En verdad me sorprende que a pesar de lo caprichosa, infantil y voluble que pudo llegar a ser Marilyn Monroe, y dentro de lo etéreo de la circunstancia en la que esta última sesion de fotos tuvo lugar, accediera sin mayores reparos a mostrar su cuerpo, el de una mujer de 36 años al natural y sin retocar.

Una habitación de hotel durante tres días regados de pétalos de rosa y champán fue el escenario; un fotógrafo sin aliento, Bert Stern, deseoso de poseer a su modelo el autor de la misma; unos pocos días antes de su fallecimiento, el momento en el que tendría lugar.

Mas de 40 años después muchas de aquellas imágenes verían la luz en un libro publicado por la Editorial Electa bajo él titulo de “Marilyn, La ultima Sesion”. Entre ellas encontramos una inusual ofrenda de sinceridad.

Aunque en 1962 siguiera poseyendo una belleza descomunal, y su fotogenia trascendiera todavía las habilidades de cualquier fotógrafo, ni estaba delgada ni podía ocultar las huellas del paso del tiempo en el rostro o en el contorno de sus ojos. Su poder de seducción seguía traspasando límites que el resto de mujeres probablemente ni supieran que existían, y de hecho, aparte de 4 o 5 más que notables películas, su mayor talento siempre fue ese: despertar en los hombres un contradictorio sentimiento paternal envuelto en una desenfada furia de naturaleza completamente sexual. Sus curvas, sus contoneos, su mirada inocentemente miope explotaban en el bajo vientre del género masculino mucho antes de percatarse este siquiera no ya de su deriva emocional, sino de su desamparo y necesidad de cuidados. Su voluptuosidad lo eclipsó todo siempre.

Pero más allá de este tipo de consideraciones y volviendo a las imágenes que nos ocupan, lo que hace que un escalofrío de verdad recorra nuestros enjutos cuerpecitos rockeros, lo que hace que nos sintamos como auténticos voyeurs de saldo es esa tremenda, esa obscena cicatriz en el vientre, resultado de algo tan trivial y poco glamouroso como una operación de vesícula.

La cicatriz, reciente aun, llama tanto la atención como la perenne sensualidad de esta muchacha de campo que no podía evitar turbar al género masculino, aun cuando se propusiera no hacerlo. Una herida bajo el corazón, grande, asimétrica y nada sexy, y que parece que uno trate de evitar sin éxito alguno cada vez que recorre la imagen. La foto es hermosa, pero al final la marca esta ahí, dolorosamente presente como una huella del infortunio grabada en la carne.

A pesar de todo, ella luce espléndida una vez más, inocentemente carnal y terriblemente sola. Dos mundos en una misma imagen: la materialización del deseo hecho mujer por un lado, y una cicatriz inoportuna como prueba de su humanidad por otro.

Hubo más instantáneas en esta sesión, mágicas también, crepuscularmente premonitorias, pero sin la carga trágica de estas tremendas confesiones que terminaron de desnudar el alma de uno de los mitos cinematográficos favoritos del centauro desde que éste fuera un niño.

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