Sangre en los oidos


Hay pequeños retos a los que merece la pena enfrentarse. Uno de ellos podría perfectamente ser el de lanzarse a la caza y lectura de este curioso diario de confesiones y adicciones acaecidas durante un año completo en la vida de Nikki Sixxx. The Heroin Diaries: A year in the life of a shattered Rock Star, asi se llama el folletín. El hándicap es que ni esta editado en España, ni es posible, al menos de momento leerlo en un idioma distinto al ingles. En realidad tampoco es nada grave.

The Heroin Diaries.

Hay muchísimos puntos de interés en todo el torrente de acontecimientos que describen estas páginas, pero una de las cosas que lo hace verdaderamente atractivo, mas allá de la excelente maquetacion del libro, de la curiosidad que suscite el personaje sobre el que versa (que a pesar de todo derrocha carisma por doquier), o que la banda que dirige represente o no muchas de las cosas que mas nos puedan atraer del mundo del Rock, es la sinceridad aplastante con la que describe todos sus estados de animo, que atraviesa todo el relato de forma incisiva, y que marca la pauta, desnudando sus inabarcables miserias y su desesperante falta de control sobre todo lo que le ocurre en este intenso periplo de chutes y subidones, resacas salvajes, broncas, giras, putadas a Vince Neil o a cualquier otro miembro del equipo etc… Un relato de degeneración física y erosión mental supina, y que demuestra que en verdad Nikki Sixx es un superviviente, porque es un autentico milagro que viviendo de esa manera no traspasara nunca el limite de forma irreversible.

Triunfando en Hollywood Bvd.

De agradecer es la desmitificadora visión sobre los cliches de la estrella del Rock, mostrando, por encima de su imagen de joven y atractivo músico de portadas varias, con una banda que se lo estaba comiendo todo, con mucho dinero en su cuenta corriente y cientos de fans dispuestas a ofrecer sexo donde fuera y de la forma que fuera a cambio únicamente de poder contarlo, muestra por contra, decíamos, una realidad sórdida y miserable, que le mantiene de modo inalterable atado a su camello y a su adicción, atado a amigos tambien adictos como, entre otros, Slash o su pareja por aquel entonces, Vanity, exnovia de Prince y modelo de Playboy, que comparten de modo lacerante y parasitario sus malos habitos. Y todo esto afrontando a la vez a la responsabilidad de sacar adelante la grabación de Girls. Girls, Girls y la gira correspondiente, sumergido en un caos vital total del que nadie parece tampoco muy interesado en sacarlo mientras la maquinaria Crue siga funcionado y generando dinero.

Un año entero sin perspectivas vitales claras, sin motivaciones, sin soportar ni respetar a casi nadie. Un año entero de ciclotimia, deprimido, asediado por frecuentes episodios paranoicos que le llevan a esconderse en los armarios de su casa esperando con una pistola a que cualquiera forzara la puerta, consumiendo de modo kamikaze en todas las formas y posibilidades conocidas, y retando a los limites de su propio organismo con una inconscencia realemte absurda.


Nikki & Kat: La vida es un Tatoo!

O sea, un autentico diario de la vida que lleva un yonki (uno con dinero, lo que al menos le llevaba a hacer el mal por diversión, y no por necesidad), perdido en la rutina de tener demasiado tiempo libre y financiación para los vicios, y sobre todo sin escatimar detalles respecto a la parte mas lúgubre y escabrosa de la adicción a la heroína: sobredosis varias, semanas sin ducharse y sin comer, y dolores varios y generales…todo un cuadro para contar a sus hijos, vamos.

El caudal de anécdotas salidas de madre, e incluso divertidas es más que reseñable, y podemos dar por buena incluso esa querencias a la autocomplacencia y la justificación de sus actos en traumas infantiles de niñopoco querido, que quizá son lo menos interesante de todo lo que se cuenta, pero que se compensan de sobras con la transparencia en el discurso y el aroma a verdad que desprenden de sus palabras.

Totalmente todo!

Porque también es de agradecer que no trate de manipular algo que probablemente fuera cierto, y es que aun sabiendo todos nosotros que no es el tipo mas sociable del mundo, ontoda seguridad en aquellos tiempos este señor fuera no solo un drogadicto difícil de de tratar, sino un gilipollas irrespetuoso integral que se dedicaba a putear a mucha gente solo por que si. Probablemente por sus problemillas con la heroina, la cocaina, el alcohol, las mujeres y el mundo en general, todo sea dicho, pero que en cualquier caso lo cortes no quita lo valiente.

Y es curioso que toda esta mierda choque después de manera tan contundente con la energía y las sensaciones que despiertan su música, que al menos por lo que a mi respecta consigue hacerme feliz (digo feliz de bailar, beber y esas cosas) pero que en verdad se inspira en muchos de los episodios que jalonan el lado mas oscuro y primitivo de su autor. Contradicciones de esas que hacen grande a la gente, ya se sabe.

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Hot Legs


Con un par de piernas fibrosas, colgadas de vestiditos con flecos y encajadas en unos tacones de metacrilato.

 

Un par de piernas negras, brillantes y preparadas.

 

¿Preparadas para qué? Preparadas, y punto.

 

Baby. Baby, Baby Get it on!!!

 

Así es como salgo yo a cantar porque así es como se debe salir a un escenario. Que mas da que se nos vea la ropa interior si estamos en los 70 y nuestra música esta hecha con lo que tenemos entre las piernas y para lo que tenemos entre las piernas.

Mi nombre es Tina y aunque este cabrón estirado de bigotes de aquí detrás sea el que en verdad dirige la nave con mano implacable, el público me quiere a mí y a mis aullidos.

 

Shake, Shake, Shake!!!

El público me quiere a mí derritiendo el micro.

 

El publico me quiere sudando bajo los focos.

 

El público quiere acostarse conmigo.

 

Así que eso es lo que vamos a hacer esta noche: enseñar las piernas, aullar y abrirnos camino entre la maleza. Por un mundo de negros. Por un mundo lleno de mujeres con falda corta enseñando los muslos.

 

Por un mundo mejor.

Nuestros protagonistas de hoy son personajes que rondan lo entrañable y lo lúgubre. Individuos que están al margen de la estética brillante del mundo de la música, en las antípodas de los dominios mediáticos: auténticamente sucios, polvorientos y desaliñados.

No siguen un papel donde lo decadente es una ilusoria copia de lo real a fin de crear un producto pintoresco y atractivo. Son personas evidentes, que representan un tópico que el cine y la literatura desprenden de la carne y son prueba de que realmente existe ese talento bruto sin cortapisas que aquellos nos ofrecen con desodorante.

El reverendo Peyton es un joven anciano. Aunque su estampa pretenda desmentirlo, este hijo de un trabajador del cemento sólo tiene 26 años. Nacido en un diminuto y rural pueblo de Indiana pasaba sus tiempos de instituto obsesionado con la técnica del fingerpicking. Este complicado estilo consiste en la multifuncionalidad de los dedos de la mano derecha para obtener un toque orquestal de guitarra, requiere grandes dotes de habilidad y prudencia en su aprendizaje, pero Josh Peyton llevó la práctica hasta el limite acabando lesionado e impedido para la guitarra.

Años después se obró el milagro, un caso perdido se convirtió en una oportunidad para un avispado médico, y tras una intervención quirúrgica el joven Josh no sólo recuperó la movilidad de la mano derecha, sino que las secuelas la hicieron más suelta y flexible. Así Dios le permitió dominar la técnica que sin duda le deparaba a partir de un sacrificio, y el reverendo emprendió una vida en favor del Creador y la comunidad.

Su esposa Breezy le animó con su tabla de lavar y Josh llamó a su hermano Jayme para recorrer Indiana evocando el blues del Delta y testimoniando la suprema vis del Todopoderoso. Su periplo llamó la atención de algún astuto promotor, y sabiendo lo atractivo de la extravagancia incluso ha llevado al trío a los confines de la vieja Europa.

A día de hoy el Reverendo Peyton y su Big Damn Band siguen luchando por dar a conocer su música vieja y con aroma a madera mojada, con un disco grabado “al aire” sin apenas intervención y un directo descomunal donde vemos que realmente a Peyton alguien le ha tocado divina o enedemoniandamente. Ahora ya sabe como explotar su sordidez. Ha nacido una estrella.

Nuestro segundo invitado era vagabundo. Pese a dedicarse a la música desde 1970 y haber seguido la historia del rock en sus diferentes etapas y lugares, el viejo Steve no sentó la cabeza hasta que en 2004 un grupo escandinavo lo recuperó para que tocara con ellos recopilando experiencias de un sin techo. En 2006 Mojo lo eligió mejor artista revelación del año, a sus sesenta pasados una rara avis en la sociedad de la juventud y la metrosexualidad.

Seasick Steve es otro personaje extraño y turbio repleto de talento que ha salido a la luz por capricho de algunos. No me cabe la menor duda que perdedores irredentos, borrachos sin hogar a orillas del Mississipi y demás músicos fuera de serie alejados del sistema debe haber a cientos. Algunos, como el Reverendo Josh Peyton o el estrambótico Seasick Steve caen en gracia, son arrancados de su entorno y aupados para dar una nota de color a un panorama ávido de nuevas sensaciones, y afortunadamente en el mundo del pop pocas censuras morales hay para ello. Se prueba, se provoca, y si renta adelante con ello. Ellos, por su parte, rapidamente cambian la soledad y la marginación por el reconocimiento y se tornan algo más locos.

Seasick de momento ha tenido fortuna. El que fuera reconocido como debilidad por gente como Robert Plant o Nick Cave sirvió de espaldarazo. A partir de ahí hay que demostrar y el vagabundo no se ha convertido en My Fair Lady. Con desparpajo nutre sus discos con apartes donde narra, entre canción y canción, sus experiencias como sin techo o simplemente se dedica a desbarrar y chochear.

Ahora bien, por su directo le han apodado “One Man Band”, cosa que hace justicia al viejo bluesman, a lo que suma una gama de pertrechos personalizados. No sabemos si sus guitarras de una o tres cuerdas son definitivas o una anécdota más para su figura, pero el mundo que consigue el peculiar Seasick resulta fascinante. Esta muestra, con un riff que recuerda a Personal Jesus de Depeche Mode, sirva como sentencia:

Finalmente una pequeña mención a otro elemento particularmente dotado, superior en inteligencia y movimiento de mercado pese a no gozar de la fuerza de Peyton o la potencia visual de Seasick. Willliam Elliot Whitmore es el más sofisticado de este peculiar trío de ases. Pese a tener orígenes pobres y rurales como los anteriores, Will practicaba skate. En la granja de sus tíos la electricidad era escasa y racionada por un viejo generador, pero Will podía acceder en un pequeño pueblo de Iowa a algunos clásicos del punk. Leñador, granjero de caballos y gran amante de la naturaleza, ha sido testigo de la realidad de la américa profunda, del característico e intenso sentimiento moral y religioso de su tierra que combina piedad y opresión. Asesinatos, violencia, miseria y olvido han ido alimentando sus argumentos musicales encauzados por una voz sugerente y embarrada . Su capacidad de estremecer con un timbre apagado y de gran cadencia no pasó desapercibida y Will se está situando rápidamente por la trastienda más moderna de la música popular.

Posiblemente es hora de descubrir un nuevo Will Oldham, un artista violento-elegante de aires antiguos, con una agresividad tan sutil que no provoque la huida de los intelectuales de salón. Sea bienvenido el devenir de Whitmore y su escalada lenta pero segura aparte de estas consideraciones contaminadamente estéticas.

Un final fatal, desolador y tremendamente injusto. No es algo así lo que uno espera cuando se acerca a una banda como Betty Blowtorch. Ya se ha hablado largo y tendido sobre ellas en múltiples ocasiones, pero para quien aun no sepa de qué va la historia pues se trataba de cuatro mujeres (y digo mujeres) que formaban un grupo de Rock. Cuatro mujeres que no eran especialmente bellas, ni educadas, ni con grandes cualidades artísticas, pero que parecían haber encontrado una fórmula que funcionaba, y que en un momento determinado tuvieron un golpe de mala suerte.

Con su Are You Man Enough?, un espectacular álbum aun calentito y en medio de una gira en la que empezaban a darse conocer, Bianca Halstead (artisticamente Bianca Butthole), la pieza más visible del proyecto falleció en un accidente de coche un 14 de Diciembre de 2001, y toda la aventura se detuvo en seco.

Con el paso de los años muchos fans han (hemos) ido descubriendo el álbum en cuestión con sorpresa y gozosa excitación, porque aparte de tener una colección de canciones poderosas, su desenfado, explicitud y sentido del humor se complementaban con naturalidad con una imagen de mujeres fuertes, sexys y con suficientes arrestos como para que nadie osara siquiera toserles.

Somos unos cuantos los que por una serie de razones que no vienen al caso, hemos idealizado la ciudad de Los Angeles y la costa oeste norteamericana, con los descapotables, con las mujeres siempre rubias y de tetas grandes, con las gigantescas autopistas y con los paseos por Hollywood Bvd. Estos flashes de americanismo y mitomanía irredenta vienen directamente emparentados con una escena musical concreta y de preceptos ideológicos tan definidos como cuestionables. El hard-punk-rock californiano de cueros, pelos crepados tatuajes y gafas de espejo (el hoy anacrónico sleazy, con esos primeros GNR…) hizo estragos en la educación musical de algunos de nosotros, que aun nos resistimos ferozmente a cerrar este capitulo agarrándonos a todo lo que nos lo recuerde, aunque sea de la manera mas remota.

Betty Blowtorch encajaban a la perfección en la escena descrita, más de una década después de que esta se hubiera desintegrado y reencarnando en versión femenina todos los clichés que el género demandaba. Toda una suerte de tópicos relacionados con la pertenencia a una banda de Rock, y que todo el mundo puede imaginar fácilmente: sexo sin control, drogas sin control, vestuario sin control, diversión sin control, carretera y rockanrol, pero en este caso, y para variar, desde un prisma femenino. Y en realidad tampoco es que se comportaran como salvajes y cada noche terminaran lanzando televisores por las ventanas, porque la cosa en el fondo tenia un aura mucho mas inocente de lo que podría imaginarse, pero si que es cierto que donde las bandas que las inspiraron años atrás vieron grandes tetas y calenturientos affaires de ascensor, ellas veían grandes pollas y calenturientos affaires de ascensor; donde ellos hablaron de su pelo, de cepillarse grupies y emborracharse, ellas hablaban de la incomodidad de llevar vestidos y de querer desmontar a polvos al genero masculino en general . Delicadezas las justas y fans varones siempre bienvenidos. Todo esto las convertía en una banda intensa, vital y desengrasante, y por lo tanto necesaria del todo.

Sus furiosas interpretaciones, su absoluta falta de sutileza a la hora de expresar cualquier tipo de deseo (“¿Qué cómo nos gustan los tíos? Pues con la polla grande!!”), su peligrosísima pirotecnia de todo a cien y una imagen agresiva y nada casual probablemente tampoco les hubiera permitido llegar muy lejos, pero lo que es indudable es que su historia terminó de modo abrupto, contribuyendo la muerte de Bianca a glosar tristemente los ya nutridos obituarios del underground del Rock n’ Roll.

Ahora bien, lo que verdaderamente supone una fractura con la imagen que al menos yo pudiera tener a priori estas chicas es el documental Betty Blowtorch And Her Amazing True Life Adventures, que disecciona el día a día de la brevísima biografía de la banda, y que desintegra ese aparente glamour callejero y de confeti mostrando unas personalidades baqueteadas, con pasados yonkarras, traumáticos u opacos del todo, con conflictos múltiples, con diferencias insalvables entre si y en cualquier caso siempre con la amenaza de un futuro incierto en ciernes. En el fondo nos descubre a unas supervivientes, pero en el sentido menos triunfante y ampuloso de la palabra, ya que Bianca Butthole ya tenia 36 años en el momento del accidente y a esas alturas habia había visto ya de todo.

La parte final de la cinta rezuma una amargura que solo podría comparar a la del documental End of the Century de los Ramones, aunque en este caso no vendría desencadenada por actitudes cerriles de miembros republicanos de la banda, sino por una sensación de absoluto desamparo por parte de todos los allegados ante el trágico devenir de los acontecimientos.

Y bueno, a mi de verdad que me gusta imaginármela por Melrose Avenue, como si de un Nikki Sixx en chica se tratara, igual de poco sofisticada, igual de carismática, igual de bruta y con ese glamour absolutamente falto de clase, degustando las macarrísimas estrofas de Vanilla Ice en “Size Queen” y pensando en completar su colección de figuritas de Kiss. Pero después me queda siempre la tristeza de recordar que cuando las cosas le empezaban a ir bien se mató en un Corvette Rojo en New Orleáns y todo se fue al garete. Que le vamos a hacer, caballeros, así son las cosas.

Se acabó el 2007, pero no sin despedirse con un buen puñado de canciones dignas de mención. Sin ser todas las que son, ni mucho menos, aquí os dejó un par de particulares recopilatorios caseros con algunas de ellas según mi humilde perspectiva.

El primero de ellos es un bocado crujiente del año, guitarras pesadas, ritmos malignos o simplemente melodías dinámicas y voraces. Ideal para limpiar el inodoro a fondo.

Su segunda versión recoge un resumen de lo templado, nocturno y profundamente delicado. Se lo recomiendo fervientemente.

Otro día hablaremos con más tranquilidad de lo que nos ofreció, a grandes rasgos, este año sin voluntad alguna de dogmatizar en “lo mejor del 2007”.

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De pequeño yo vivía en la zona Universitaria de mi ciudad, en la parte colindante con la zona Jevi. Aunque hablemos de los años 80, cuando el jevi era violencia y demás, no era ese un lugar particularmente conflictivo. Sin embargo, sí había que tener en cuenta que si por ejemplo se celebraba mi cumpleaños y se recurría a la ciudad universitaria para no destrozar el patrimonio familiar en casa, había que hacerlo con cuidado, porque coincidía en el calendario con el inicio del curso universitario, y podíamos ser 15 niños jugando a la cadeneta tratando de no chocar con jevis, parejas metiéndose mano, vomitonas de las fiestas de apertura del curso, delincuentes puenteando coches y árboles varios, que alguno también había.

El portal de mi casa estaba flanqueado por dos centros recreativos de los de antes, en los que los chavales callejeros fumaban y se pasaban la tarde jugando a unas maquinetas prehistóricas, mientras los niños normales nos limitábamos a mirarles jugar con la boca cerrada cuando volvíamos del colegio. Yo, que venia de una institución de pago, llegué a la circunstancia de sentir autentico pánico al pasar por delante de local porque me intimidaban de verdad los especimenes que solían ramonear en la puerta.

Y bueno, ademas de esto en la acera de enfrente de mi casa estaba el local Excalibur, que era un local jevi clásico. Imaginad un bar de jevi en 1986, pues ese era el Excalibur. Yo jamás llegue a poner un pie dentro porque no tenia edad, pero recuerdo haber pasado tardes de primavera asomado a la ventana de mi casa (que caía justo en frente) sin dejar de preguntarme, con más temor que otra cosa, a propósito de los cochambrosos seres que entraban y salían de tan infausto local.

Curiosamente solían poner de forma reiterada a Bon Jovi, y a mi me intrigaba sobremanera el hecho de que esa gente que tenia un aspecto tan lamentable pudiera escuchar algo que a mi me llamaba tantísimo la atención. Poco tiempo antes yo había visto un videoclip de Bon Jovi en el programa musical Aplauso (miércoles por la tarde, para el que tenga memoria) y uno del grupo se metía un tubito en la boca y su guitarra sonaba como güeeerrrr qüerrrrrr, salían chispas del escenario !y los tíos volaban!. Brutal.

Nada mas ver aquello le empecé a dar el coñazo a mi padre para que me comprara el disco en una de mis habituales campañas para conseguir lo que fuese, pero según me dijo no consiguió encontrarlo en la habitual tienda de discos, asi que me quedé compuesto y sin disco.

Y claro, allí seguían todos esos jevitrones entrando y saliendo de un garito infame y disfrutando de Bon Jovi, mientras yo me tenia que conformar con escucharlo asomado a la ventana y tratando de averiguar el mecanismo que hacía que los miembros del grupo volaran por encima de un escenario. Era eso o la desagradecida tarea de esperar durante horas frente al readiocasete a que sonara la canción en cuestión para darle al botón rojo de grabar, que tampoco era lo más divertido del mundo.

Años atrás ya se me ocurrió de modo inocente robar dinero del monedero de mi madre para comprar la banda sonora de Cazafantasmas, pero la operación fue descubierta, y el castigo recibido ejemplar. Bueno, en realidad robaba más cosas , y a más personas, pero no hablamos de eso ahora, y como en este caso era obvio mi emperramiento con el disco y enseguida se me hubiera visto el plumero, tuve que cambiar de estrategia.

Mis infantiles maniobras manipuladoras llegaron por fin a buen puerto, y finamente me pude hacer con el puto Slippery When Wet tras seducir a un compañero de clase para que lo comprara sin gustarle su música en absoluto, y descacharrando además sus ahorros de varios meses . No me pesa la conciencia. La cuestión era de pura supervivencia: el chaval tena el dinero. Yo no.

Meses después de todo aquello apareció un tío muerto en los baños del Excalibur con una jeringa colgando del brazo y lo cerraron. A mi aquello me pareció lo más de lo más. Ademas de jevis, habia drogas y muertos! El local pasó a  ser después un concesionario de coches y perdió parte de su encanto, aunque para mí siempre ha sido el sitio en el que me ponían a Bon Jovi cuando apenas levantaba tres palmos del suelo.

Hace un par de años compré en serie media el CD y la verdad es que no me hizo ni la cuarta parte de ilusión que aquella cinta de casete de 60 minutos grabada directamente del vinilo con el que sableé a mi compañero de clase. Y la verdad, mentiría si dijera que no me gusta ponerlo de vez en cuando.

 

La verdad es que no hay muchas cosas que generen más desconfianza que los fans acérrimos de algo. Estas personas pierden la objetividad y el sentido de la mesura, y en consecuencia toda su credibilidad. Sus juicios de valor adquieren un sonrojarte maniqueísmo del que es dificilísimo separarlos y su exaltación desmedida repele sin remedio por pura descontextualización. A pesar de todo, intentan convencer a diestro y siniestro de que lo que dicen es cierto, de que esa ilusión a la que se abrazan es real y de que los equivocados, o los que no han reparado en lo fantástico del hecho, somos nosotros y nuestras aburridas vidas llenas de prejuicio.

Prejuicio, bendito tesoro. De no ser por el prejuicio nos gustaría todo, y entonces no tendríamos nada que nos distinguiera de los demás. Si no pudiéramos despreciar nada tendríamos un cepo en las ruedas de nuestro ensoberbecido ego. No. Lo que te guste te diferenciará del resto, y lo que no te guste también. Por eso he empezado hablando en tercera persona de quienes se abandonan al talento de sus heroes, justificando cada uno de sus pasos con afán beligerante y fusionándose con su obra de manera incondicional. Por lo arriba expuesto considero mas que legitimo intentar que se me noten lo menos posible los síntomas de tan curiosa dolencia de la que, evidentemente, padezco desde que tengo uso de razón.

Esta perorata viene a cuento de que uno nunca sabe donde situar los limites de su serenidad y templanza. Bueno, uno cree tenerlos controlados, pero solo necesita un pequeño chispazo para darse cuenta de que por debajo del armazón de responsabilidades y obligaciones, por debajo de los castellanos aguavino y el cabello perfectamente repeinado se sigue escondiendo un golfillo adolescente que disfruta con la militancia y la entrega, un golfillo que es capaz de sufrir y de emocionarse por razones que en realidad desconoce, y que puede volver a pasar 5 o 6 días en estado nirvanero tras sufrir un encontronazo con su fuente de placer.

Oh, si, amiguitos. Porque por fin llegó ese momento en el que uno pudo alzar la voz, comulgar con los decibelios y detener el reloj por unas horas. Hubo sacrificio y abnegación para conseguir acceso al evento, paciencia infinita al congelar la expectativa durante meses, y solvente ejercicio de autocontrol a medida que el acontecimiento se aproximaba y algo poderoso se iba despertando a medio camino entre el estomago y el corazón. Se desempolvaron viejos discos, se buscaron recortes de periódico amarillentos, y se sorprendió uno de conservar la memoria intacta, mas bregada si quieren, pero con su capacidad de generar imágenes impoluta. Se comprobó con gozo como los días se fueron inundando de recuerdos, de canciones que son biografía adolescente pura, y mientras tanto la sangre se volvió a subir al a cabeza, primando al impulso sobre cualquier tipo de reflexión.

Compulsión pura y hermanamiento con otros seres de pasión desmedida vinieron de la mano, propiciando una comprensión reciproca no solo con los que compartiera debilidades, sino con todos aquellos que se entregan a sus aficiones. Ese día en cuestión, oculto entre miles de personas, fue inevitable romper con el presente, con las formas y con los descreídos. Se volvió a conjurar el hechizo entre oleadas decibelios y marejadas de placer, y me senti pleno de nuevo.

Pleno porque la fe de un fan es siempre poderosa, reafirma sus principios y le sirve de refugio. La fe de un fan es de fidelidad inquebrantable, y es que además ser fan de las cosas es sano y gratificante, de modo que ojala sirvan de acicate estas palabras para que todos ustedes se olviden de su maduro espíritu critico, y aireen y ejerzan sin complejo sus mas vergonzantes filias que, al fin y al cabo, les hacen más felices.