple arco de paso que separa dos tramos de la vía. A la izquierda el Giger Bar, que a la postre resultaría la mejor experiencia, y a la derecha uno de mis motivos para cruzar los pirineos: el H.R Giger Museum. Que Giger se enamorase de la Gruyère sólo con descubrirla es comprensible sin necesidad de ser un pervertido con flaquezas, pero no deja de ser confuso que levantara uno de sus bares en un enclave tan contradictorio y por tanto en apariencia poco rentable. Y lo cierto es que la mayoría de visitantes de la fantástica villa pasan de largo por el grotesco lugar, más aún teniendo a pocos metros uno de los castillos más espectaculares de Suiza.

extraña pareja

Percíbase el detalle del floripondio junto a la malvada herrumbre
Ya dentro del absurdo que significaba que nuestro tétrico fin se encontrase incrustado en la más verde y bella de las campiñas, donde flores y alegría se dan de la mano con Nikons y Cannons cazando a rubias de coletas uniformadas a la Blancanieves, aceptamos nuevamente que el mundo parte de los inesperados contrastes y entramos a tomar una Coca-Cola.

Esto ya era sentirse en casa, en el timón del Navegante. Luz apropiada, ahora sí, eludiendo el rampante sol de agosto que bañaba la villa, velas, suelos cincelados a modo de cartografía, arcos óseos y barra futurista. No demasiado grande, suficiente tamaño para que la presencia de parroquianos no desvirtúe el halito cinematográfico y de pesadilla. Abandonamos la ensoñación, infantil cuando se requiere, y bebo un refresco light de la carta para contribuir al negocio, muy asequible en contra a los precios que solemos encontrar en estas tierras, donde predominan cafés y el té frío. No hay música, ni en mi cabeza ni fuera, algo de austeridad nunca es desaconsejable.
Osario, de cartón piedra, pero osario.
Suelos del Giger Bar
Una copita

Tras tomar las fotos que satisfacen mi vis narcisista y recordando los años deseando poder palpar con las manos el tenebroso trabajo de este magno jeta que es Giger, decido cruzar la acera y entrar al museo de uno de los grandes putero-cubateros góticos de la historia moderna.

Hablemos de #1, entonces. La vida sin ella cerca me ha resultado tan horrorosamente cabal estos meses que por momentos he pensado que iba a perder los estribos en esta balsa de normalidad. A fecha de hoy son otras personas las que la ven salir a dormir con su colchón a la terraza, o las que presencian la explosión de sus maletas en el centro de su habitación cada vez que vuelve de viaje. Por fortuna su infranqueable convulsión vital sigue tiñendo de sorpresa y estrógeno todo aquello con lo que entra en contacto, y además por lo que a mi respecta el filtro de la distancia otorga un cariz mucho más razonable y divertido a sus aventuras.

En efecto, una vez superado el doloroso trance de la separación, he conseguido adiestrarla para que me vaya enviando breves informes acerca de su estado mental, sus anhelos y sus encontronazos con el sexo opuesto. Periódicamente estoy recibiendo noticias suyas, cosa que me suele llenar de curiosidad, estupor y alegría (¿por que no?) a partes iguales.

Para quienes no sepan de quien hablo solamente diré que #1 es una antigua compañera de piso con un perfil psicológico extremo, una mujer de intensidad suprema, con los sentidos mutados para funcionar a máximo voltaje durante todos los minutos de su vida. Un ser mágico, extraordinario e irrepetible, en definitiva.

Retomemos, pues, la historia donde quedó. Tras múltiples y azarosas desventuras finalmente abandonamos el barcelonés ático de Sants, no sin sudores y sufrimientos varios, todo hay que decirlo. Él ultimo mes fue un infierno de broncas con la dueña de la inmobiliaria, cuyas antipatías #1 gracilmente reconducía sobre mi condición masculina, avivando una ira en mi interior contra su persona que nunca creí ser capaz de generar contra ningún ser vivo. Su estrategia era hacer frente común contra Acelga (llamemos así al malvado ser), y así la ejecuto incansable durante semanas alimentando mi cabeza con elucubraciones infinitas hasta el punto de convertirse en una olla a punta de reventar.

A su misma vez la galleguita RHW y sus cimbreantes caderas sembraban de despropósitos la estancia, argumentando indiscriminadamente que lo mejor era atrincherase en casa y esperar a que la policía nos desahuciara, o directamente hacer destrozos en el hogar por el valor de la fianza que nos habían de devolver. Su novio guardia civil, como buen español, solía pararle los pies a base de bravura y temple. #2, la alemana fan del chocolate apelaba levemente al sentido común, aunque seguíamos sin entender exactamente lo que pretendía decirnos (no será necesario recordarles a ustedes su nula capacidad de aprendizaje de castellano, y eso que llevaba 3 años trabajando en un despacho de arquitectos en La Rambla de Catalunya), así que le sonreíamos, le dábamos chocolate y siempre parecía calmarse.

Y lo de # 1 era ya totalmente excesivo, alcanzando paulatinamente cotas de agitación más salvaje a cada día que pasaba. Acelga esto, Acelga lo otro, Acelga, Acelga…cada vez que oía su nombre expulsaba azufre por las orejas y desesperación por la boca. Y seguían sumándose noches en vela con la cara de Acelga presidiendo todas y cada una de su pesadillas, y por ende todas y cada una de las mías, claro esta. Y claro, con esos previos tan explícitos el momento del encuentro entre Acelga y un servidor a la hora querer devolver las llaves y firmar el preaviso de abandono, fue tan abrupto, tan gratuitamente violento, que la cosa se me fue de las manos, y tras echarla de casa de malas maneras (al fin y al cabo todavía era mi casa) decidí rendirme de una buena vez haciendo lo que hubiera hecho cualquier otra persona con un mínimo de sentido común hace ya tiempo: huir de allí, lejos de esas personas lo más rápidamente posible.

Si. No podía mas, así que jurando que nunca mas volvería a depender de una mujer que no estuviera en sus cabales, y arrastrando mis enseres, mi camastro y mis camisas de trabajo fuera de aquel infierno, fui a dar con mis huesos, triste y aturdido, en el que vendría a ser mi nuevo hogar desde aquel momento.

En mi nueva guarida un señor lleno de pelo dormitaba en el sofá y veía fútbol todo el tiempo, mientras que otro, un montañés natural de Parla me daba charlas ecologistas o interrumpía películas de la tele poniendo un casete con canciones de Labordeta, que además cantaba en voz alta y acompañaba dando palmas. Esto a la vez que los demás intentaban escuchar la película o simplemente pretendían dormir. Lo más natural del mundo, vamos. Y todo esto era bueno comparado a cuando optaba por cagar con la puerta abierta, cocinar 2 kilos de garbazos o extender sus útiles de monte por todo el salón (crampones, piolets, bicis de montaña..).

Evidentemente no tardaría en echar de menos mi vida anterior.

Intentaba abstraerme leyendo X-Men o libros de autoayuda, pero era evidente que la casa no olía bien, que no había ropa interior bonita en el tendedor, y que los acontecimientos iban a ser totalmente predecibles mientras esos animales siguieran allí. La opción parecía ser más que evidente: mis horas estaban contadas en esa ciudad. Debía abandonarlo todo de verdad y empezar de cero en otro sitio.

Una sola vez más vi al germen de mi desasosiego antes de abandonar Barcelona para siempre. Aquella mañana de Junio, en la boca del metro de Badal, #1 y yo quedamos para despedirnos, y para que me devolviera mi fianza. Yo tome un café, y ella desayuno un cacaolat. Llevaba unas largas uñas postizas, con las que seguramente evitaba arrancarse las cejas, y aparecía serenamente bella, efecto probablemente causado por una tremenda sonrisa llena de dientes, el sujetador con relleno, los taconazos y la sombra de ojos. Como eran las 7.30 de la mañana no quise buscarle mas significados de los que probablemente tuviera aquello, recogí mi pasta y tan rápido como pude abandone la ciudad.

Esta fue la última vez que la vi, pero por fortuna no fue la ultima que supe de ella, desde luego que no. Quien este interesado ya sabe donde podrá encontrar el siguiente capitulo.

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