Mundo Irreal


En mi primer encuentro con el Capitan Ahab contaría yo 9 o 10 años. Hoy, bastante tiempo después tengo presente aquel dia como si hubiera sucedido ayer mismo. Mi padre me llevo a un Cineclub a ver Moby Dick, la película de John Houston, que antes de esto ya fue, y sigue siendo a dia de hoy, una grandísima novela. De niño, el hecho de ir a ver una película ya era un evento de gran dimensión, y por lo que me había anticipado mi progenitor la idea del mar, las ballenas y todo aquello todavía lo convertían en algo mas excitante.

Mirada torva

Al verla de nuevo, en edad adulta, después de un duro dia de trabajo, y experimentar de nuevo la febril seducción que Ahab ejerce sobre toda la tripulación de ese barco, el PEQUOD, y al entusiasmarme otra vez ante las imágenes del hombre tratando de dominar algo ingobernable, me sentí de nuevo como un chavalin que acaba de descubrir algo importante, y que aun no es capaz de explicar por qué es importante. Recuerdo a la perfeccion la emoción que me produjo esta  historia, y sobre todo recuerdo la figura del capitán, con su pierna de marfil y la mirada siempre perdida, escrutando el horizonte en busca del demonio blanco.

A la caza

Porque dudo que en aquel entonces encontrara algún significado en los soliloquios de Gregory Peck, en la arenga de Orson Welles subido a ese pulpito con forma de barco, o en la épica de la lucha del hombre contra las fuerzas del mal. Para mí la cosa iba de unos señores que querían cazar a un animal grande, y todo lo demás eran aderezos para la historia. Las cicatrices de Ahab, y el drama de su obsesión estoy seguro de que como mínimo llegarían a inquietarme, pero no eran lo mas importante. Lo importante eran los hombres remando en las barcazas, la sangre, el ruido del mar y las olas….También recuerdo con una claridad meridiana la señal que se daba al avistar una ballena: “Por allí resopla!!!, Por allí resopla!!!”. Los meses siguientes yo solía gritarlo por casa cuando me venía bien, imaginando, por supuesto, que manejaba un barco de tamaño grande, y que el horizonte no era el campus universitario zaragozano de los años 80 que se veía a través de la ventana, sino un océano de olas atemporales que yo gobernaba a placer. Fue un guiño común en mi hogar durante muchos años, el gritar de repente y sin venir a cuento…”Por allí resoplaaaaaa!!!!”

Peligro

Quedan en mi memoria las imágenes de la caza de las ballenas, con esos botes amarrados a los arpones clavados en el lomo de la presa, y con hombres cayendo al agua. Y queda claro tambien que hoy la entiendo mejor, pero no la encuentro mas fascinante que entonces. La locura, la obsesión y la epica de la lucha del hombre por conseguir cosas absurdas como subir grandes montañas, cazar animales gigantes o intentar conquistar el mundo ya despertaban una atracción llena de empatía en mi infancia, y hoy suponen un extra de motivación a la hora de afrontar cualquier historia de ficción. La lucha del hombre por dominarlo todo: probablemente el tema más universal de todos, y del que esta sórdida y opresiva película me daría la primera pista solo con 9 o 10 años.

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La protuberante Janet Leigh apenas protagonizó un par de momentos de verdadero poder fílmico. Uno de ellos es el perverso secuestro a manos de una banda de Mexicanos malos en que escuchan Rock n’ Roll en Sed de Mal. Estos chicos malos la encierran en un motel de carretera, la drogan y la machacan psicológicamente, mientras ella reposa a la fuerza con su salto de cama, incapaz de hacer nada más que aguantar y conservar el busto irremediablemente embutido en un fascinante modelo de lencería de los 50.

El otro momento memorable, vino de la mano de otro gordo con talento, y es la famosa escena protagonizada en la ducha de otro motel, regentado en este caso por la familia Bates. Tampoco le daremos mucha mas cuerda al asunto, las fotos hablan por si solas.

Vista hoy, lo mas curioso de la película desde luego resulta la explicación “medica” de los ultimos cinco minutos respecto al problemilla de Norman Bates, que supongo que ayudaría al publico de hace 50 años a quitarse de la cabeza la idea de que Hitchcock era un aberrado y un degenerado con ideas asquerosas en la cabeza.

Gran parte de verdad hay a ese respecto, pero por lo demas, Psicosis sigue manteniendose ejemplar a nivel narrativo, y con una capacidad para inquietar intacta, tremenda.

En cualquier caso, aquí tenemos a Janet Leigh en todo su esplendor.

No importa que dos personas no hayan convivido en el tiempo, ni que por la más remota de las causalidades sus caminos jamás se hayan cruzado. En realidad esto es más una cuestión de fe para el lector que otra cosa. Para quien lo quiera creer Traci Lords e Ingrid Bergman tomaron café juntas en 1985, y esto es lo que se contaron:

-Hola querida!!

 

-Hola guapetona!! Siéntate, anda, que ya he pedido un cafecito para las dos. Como va todo?

 

-Muy bien. Salgo hoy con un poco de agujetas del rodaje, pero vamos que tampoco me quejo. Me han tocado un par mocetones recios y vigorosos, y al principio he sentido bastantes ganas de tocarlos y de todo eso, pero nada oye, después se me ha desinflado todo el entusiasmo. De verdad, antes creía que si, que siempre podía haber amor verdadero durante 20 o 30 minutos, lo justo para exprimirlo hasta la ultima gota y para agitar el espinazo con ganas y tal, pero últimamente la cosa es bastante rutinaria. No se, creo que estoy un poco desmotivada.

 

-Vaya, siempre se te ha visto hacer las cosas con esa ilusión… Supongo que no deja de ser repetir una y otra vez la misma escena. De todos modos, por lo menos tú haces algo de ejercicio. Yo, con esta traza tan recatada y monjil que me han traído los años si que lo tengo difícil para sudar las sabanas en el trabajo. De joven tenía un aire misterioso que me daba mucho juego, pero ahora ya me queda poco de aquello. Creo que no aceptaré mas papeles de misionera ni de nada que se le parezca. Si soy ya casi abuela, madre mia.

 

-Bueno, si te animaras a seguir mis pasos serias la madurita con mas clase de todas! (Risas).

 

-Mira que eres descarada.

 

-Bueno, no le des importancia porque es que ahora mismo vivo de eso. En mi caso lo que me falla son los guiones, que la verdad es que no hay por donde cogerlos.

 

Sacandonos partido.

-Si, pero en cambio has conseguido elevar a una categoría digna un comportamiento sucio, obsceno y amoral. Ese hedonismo extremo, reconvertido en entrega animal y en chillidos tan salidos de tiesto, porque hay que ver lo que gritas, hija, a mí me inspira mucho. Y bueno, no te olvides de que estas dando lecciones prácticas sin haber cumplido aun la mayoría de edad. Mas de uno de tus compañeros se llevará las manos a la cabeza dentro de un par de años, cuando prohíban tus películas por haberlas hecho tan joven.

 

-Ja, ja. No veas. Unos cuantos acaban en la trena seguro. De eso me encargo yo, que aqui hay mucho aprovechado.

 

– Que desagradable, ¿no?

 

– Bueno, en realidad tampoco es para tanto. Ya sabes que a mi me gusta exagerar en casi todo. Yo ya frecuentaba los asientos traseros de los coches de todo el equipo de futbol a los 13 años, bastante antes de meterme en el cine, y además a mi siempre me ha gustado el sexo sin darle mucha vuelta al asunto. El sexo fuerte y también el rock, eso es lo que nos gusta a las actrices porno. Lo complicado fue falsificar los papeles para que me dejaran rodar, pero de chicos la verdad es que ya sabía un rato largo. Lo que no tenía tan trabajado era la compañía femenina, pero entre Christy Canyon, Ginger Lynn y alguna ovejita descarriada mas, la verdad es que han conseguido que la cosa funcione estupendamente. Bueno, que me desvío del tema, que venía a ser que creo que mi carrera parece no ir ya a ningún sitio y que de verdad no se que hacer,

 

-Pero si eres una artistaza!!!! Bueno, ya me entiendes. En lo tuyo, pero una autentica “mujer zafia” de las que gustan a la gente de bien.

 

-Si, si pero es que a ti te brillaban los ojos pero de verdad en la secuencia final de Casablanca, y eso es algo que no estará jamás a mi alcance si no salgo de esto. Alguna vez me han saltado las lagrimas en algún rodaje, pero no era de la emoción sino porque hay unas cosas que no caben dentro de otras, y entonces duele. Ya sabes, vamos.

 

-Y tanto.

 Posamos cada una con nuestro estilo

-Y vale, como soy una profesional, si me tengo que meter lo que sea a la boca y no me apetece lo suplo con entrega y con mucha ilusión, como decías tú antes, pero sabiendo que ninguno de los capullos que ven mis pelis reconocerán nunca saber quien soy. Aunque sean gente de bien. Tú, en cambio, has hecho padre a Roberto Rosellini, has trabajado con Hitchcock tres o cuatro veces, y te has refrotado con Cary Grant o Gregory Peck, aunque la cosa no llegara a mayores…

 

-¿Que no? Que te lo crees tu eso…

 

-…

 

-…

 

(Risas)

 

-¿Me lo dices en serio?

 

-¿Pero tú que te crees? ¿Que solo las actrices porno pueden hacer guarradas?

 

-Ay calla, boba!!. …O sea que esa obra de arte que es ese beso interminable y absolutamente demoledor con Cary Grant en Encadenados seguramente…

 

– Acabó como imaginas, en un rincón oscuro del plato con Cary a medio desvestir, y conmigo al borde del vahído. Fue fantástico.

 

– ¿Y hasta con Bogart?

 

-Con casi todos!!! Y con Humphrey también. No era John Holmes, sino más bien discretito, y además tenía malas pulgas, pero chica, luego se ponía con el tema y en fin, solo de pensarlo me ruborizo. Un figura.

 

– Y encima un caballero!!

 

-Pues no, un caballero era Rick en su Café Americain. Humphrey tenía un poco menos de señorío y ya te digo que era menos atractivo, pero de verdad que luego en la intimidad era como un tigre. Tus partenaires si que han sido siempre un poco mas cutres,¿verdad?

 

-Bueno, Peter North tenía, ya sabes, mucha capacidad. (Risas). Esa era su gracia. Paul Thomas era un poco garrulo, pero de buen corazon, y seguro con un corte de pelo razonable tendría mejor aspecto. Hasta yo ltendría mejor aspecto, todo sea dicho, pero el encanto de los crepados imposibles y el desconocimiento de la depilación extrema también le dan un encanto mucho mas veraz a lo que hacemos, ¿no?

 

-Totalmente. Parece mucho mas real, pero no te pienses que en mis tiempos eran muy distintas las cosas. Bueno, calentadores, hombreras, laca y eso no, pero lo demas era natural del todo!!

 

-En mi caso es lo que hay. Ya habra tiempo de destrozarse cara y cuerpo con cirugías varias. Ahora mismo soy producto ecológico 100% (Risas). Y bueno, a John Holmes ya lo he pillado de bajona, con el SIDA que se lo llevará pronto por delante, pero chica, tiene un cacharro tremendo se mire como se mire. Y te hablo siendo consciente de que aquello no se pone en pie ya ni con pases toreros de pecho. No es que sea muy listo, esto que vaya por delante, pero siempre merece la pena estar cerca de algo extraordinario. Bah!, no son mala gente. De hecho creo que de puro vulgares incluso resultan entrañables. En el fondo son unos pardillos. Vienen, le dan un rato al asunto y se van a casa contentos. La verdad es que rockean bastante.

 

Tracy Doll

– Ay corazón, a mi eso de rockear me queda un poco lejos. Bueno, el bruto de Ingmar Bergman le daba bastante al metal y a la sodomía en las pausas del rodaje de Sonata de Otoño, e inlcuso la petarda de mi hija esta preparando ahora mismo un papel un poco extraño con un director joven un poco rarito. David Lynch, creo que se llama.

 

-Te refieres a Isabella?

 

-Si. Isabella. Me ha contado un poco de que va la película y no se, me parece un poco pasada de rosca. No lo llamaría rockear porque a su personaje lo violan y le pegan durante la peli, y la historia comienza con una oreja que aparece en un jardín. Yo le digo que haga comedia romántica, pero no me hace ni puñetero caso. Yo estas nuevas modas las veo un poco raras, o igual es que me hago mayor y no estoy para según que cosas..

 

 Clase a raudales

– Bueno, yo te sigo viendo bien.

– Pues yo no te digo como te veo a ti…

– (Risas)

-Oye, esta noche pensaba darme un baño de espuma gigante, con velitas y una copa de vino, pero es que mi bañera es tan grande que me da un poquito de miedo no saber salir sola después. Igual un poco de ayuda me iria bien.

 

– Voy pidiendo la cuenta.

 

En un último acercamiento al asunto que nos ocupa podremos comprobar que por fortuna no todo viene teñido de negrura, enfermedad y violencia, y que toda esta circunstancia descrita en las dos entregas previas deviene como consecuencia de la incapacidad del ser humano para encauzar sus conflictos de manera ordenada. Quizás incluso pudiera hablarse simplemente de una debilidad mal gestionada. Lo que sea, da lo mismo.

 

Lo que sí es más que cierto es que para llegar hasta ese punto en que como consecuencia de pasarse con el alcohol se pierden conciencia y maneras, se habrán dado de forma previa motivaciones mucho más mundanas y racionales, y que responden a una comprensible necesidad del individuo de evadirse de la realidad (o de vivirla con mas intensidad) con un carácter esencialmente lúdico.

 

Al fin y al cabo la bebida se ha definido desde siempre como un lubricante social, como una manera más de rebajar tensiones y hacer mejor la vida de las personas. Y así, de esta guisa, se ha querido tenerla también presente, llegando a otro de los puntos más frecuentados en la ficción cinematográfica: el que desemboca en desenfreno desatado y la felicidad absoluta de los seres humanos.

 

Y para muestra, un botón: El Guateque, una de las primeras obras conceptuales de las que hay constancia. La historia es conocida: una reunión en una casa de gente del mundo del cine, con bossanovas, elefantes, espuma, piscinas, un delicioso regusto fashion sesentero y Peter Sellers interpretando a Hrundi, un hindú metepatas, entrañable y abstemio. Las razones para evitar la bebida se ven rápidamente justificadas, en cuanto prueba algo que no debe y gracias a su inabarcable torpeza desencadena una autentica catástrofe de disparatadas consecuencias.

 

Hrundi, seductor

 

Obligatoria la mención al camarero mas desfasado que hayamos podido ver en una pantalla de cine. Uno de los personajes con menos líneas de dialogo y más copas de champaña devoradas, que yo recuerde. Entrañable su empeño en salir con vida de entre las fuentes y artilugios automáticos y ultramodernos de esa infernal casa de principio de los 60 con una borrachera monumental que, claro esta, le impide el normal desempeño de su trabajo. Obra maestra.

 

El elefante lo lavamos en la piscina!

 

No menos espectacular resulta la modélica y ejemplar “fiesta de apartamento” celebrada en Desayuno con Diamantes. A saber, un piso diminuto abarrotado de gente en estado de ebullición, y una divina Holly Golightly que, aun escondiendo un perfil frágil, errático y lleno de neuras, vive entregada a la fiesta y la noche en una desconsolada huida hacia delante. La muchacha celebra en su apartamento una reunión que supera todos los límites de entrañabilidad conocidos, y que se destaca como la fiesta más chic y desenfadada de todas las que hayamos visto en una pantalla. Un divertimento para los ojos, sazonado siempre por la irresistible sonrisa de Audrey Hepburn, que ilumina la pantalla con su copa de champaña y su cigarro de boquilla larga.

 

El alma de la fiesta

 

Dentro de esta misma vertiente hay otros momentos menos glamurosos pero igual de importantes para la gente de nuestra generación. Por ejemplo, la fiesta toga organizada por John Belushi y sus compinches en Desmadre a la Americana, o la Despedida de Soltero con burro y todo que se monta Tom Hanks, que vienen a representar un concepto de fiesta en bruto, sin pulir y mucho menos sofisticada, pero muy divertida también. Al fin y al cabo son momentos llenos de gente felizmente desencajada, con las facultades distorsionadas o simplemente haciendo el cafre. No son, en realidad, historias centradas en el alcohol, pero si que son muchos los momentos en que los personajes se pasean con sus combinados en la mano como si fuera lo mas natural del mundo. La fiesta es la protagonista, con esa improvisada explosión de empatía entre seres humanos que llena de sonrisas una sala de cine, y de vasos vacíos la barra del bar o el suelo del apartamento.

 

Bluto Blutarski, un estudiante americano

 

Las dos películas tuvieron un peso especifico importantísmo en la ingente saga de peliculas de hermandades con fiestas que se salen de madre que se hayan podido ver despues, y Bluto Blutarski en particular ha sido un referente permanente que nos ha inspirado a muchos a proponer una fiesta toga a la minima ocasión que se presentaba.

No querría dejar de citar, a modo de colofón y en el grupo borrachos entrañables, a un inmenso Bogart, completamente feliz con sus cajas de botellas de ginebra en La reina de África hasta que aparece la monjil Kathrine Hepburn para sacarle de sus toscas costumbres de solterón y meterlo en vereda; o a la ruda pareja de hombretones (Wayne y McLaghlen) que arreglan sus diferencias a bofetadas en El Hombre tranquilo para acabar, como no, abrazados borrachos y dando tumbos por los prados irlandeses mientras le cantan a la luna. Los irlandeses suelen emborracharse como animales, eso ya lo sabemos todos, pero creo que en el fondo saben lo que se traen entre manos.

 

Combustible para La Reina de Africa

 

Mención de honor, para concluir ya, la que se lleva James Stewart en El Invisible Harvey. Nada como alimentar la imaginación desde un hueco en la barra del bar. Con eso y, claro esta, la inestimable compañía de un conejo gigante (de dos metros, nada menos) que le acompaña toda la película, es mas que suficiente para ser feliz. El conejo por supuesto es invisible, y cuando habla solo lo hace con él, así que al final no queda claro si le esta tomando el pelo a todo el mundo o si de verdad hay un roedor gigante guardándole la espalda. Lo que sí esta claro es que son escasos los minutos de película que Stewart se pasa sobrio. Encantador es poco.

 

Mi amigo Harvey.

 

Ejemplos en el tintero se quedan montones, y darían para llenar un Popu entero, así que de momento dejaremos para otra ocasión a figuras heroicas como la de Tom Cruise en Cocktail (quien no ha gritado a voces en un bar aquello de “¿Queréis un poema???, ¿¿Quién quiere un poema??”), o Bogart (de nuevo él, borracho!) en Casablanca llorando desamores pretéritos. Hemos repasado varios de los más turbios y desenfrenados momentos del universo del cine de los últimos años, y ahora ya estoy sacando la botellita de la cubitera y me dispongo pasar a otros menesteres.

 

A la salud de ustedes, por supuesto.

Continuamos con nuestro repaso por el mundo de los tragos de cine, deteniendonos en en esta ocasión en elgunos de los numerosos iconos forjados a base de encerados amígdalas con destilados, y en que por ejemplo, el viejo Oeste, virgen y agreste, ha sido un lugar idóneo para que muchos protagonistas dieran rienda suelta a sus conflictos y frustraciones, vaciando botellas de turbio contenido sin contemplación alguna.

De qué otra manera si no llegaría John Wayne a quemar su propia casa en un arranque de furia incontrolada, cuando James Stewart, un hombre debilucho y que pasa el día entre libros de leyes, le arrebata la chica de la que se ha enamorado en El Hombre que mató a Liberty Valance.

                                              John Wayne, para poca tonteria

El villano del filme, un ser malvado y amoral, arrastra un garrafón de vaya usted a saber qué brebaje mientras azota con su látigo todo lo que encuentra a su paso, y hasta el mismo redactor del periódico local, Dutton Peabody, clama al cielo por una cerveza argumentando que en verdad eso no es una bebida alcohólica. El choque entre la civilización y el orden, encarnados por el abstemio Stewart, contra la faceta mas salvaje e individualista del ser humano representada por los poco diplomáticos y dueños de sus propios codigos de honor Wayne y Marvin resulta un conflicto de verdadero interes.

                                                     Liberty Valance

También Ben Johnson, Ernest Borgine o William Holden nadan en alcohol en gran parte del metraje de Grupo Salvaje. Antológica es la escena en la que revientan a tiros unas grandes cubas de vino y se duchan en una lluvia violeta rodeados de prostitutas mexicanas. En esta película se bebe y se bebe. Los protagonistas se beben la vida, y curiosamente ríen sin parar si no están atracando un tren o matando a gente. Parece que unos tragos de la botella es casi lo único que pueden compartir en un mundo en el que ya no encajan.

                                            Grupo Salvaje, a por todas

Muy de Peckinpah lo de la poesía crepuscular, ya se sabe. Igual que cuando James Coburn y Kris Kristoferson se retan en un polvoriento cara a cara, desafiando al pasado con una botella y un par de vasos mediante en Pat Garret & Billy the Kid.

Muchos de los westerns clásicos están trufados de borrachos carismáticos y electrizantes, como Dean Martin o Robert Mitchum, que dieron vida al mismo personaje en Rio Bravo y El Dorado respectivamente, y que representan de forma elegante la imagen del hombre y su cruz. Su pasado alcohólico les convierte en objeto de mofa y humillación por parte de sus antagonistas que, claro esta, también le dan a la botella sin ningún tipo de miramiento. Al fin y al cabo, no saber beber dice bien poco de un quien se quiera llamar a sí mismo un hombre, y bueno, en definitiva ambos dos terminaran luchando con su problema de la forma mas digna posible y tratando de que las cosas sean como deben ser.

                                              Dean Martin dice: Hoy no!

Incluso el mismo Clint Eastwood de Sin Perdon, padre de familia y abnegado cuidador de cerdos, decide invocar al otrora asesino despiadado que fue en su juventud cuando alguien hace algo que le molesta mucho. Y lo hace lanzándose a por la botella, desatando un apocalipsis que se había venido posponiendo durante la primera hora y media de metraje.

Ejemplos los hay de sobras, y más en un género como este, tan proclive a la estampa legendaria, a la épica del desierto, de la violencia y de los hombres hechos a sí mismos, y que se ve perfectamente engrasada por el consumo de alcohol, convertido en un personaje mas de la función. Beber Whisky es tan importante como llevar pistola o sombrero, un elemento perfectamente asimilado a un universo tan plástico como salvaje. Así se definieron estos parametros tan masculinos, y así los hemos disfrutado nosotros años después.

Existen, en cualquier caso circunstancias mucho más difusas, y que se alejan de los arquetipos icónicos para acabar naufragando en aguas verdaderamente pantanosas. El ser humano también puede caminar entre brumas, y la cámara lo aprovecha y lo digiere como parte del show. Podría uno pensar sin ir mas lejos en un Martin Sheen, borracho como una cuba en Apocalypse now, sacado a rastras de un camastro con las manos ensangrentadas en una escena en la que no hay labor interpretativa alguna. En verdad Sheen estaba completamente fuera de si, y a Coppola le vino de fábula para darle una vueltecita de tuerca más a la historia.

 

                                                                    Brumas 

 

Liz Taylor y Richard Burton, copazo en mano, hacen un autentico simposio sobre el reproche y el rencor en Quien teme a Virginia Woolf, calcadito, por cierto, al que practicaban en su tormentosa intimidad. Y bueno, Bogart se confundía a partir de medio día con su propio personaje, justo cuando abandonaba la sobriedad y empezaba a comportarse como se esperaba de él. Y como él muchos otros, que necesitaban combustible para echar a andar y poder sostener un personaje dentro y fuera de la pantalla, delante o detrás de las cámaras.

 

                                                                       Grita!

Sam Peckinpah fue un gran impresentable, borracho y violento, como su cine. John Houston fue un vividor aventurero. Una Ava Gardner de conocidas tendencias canallas se acostaba con toreros después de cerrar todos los bares de la noche madrileña. Peter O’toole cosechó una fama de bebedor equiparable a la de su talento como actor. El mismo Errol Flynn, que como todo el mundo sabe, tocaba el piano con un cigarro en una mano y una copa en la otra, acabó sus días destrozado por la bebida, así que tampoco hace falta extenderse más. Es evidente que a menudo los artistas del celuloide caminan por el filo, de igual forma que nosotros podamos hacerlo en nuestro anonimato.

                                                           Viridiana. A cenar

Y si, es cierto que también se ha explotado con intensidad la imagen de la vergüenza y la falta de decoro con miradas, como mínimo, poco ortodoxas: la dulce Shirley McLaine, por ejemplo, es abofeteada sin compasión para ser rescatada del coma tras un intento de suicidio por ingesta de pastillas y alcohol en El Apartamento, en una escena sorprendentemente seca y poco complaciente con respecto al tono en que se venia desarrollando la historia. Y desde películas como Trainspotting o Drugstore Cowboy, en donde los yonkis beben para no drogarse (o porque ya están drogados), hasta Viridiana, en donde una cuadrilla de mendigos desagradecidos da cuenta del mejor vino de la casa que caritativamente les acoge para acabar blasfemando, robando y matándose entre ellos, ahí tenemos al alcohol, como infalible catalizador de la miseria humana, desatando toda la furia contenida de los protagonistas y dejando sus almas a merced de los impulsos más primarios.

“Eh!!, que yo no soy ningún alcohólico!!! Que si quiero también puedo beber en mi casa.” Esta delicadeza le espetaba un borracho a otro en una película que destacaba únicamente por esta gran frase. La botella y la adicción que genera, las fiestas, la descomposición de las formas, la euforia o la vergüenza son solo algunas de las incontables manifestaciones de las bebidas espiritosas en el ser humano, y el cine, como no, ha resultado un espejo idóneo para casi todas ellas. De ahí que boutades llenas de intención como la que abre este párrafo estén ya perfectamente integradas en la rutina cinematográfica.

Partiendo, pues, de tan sencilla premisa se pretende desde aquí rescatar unos cuantos títulos, sin mayor objeto que el de tenerlos todos juntos y ordenados de forma totalmente arbitraria. Por eso empezaremos trazando una primera vertiente más seria, o más “oficial” si quieren, que se irá transformando con el paso de los años y la llegada de nuevos géneros y autores, y que nos permitirá transitar posteriormente lugares menos comunes, pero no por ello exentos de interés.

Días sin Huella

Probablemente ya hubo quien hablara de todo esto con anterioridad, pero a buen seguro que la tópica historia de descenso al infierno de un alma humana empeñada en tocar fondo, no estaba tan manoseada cuando Billy Wilder encarnó en 1945 a Ray Milland en un ser débil y mediocre en Dias sin Huella . Ahí quedó plasmada la paulatina pérdida de amor propio del protagonista, aparte de una de las primeras representaciones en pantalla grande del temible Delirium Tremens, con animales de pesadilla asediando al protagonista en la cama de un hospital del que acabará huyendo a escondidas, como una rata. Esta circunstancia, entre múltiples apuestas más por la destrucción de la dignidad y la honorabilidad del personaje, jalona una historia netamente urbana y dolorosamente trágica.

Una delicia sólida como un puñetazo, vaya, y que dará protagonismo por fin a la figura del alcohólico y a su problema de manera relativamente realista, profundizando en sus conflictos y en sus miserias, e invitando al espectador a ponerse los zapatos de un perdedor antipático y mediocre que se sostiene, tambaleante, gracias a la generosidad de quienes le aman de manera incondicional.

Ray Milland

Otro referente claro es la agridulce Dias de Vino y Rosas (1962), en un poco común registro para lo que conocemos como cine de Blake Edwards. El hecho de que la hiperexpresividad y entusiasmo de Jack Lemmon estén presentes en el comienzo del filme no evita que la inicialmente alegre relación del trío (“la botella, tú y yo”) degenere inevitablemente hasta el punto de abandonar Lemmon la nave, dejando que Lee Remick se estrelle sola si lo desea en su propia espiral alcohólica.

Después de una tropelía de humillaciones mayores y menores terminara él por despedirla a la luz de los neones de un bar, en un final tibio aunque con algo de esperanza. Y resulta muy de agradecer que se nos eviten moralinas paternalistas, y se nos permita seguir con el rigor y la amargura correspondientes esta historia de urbanitas con severas dificultades para mantener un rumbo firme en sus vidas, y sin recordarnos a cada minuto lo malo que es beber demasiado.

Días de Vino y Rosas

Estos dos filmes podrían ser los referentes más “académicos” de la cuestión que nos ocupa, porque inciden de manera directa en el drama del alcoholismo y sus consecuencias. El sufrimiento, la culpa y la falta de voluntad enmarcan las dos historias de manera ejemplar, y definen una línea que ha tenido representaciones posteriores generalmente fallidas, como por ejemplo la facilona “Cuando un Hombre ama a una mujer” o la pretenciosa e irritante “Leaving Las Vegas”, filmes ambos dos que poco o nada aportan a estas alturas, y que se hallan desde luego a años luz de las notables obras de Wilder y Edwards.

Sí que ha habido acercamientos mas recientes en el tiempo, en los que la figura del borracho queda, por el contrario, mucho mejor definida. Independientemente de la habilidad de sus autores a la hora de narrar las historias, filmes como “Barfly (El Borracho)” (1987) de Barbet Schroeder (de cuando Mickey Rourke aun era un actor), o la más reciente “Factotum” (2005), con un sobresaliente Matt Dillon en el mismo papel, repasan la anarquía vital del mugriento Charles Bukowski/Henry Chinaski, centrándose la primera de ellas en la parte más esperpéntica, provocadora y marrullera del personaje, mientras que la segunda enfatiza mas la vis terapéutica y liberadora de la escritura, rociada, claro está, en una espiral de borracheras abrumadora.

Mickey Rourke es Chinaski en Barfly

Si bien la fuerza las películas reside básicamente en las estupendas interpretaciones, es bien cierto también que en ambos casos toda la trayectoria del personaje viene condicionada por el tremendo asco que le produce el universo en estado de sobriedad, lo que le lleva a hacer de la abulia y la visión borrosa su mejor estrategia. El protagonista solo saldrá de su ostracismo para dejar su trabajo y beber hasta caerse, y esto difiere ligeramente de la ortodoxa propuesta inicial de Billy Wilder, convirtiendo a Chinaski-Bukowski no en un enfermo con remordimientos, sino en un escéptico con tendencias autodestructivas que solo quiere perder el mundo de vista el máximo numero de horas posible cada día.

Matt Dillon también es Chinaski, pero en Factotum

Y como no es un enfermo sino un borracho, pues no hay drama, y todo arreglado. Al fin y al cabo a Bukowski también le gustaba airear todas su miserias vaya usted a saber con qué propósito, con lo que tampoco vamos a sufrir demasiado por su personaje.

Lo que si que se descubre en todos los casos mencionados es el rostro mas áspero de la vida en la ciudad, que devora a sus habitantes y los escupe después convertidos en una suerte de despojo resacoso. La gran diferencia que debemos recalcar entre ellos es que mientras unos (Lemmon y Milland) se ven arrastrados sin remedio por su enfermedad, otros (Rourke y Dillon) ejercitan su “desviación” con sórdida despreocupación y absoluta falta de perpectiva vital.

Por fortuna las visiones del tratamiento del problema son múltiples, y más allá de estos ejemplos existen propuestas menos siniestras, o menos realistas si me apuran, que invitan a considerar el papel de las bebidas de octanaje en el universo del cine de forma distinta, y de las que hablaremos en próximas entregas.

 

Sabes, Natalia Nikolaevna Zakharenzo, Natalie Wood, pequeña Natalia, que el mundo esta lleno de injusticias, y que ahogarse en un barco frente Isla Catalina a los 43 años es morir joven, pero que un avatar de esta clase no le quita ni un ápice de embrujo a los años de esplendor que pudiste disfrutar antes de alcanzar una edad difícilmente disimulable en la pantalla grande.

Esa recogida figura tuya, frágil y alejada de tentadoras exhuberancias destinadas a poner a prueba la reaccionaria y engañosa moralidad de manual de los 50’s, sigue haciendo del visionado de algunas de tus películas un autentico placer. Un placer de naturaleza esencialmente pura y desprovista de impulsos de aquellos por lo que seguramente nos viéramos obligados a pedir perdón en un momento u otro.

Bueno, que tu también tenias impulsos, claro, y que ver como ese poderoso deseo carnal era reprimido con dureza por la salvaje moral propia de terratenientes y señores del petróleo Texano de principios de siglo, ese que propiciaba el alivio físico para con sus vástagos con “otro tipo de chicas, tu ya me entiendes”, y que hizo que tu primer revolcón con nada menos que Warren Beaty se viera pospuesto hasta el infinito todavía nos conmueve.

Quizás sea más merito de Elia Kazan que tuyo. Y hablamos de un Kazan menor, todo sea dicho, mas ocupado en organizar su agenda con tino para conseguir hacer una película, engañar a su mujer y llegar a tiempo a casa para cenar sin que nadie se molestase. O mérito de un primerizo Warren Beaty, que en su vida real era capaz de copular con una percha si esta llevaba vestido con escote, y que te llevó hasta la locura en la ficción haciendo que perdieras tu tren y que el Esplendor en la Hierba quedara como un vestigio de una vida anterior, una que fue plena y que ya no lo será más. Aun así tú estabas hermosa, adolescente y llena de conflictos. Carne de taquilla de instituto 100%.

Esplendor en la Hierba (1953)

Y de la engañosa chica mala de Rebelde sin Causa, esa que agitaba un pañuelo marcando la salida en una carrera suicida en la que un chico perdía la vida, ¿qué me dices de esa?. Ahí también tenías problemas de esos de gente joven, porque tus padres eran dos muros de ladrillos con los que no era posible comunicarse, y salías a vagar por las noches, a fumar y a alternar con pandilleros poco recomendables. Y te topabas en comisaría con un Dean reconcentrado y te enamorabas de él, porque además de inadaptado, era sensible y tenia pelotas, y esas cosas os gustaban mucho en los años 50.

La verdad es que no se por que Nicholas Ray decidió rizarte el pelo. Para mi es un error incomprensible, puesto que tu rostro fue diseñado para ser adornado por cabellos lacios, pero bueno, pudiste besar a James Dean, y supongo que eso compensa cualquier permanente desafortunada.

Rebelde sin Causa (1955)

Y Maria, enamorada del amor y de la dentadura de Richard Beymer en West Side Story también tenía su aquel. Una pena que ni bailaras ni cantaras, aunque es bien cierto que los estruendosos números musicales iban poco con tu delicado talle, y que en ellos tu eterna languidez no hubiera encajado jamás. A pesar de todo te reservaron unas cuantas piezas memorables, entre ellas Somewhere y Tonight, y en las que a fecha de hoy, y a pesar de tener que escuchar tu voz doblada resulta imposible separar de tu personaje.

West Side Story (1961)

En esta ocasión la tragedia se cebaba de nuevo contigo, y tú sufrías el infortunio de ser joven y estar en el lugar incorrecto en el momento inadecuado. Menudo sino el tuyo, chata. En Centauros del Desierto de poco se te cepilla John Wayne a tiros por haber sido raptada por los indios, y en Amores con un Extraño de nuevo te ves inmersa en otro drama juvenil al quedarte embarazada de Steve McQueen antes de tiempo. Si es que hasta en El fantasma y la Señora Muir tu madre se enamoraba de un espectro.

Lo tuyo era una desdicha perpetua, aunque uno sigue rezando para que los tenderos sigan guardando tus películas en las estanterías de sus videoclubs, porque brillaste con una fuerza extraordinaria durante una buena temporada, y el hecho de que te fueras a los 43 años no deja de ser una de esas irrelevantes tragedias que jalonan nuestro día a día, pero que en realidad tampoco nos quitan el sueño mientras se pueda volver a ver West Side Story una y otra vez.

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